17.3.06

Perros contra perros


Cuando conversamos largamente usted y yo, a veces se nos escapa, como el agua en la mano, algún recuerdo de aquel tiempo de mis 16 años, la impasible vehemencia con que Ud. nos hablaba de cantar el Mio Cid y de los viejos y muertos escritores. De ese tercer año del bachillerato son pocas las cosas que no me perturban; los cigarrillos compartidos de los recreos, los vinos blancos calientes como desayuno en los baños del subsuelo, el rectángulo de calle en las ventanas, la espera estéril del silencio y su pelo firme, sus trajes marrones, su gesto parecido al abandono. En esa época el misterio sólo estaba para mí en los libros, y su mirada era un libro. Hoy me acuerdo de Ud., señora.

Sin el menor conocimiento cabal de su existencia, hijo y nieto de hombres encarnados en su tiempo, Andrés, como cada mañana a las 8:30, descendió las escaleras del métro (Champs-Elysées Ligne 1) para dirigirse a otro de los barrios de París, a otro colegio más. Diez años, 5° F, lengua, primera hora, martes, cabeza. Ese mismo año cruzó el charco. y desapareció, apareciendo en la Patagonia anárquica.



A los 9 le dijeron que se iban de paseo a otro país, en algún momento de ese año descubrió, o le hicieron saber, que toda esa ciudad, que toda esa gente, era un exilio heredado. A esa edad hay ciertas cosas que no llegan a comprenderse claramente. A la izquierda había un mendigo.

Ud. sentía la necesidad de darme consejos tiernos, celosos y crueles; como los de una madre. A sabiendas que la mía estaba más que lejos. Esperaba, paciente, a que yo estuviera solo para alertarme, con severidad, que lo que me habían dicho mis padres era rojo como su pulsera. Me decía que tuviera paciencia y cuidado ya que no todos somos iguales, y yo no entendía lo malo del rojo ni lo bueno de las diferencias. La escuchaba a Ud. con interés por que era mi profesora de Lengua y por que yo ya intuía, en ese entonces, la importancia de las palabras.

Algo llamó su atención, algo lo estaba llamando, algo lo golpeaba en la nuca. Al darse vuelta el cuadro era más expresivo. Un hombre viejo (viejo como los viejos) con mirada de asfalto, cejas levantadas enfrentadas a sus rodillas, traje raído roto desarmado azul,camisa alguna vez blanca, pelo llovido, fachada de ciudad. El chico sólo pensó en sí mismo y en los zapatos de la pena. El viejo ni siquiera se sintió observado, pero dejó de respirar. Un segundo después el mendigo ya estaba nuevamente solo en el pasillo y Andrés cruzaba los molinetes. Un pacto justo se había sellado.

Hoy creo que las palabras son más parecidas al barro que a las ideas y que, cuando se trabaja con ellas, uno está completamente solo. Sólo le digo esto, profe, a Ud. que era tan bonita, por que es lo único que he aprendido después de tanto tiempo.
Se acuerda cuando yo afirmaba que el aura era el tiempo que se nos estaba escapