2.8.05

Guía del Autoestopista Galáctico Parte XII

Y lo que ocurrió a continuación fue que el Corazón de Oro siguió su ruta con absoluta
normalidad y algunas modificaciones bastante atractivas en su interior. Era un poco más
amplia, y acabada con unos delicados matices de verde y azul pastel. En el medio, entre
un follaje de helechos y flores amarillas se alzaba una escalera de caracol, y junto a ella
había un pedestal de piedra que albergaba la terminal del ordenador principal. Luces y
espejos hábilmente desplegados creaban la ilusión de estar en un invernadero que daba a
una amplia extensión de jardines cuidados con esmero exquisito. En torno a la zona
periférico del invernadero había mesas con tablero de mármol y patas de hierro forjado de
bello e intrincado dibujo. Cuando se miraba a la superficie reluciente del mármol, se veía
la vaga forma de los instrumentos, y cuando se pasaba la mano por encima los aparatos
se materializaban al instante. Si se los miraba desde la posición adecuada, los espejos
parecían reflejar todos los datos precisos, aunque no estaba nada claro de dónde
provenían. Efectivamente, era muy bonito.
Acomodado en un sillón de mimbre, Zaphod Beeblebrox dijo:
- ¿Qué demonios ha pasado?
- Pues yo acabo de decir -dijo Arthur, que reposaba junto a un estanque pequeño lleno
de peces- que ahí hay un interruptor de esa Energía de Improbabilidad...
Señaló a donde estaba antes. Ahora había un tiesto con una planta.
- Pero, ¿dónde estamos? -dijo Ford, que estaba sentado en la escalera de caracol, con
un detonador gargárico pangaláctico bien frío en la mano.
- Exactamente donde estábamos, creo... -dijo Trillian, mientras los espejos les
mostraban súbitamente una imagen del marchito paisaje de Magrathea, que seguía
pasando velozmente bajo ellos.
Zaphod se puso en pie de un salto.
- Entonces, ¿qué ha pasado con los proyectiles atómicos? -preguntó.
En los espejos apareció una imagen nueva y pasmosa.
- Resultará -dijo Ford en tono de duda- que se han convertido en un tiesto de petunias
y en una ballena muy sorprendida...
- Con un Factor de Improbabilidad -terció Eddie, que no había cambiado en absolutode
ocho millones setecientos sesenta y siete mil ciento veintiocho contra uno.
Zaphod miró fijamente a Arthur.
- ¿Pensaste en eso, terráqueo? -le preguntó.
- Pues yo, lo único que hice fue... -dijo Arthur.
- Fue una idea excelente, ¿sabes? Conectar durante un segundo la Energía de
Improbabilidad sin activar primero las pantallas aislantes. Oye, muchacho, nos has
salvado la vida, ¿lo sabías?
-Pues, bueno -dijo Arthur-, en realidad no fue nada...
- ¿De veras? -dijo Zaphod-. Muy bien, entonces olvídalo. Bueno, ordenador, llévanos a
tierra.
- Pero...
- He dicho que lo olvides.
Otra cosa que se olvidó fue el hecho de que, contra toda probabilidad, se había creado
una ballena a varios Kilómetros por encima de la superficie de un planeta extraño.
Y como, naturalmente, ésa no es una situación sostenible para una ballena, la pobre
criatura inocente tuvo muy poco tiempo para acostumbrarse a su identidad de ballena
antes de perderla para siempre.
Esta es una relación completa de sus pensamientos desde el instante en que comenzó
su vida hasta el momento en que terminó.
«¡Ah...! ¿Qué pasa? -pensó.
»Hmm, discúlpeme, ¿quién soy yo?
»¿Hola?» ¿Por qué estoy aquí? ¿Cuál es el objeto de mi vida?
»¿Qué quiere decir quién soy yo?
»Tranquila, cálmate ya... ¡Oh, qué sensación tan interesante! ¿Verdad? Es una especie
de... bostezante, hormigueante sensación en mi... mi.... bueno, creo que será mejor
empezar a poner nombre a las cosas si quiero abrirme paso en lo que, por mor de lo que
llamaré un argumento, denominaré mundo, así que diremos en mi estómago.
»Bien. ¡Oooh, esto marcha muy bien! Pero ¿qué es ese ruido grandísimo y silbante que
me pasa por lo que de pronto voy a llamar la cabeza? Quizá lo pueda llamar... ¡viento!
¿Es un buen nombre? Servirá..., tal vez encuentre otro mejor más adelante, cuando
averigüe para qué sirve. Debe ser algo muy importante, porque desde luego parece haber
muchísimo. ¡Eh! ¿Qué es eso? Eso..., llamémoslo cola; sí, cola. ¡Eh! Puedo sacudirla muy
bien, ¿verdad? ¡Vaya! Uy! ¡Qué magnífica sensación! No parece servir de mucho, pero ya
descubriré más tarde lo que es. ¿Ya me he hecho alguna idea coherente de las cosas?
»No.
»No importa porque, oye, es tan emocionante tener tanto que descubrir, tanto que
esperar, que casi me aturde la impaciencia.
»¿O el viento?
»¿Verdad que ahora hay muchísimo?
»¡Y de qué manera! ¡Eh! ¿Qué es eso que viene tan de prisa hacia mí? Muy deprisa.
Tan grande, tan plano y redondo que necesita un gran nombre sonoro, como... sueno...
ruedo... ¡suelo! ¡Eso es! Ese sí que es un buen nombre: ¡suelo!
»Me pregunto si se mostrará amistoso conmigo.»
Y el resto, tras un súbito golpe húmedo, fue silencio.
Curiosamente, lo único que pasó por la mente del tiesto de petunias mientras caía fue:
«¡Oh, no! Otra vez, no». Mucha gente ha imaginado que si supiéramos exactamente lo
que pensó el tiesto de petunias, conoceríamos mucho más de la naturaleza del universo
de lo que sabemos ahora.
- ¿Es que llevamos con nosotros a ese robot? -preguntó Ford, mirando con fastidio a
Marvin, que estaba sentado en una postura difícil y encogida en el rincón, debajo de una
palmera pequeña.
Zaphod apartó la vista de las pantallas de espejo, que ofrecían una vista panorámica
del yermo paisaje en que acababa de aterrizar el Corazón de Oro.
- ¡Ah! ¿El androide paranoico? -dijo-. Sí, lo llevamos con nosotros.
- ¿Y qué vamos a hacer con un robot maníaco-depresivo?
- Tú crees que tienes problemas -dijo Marvin como si se dirigiese a un ataúd recién
ocupado-, ¿qué harías si fueses un robot maníaco-depresivo? No, no te molestes en
responderme, soy cincuenta mil veces más inteligente que tú, y ni siquiera yo sé la
respuesta. Me da dolor de cabeza sólo de ponerme a pensar a tu altura.
Trillian apareció bruscamente por la puerta de su cabina.
- ¡Mi ratón blanco se ha escapado! -dijo.
Ninguna expresión de honda inquietud y preocupación llegó a surgir en ninguno de los
dos rostros de Zaphod.
- Que se vaya a hacer gárgaras tu ratón blanco -dijo.
Trillian le lanzó una mirada fulminante y volvió a desaparecer.
Es muy posible que su observación hubiese recibido mayor atención si hubiera existido
la conciencia general de que los seres humanos sólo eran la tercera forma de vida más
inteligente del planeta Tierra, en vez de (como solían considerarla los observadores más
independientes) la segunda.
- Buenas tardes, muchachos.
La voz era extrañamente familiar, pero con un deje raro y diferente. Tenía un matiz
matriarcal. Se oyó cuando los tripulantes de la nave llegaron a la escotilla del
compartimiento estanco por la que saldrían a la superficie del planeta.
Se miraron unos a otros, confusos.
- Es el ordenador -explicó Zaphod-. He descubierto que tenía otra personalidad de
emergencia, y pensé que ésta tal vez daría mejor resultado.
- Y ahora vais a pasar vuestro primer día en un planeta nuevo y extraño -prosiguió
Eddie con su nueva voz-, así que quiero que os abriguéis bien y estéis calentitos, y que
no juguéis con ningún monstruo travieso de ojos saltones.
Zaphod dio unos golpecitos de impaciencia en la escotilla. -Lo siento dijo-, creo que nos
iría mejor con una regla de cálculo.
- ¡Muy bien! - saltó el ordenador-. ¿Quién ha dicho eso?
- ¿Quieres abrir la escotilla de salida, ordenador, por favor? -dijo Zaphod, tratando de
no enfadarse.
- No lo haré hasta que aparezca quien ha dicho eso -insistió el ordenador cerrando con
fuerza unas cuantas sinapsis.
- ¡Santo Dios! -musitó Ford, desplomándose súbitamente contra un mamparo y
empezando a contar hasta diez. Le desesperaba pensar que las formas conscientes de
vida olvidaran los números algún día. Los seres humanos sólo podían demostrar su
independencia de los ordenadores si se ponían a contar.
- Vamos -dijo Eddie con firmeza.
- Ordenador... -empezó a decir Zaphod.
- Estoy esperando -le interrumpió Eddie-. Puedo esperar todo el día si es necesario...
- Ordenador... -volvió a decir Zaphod, que estuvo tratando de pensar en algún
razonamiento sutil para hacer callar al ordenador, pero decidió que era mejor no competir
con él en su propio terreno-, si no abres la escotilla de salida ahora mismo, desconectaré
inmediatamente tus bancos de datos más importantes y volveré a programarte con
bastantes recortes, ¿has entendido?
Eddie se sobresaltó, hizo una pausa y lo pensó.
Ford seguía contando en voz baja. Eso es lo más agresivo que puede hacerse a un
computador, el equivalente de acercarse a un ser humano diciendo: sangre... sangre...
sangre... sangre...
- Veo que todos vamos a tener que cuidar un poco nuestras relaciones -dijo finalmente
Eddie en voz baja.
Y se abrió la escotilla.
Un viento helado se abalanzó sobre ellos; se abrigaron bien y bajaron por la rampa al
yermo polvoriento de Magrathea.
- Todo esto acabará en llanto, lo sé -gritó Eddie tras ellos, volviendo a cerrar la
escotilla.
Pocos minutos después volvió a abrirla, en respuesta a una orden que le pilló
enteramente por sorpresa.
Cinco figuras vagaban lentamente por el terreno marchito. Había zonas que eran de un
gris apagado, y otras de castaño sin brillo; el resto era menos interesante visualmente.
Parecía un marjal seco, ahora desprovisto de vegetación y cubierto con una capa de
polvo de casi tres centímetros de espesor. Hacía mucho frío.
Era evidente que Zaphod se sentía bastante deprimido por todo aquello. Echó a andar
por su cuenta y pronto se perdió de vista tras una suave elevación del terreno.
El viento le hacía daño a Arthur en los ojos y en los oídos; el tenue aire rancio se le
agarraba a la garganta. No obstante, lo que más daño le hacía eran sus pensamientos.
- Es fantástico... -dijo, y su propia voz le retumbó en los oídos. El sonido no se
transmitía bien en aquella atmósfera tenue.
- Si quieres mi opinión, es un agujero inmundo -dijo Ford-. Me divertiría más en una
cama de gatos.
Sentía una irritación creciente. Entre todos los planetas de los sistemas estelares de
toda la galaxia, muchos de ellos salvajes y exóticos, desbordantes de vida, le había
tocado aparecer en un montón de basura como aquél, después de quince años de
naufragio. Ni siquiera un puesto de salchichas a la vista. Se agachó y recogíó un frío
terrón de tierra, pero debajo no había nada por lo que valiera la pena recorrer miles de
años-luz.
- No -insistió Arthur-, no lo entiendes; ésta es la primera vez que pongo el pie en la
superficie de otro planeta... de un mundo enteramente extraño... ¡Lástima que haya tanta
basura!
Trillian apretó los brazos contra el cuerpo, se estremeció y frunció el ceño. Habría
jurado ver un movimiento leve e inesperado con el rabillo del ojo, pero cuando miró en
aquella dirección, lo único que distinguió fue la nave, inmóvil y silenciosa, a unos cien
metros detrás de ellos.
Unos segundos después sintió alivio al ver a Zaphod, de pie en lo alto del promontorio,
haciéndoles señas para que se acercaran.
Parecía alborotado, pero no oían claramente lo que les decía por causa del viento y de
la poca densidad de la atmósfera.
Al acercarse a la elevación del terreno, se dieron cuenta de que era circular: un cráter
de unos ciento cincuenta metros de diámetro. Por fuera del cráter, la pendiente estaba
salpicada de terrones rojos y negros. Se pararon a mirar uno. Estaba húmedo. Era como
de goma.
Horrorizados, comprendieron de pronto que era carne fresca de ballena.
En la cima, al borde del cráter, se reunieron con Zaphod.
- Mirad -dijo éste, señalando el cráter.
En el centro yacía el cadáver desgarrado de una ballena solitaria que no había vivido lo
suficiente para estar descontenta con su suerte. El silencio sólo se interrumpió por las
contracciones involuntarias de la garganta de Trillian.
- Supongo que no tendrá sentido enterrarla -murmuró Arthur, que en seguida se
arrepintió de sus palabras.
- Vamos -ordenó Zaphod, empezando a bajar por el cráter.
- ¡Cómo! ¿Ahí abajo? -protestó Trillian con marcada aversión.
- Sí -dijo Zaphod-. Vamos, tengo que enseñaros algo.
- Ya lo vemos -dijo Trillian.
- Eso no -dijo Zaphod-; otra cosa. Venga.
Todos dudaron.
- Vamos -insistió Zaphod-. He descubierto un camino para entrar.
- ¿Para entrar? -dijo Arthur, horrorizado.
- ¡Al interior del planeta! Un pasaje subterráneo. Se abrió al chocar la ballena contra el
suelo, y por ahí es por donde tenemos que ir. Por donde no ha pisado un ser humano
durante estos cinco millones de años, hacia el mismo corazón del tiempo...
Marvin volvió a iniciar su canturreo irónico.
Zaphod le dio un puñetazo y se calló.
Con pequeños repeluznos de asco siguieron todos a Zaphod por la pendiente del
cráter, tratando con todas sus fuerzas de no mirar a su infortunada creadora.
- Se la odie o se la ignore -sentenció tristemente Marvin-, la vida no puede gustarle a
nadie.
El terreno se ahondaba por donde había penetrado la ballena, revelando una red de
galerías y pasadizos, obstruidos por cascotes y vísceras. Zaphod empezó a limpiar
escombros para abrir un camino, pero Marvin logró hacerlo con mayor rapidez. Un aire
húmedo emanó de sus cavidades oscuras, y cuando Zaphod encendió una linterna nada
se vio entre las tinieblas polvorientas.
- Según la leyenda -dijo-, los magratheanos pasaban en el subsuelo la mayor parte de
su vida.
- ¿Y por qué? -inquirió Arthur-. ¿Es que la superficie estaba muy contaminada o había
exceso de población?
- No, no lo creo -contesto Zaphod-. Creo que únicamente no les gustaba mucho.
- ¿Estás seguro de que sabes lo que vas a hacer? -preguntó Trillian, atisbando
nerviosamente en la oscuridad-. No sé si sabrás que ya nos han atacado una vez.
- Mira, niña, te prometo que la población viva de este planeta asciende a cero más
nosotros cuatro, así que venga, entremos ahí. Hmm, oye, terráqueo...
- Arthur -dijo Arthur.
- Sí, podrías quedarte con el robot y vigilar este extremo del pasaje, ¿de acuerdo?
- ¿Vigilar? -dijo Arthur-. ¿De qué? Acabas de decir que aquí no hay nadie.
- Sí, bueno, sólo por seguridad, ¿conforme? -dijo Zaphod.
- ¿Por seguridad de quién? ¿Tuya o mía?
- Buen muchacho. Venga, vamos.
Zaphod entró a gatas por el pasadizo, seguido de Trillian y de Ford.
- Pues espero que lo paséis muy mal -se quejó Arthur.
- No te preocupes, así será -le aseguró Marvin.
Al cabo de unos segundos se perdieron de vista.
Arthur comenzó a pasear de mal humor, y luego decidió que el cementerio de una
ballena no era un lugar muy adecuado para pasear.
Zaphod caminaba rápidamente por el pasadizo, muy nervioso, pero tratando de
ocultarlo con pasos resueltos. Movió la linterna de un lado a otro. Las paredes estaban
recubiertas con azulejos oscuros, fríos al tacto, y el aire era sofocante y podrido.
- Mirad, ¿qué os había dicho? Un planeta deshabitado. Magrathea -dijo, siguiendo
entre la basura y los cascotes esparcidos por el suelo de baldosas.
Inevitablemente, Trillian recordó el metro de Londres, aunque era menos sórdido.
De cuando en cuando, los baldosines de la pared daban paso a amplios mosaicos:
sencillos dibujos angulosos en colores brillantes. Trillian se detuvo a observar uno de
ellos, pero no pudo descubrirle sentido alguno. Llamó a Zaphod.
- Oye, ¿tienes idea de qué son estos símbolos extraños?
- Creo que son símbolos extraños de alguna clase -contesto Zaphod, casi sin volver la
vista.
Trillian se encogió de hombros y apretó el paso.
De vez en cuando, a la izquierda o a la derecha había puertas que daban a
habitaciones pequeñas, y Ford descubrió que estaban llenas de ordenadores
abandonados. Entró con Zaphod para echar una mirada. Trillian los siguió.
- Mira -dijo Ford-, tú crees que esto es Magrathea...
- Sí -dijo Zaphod-, y hemos oído la voz, ¿no es así?
- Muy bien, admitiré el hecho de que esto sea Magrathea; de momento. Pero hasta
ahora no has dicho nada de cómo lo has localizado en medio de la Galaxia. Con toda
seguridad, no te limitaste a mirarlo en un atlas estelar.
- Investigué. En los archivos del Gobierno. Hice indagaciones y algunas conjeturas
acertadas. Fue fácil.
- ¿Y entonces robaste el Corazón de Oro para venir a buscarlo?
- Lo robé para buscar un montón de cosas.
- ¿Un montón de cosas? -repitió Ford, sorprendido-. ¿Como cuáles?
- No lo sé.
- ¿Cómo?
- No sé lo que estoy buscando.
- ¿Por qué no?
- Porque... porque..., porque si lo supiera, creo que no sería capaz de buscarlas.
- ¡Pero qué dices! ¿Estás loco?
- Es una posibilidad que no he desechado -dijo Zaphod en voz baja-. De mí mismo sólo
sé lo que mi inteligencia puede averiguar bajo condiciones normales. Y las condiciones
normales no son buenas.
Durante largo rato nadie dijo nada, mientras Ford miraba fijamente a Zaphod con un
espíritu súbitamente plagado de preocupaciones.
- Escucha, viejo amigo, si quieres... -empezó a decir finalmente Ford.
- No, espera... Voy a decirte una cosa -le interrumpió Zaphod-. Llevo una vida muy
espontánea. Se me ocurre la idea de hacer algo y, ¿por qué no?, la hago. Pienso en ser
Presidente de la Galaxia y resulta fácil. Decido robar la nave. Me lanzo a buscar
Magrathea, y da la casualidad de que lo encuentro. Sí, pienso en el mejor modo de
hacerlo, de acuerdo, pero siempre lo consigo. Es como tener una tarjeta de galacticrédito
que sigue teniendo validez aunque nunca envíes los cheques. Y luego, siempre que me
pongo a pensar en por qué hago algo y en cómo voy a hacerlo, siento una fuerte
inclinación a dejar de pensar en ello. Como ahora. Me cuesta mucho trabajo hablar de
esto.
Zaphod hizo una pausa. Hubo silencio durante un rato. Luego frunció el ceño y
prosiguió:
- Anoche volví a preocuparme. Por el hecho de que parte de mi mente no funcionaba
en su forma debida. Luego se me ocurrió que era como si alguien estuviese utilizando mi
inteligencia para producir ideas buenas, sin decírmelo a mí. Relacioné ambas cosas y
llegué a la conclusión de que tal vez ese alguien hubiera taponado a propósito una parte
de mi mente y ésa fuera la razón por la que no podía usarla. Me pregunté si habría algún
medio de comprobarlo.
»Me dirigí a la enfermería de la nave y me conecté a la pantalla encefalográfica. Me
apliqué pruebas proyectivas en ambas cabezas, todas las que me hicieron los
funcionarios médicos del Gobierno antes de ratificar mi candidatura a la Presidencia.
Dieron resultados negativos. Por lo menos, nada extraños. Mostraron que era inteligente,
imaginativo, irresponsable, indigno de confianza, extrovertido: nada nuevo. Ninguna otra
anomalía. Así que empecé a inventar más pruebas, enteramente al azar. Nada. Luego
traté de superponer los resultados de una cabeza sobre los de la otra. Y nada. Finalmente
me sentí un poco ridículo, porque lo achaqué a un simple ataque de paranoia. Lo último
que hice antes de dejarlo, fue tomar la imagen sobreimpuesta y mirarla a través de un
filtro verde. ¿Te acuerdas de que cuando era niño siempre me mostraba supersticioso
hacia el color verde? ¿De que quería ser piloto de una nave de exploración comercial?»
Ford asintió con la cabeza.
- Y allí estaba, tan claro como la luz del día -prosiguió Zaphod-. Toda una sección en
medio de los dos cerebros que sólo se relacionaban entre sí y con ninguna otra cosa a su
alrededor. Algún hijo de puta me había cauterizado todas las sinapsis y había
traumatizado electrónicamente dos trozos de cerebelo.
Ford lo miró estupefacto. Trillian había palidecido.
- ¿Te hizo eso alguien? -susurró Ford.
- Sí.
- Pero ¿tienes idea de quién fue? ¿O por qué?
- ¿Por qué? Sólo puedo adivinarlo. Pero sé quién fue el cabrán que lo hizo.
- ¿Lo sabes? ¿Cómo?
- Porque 6 las iniciales grabadas en las sinapsis cauterizadas. Las dejó allí para que yo
las viera.
- ¿Iniciales? ¿Grabadas a fuego en tu cerebro?
- Sí.
- ¡Por amor de Dios! ¿Y cuáles eran?
Zaphod volvió a mirarle en silencio durante un momento. Luego desvió la vista.
- Z. B. -dijo en voz baja.
En aquel instante, un postigo de acero se abatió bajo ellos y empezó a manar gas en la
estancia.
- Os lo contaré después -dijo ahogadamente Zaphod mientras los tres se desvanecían.

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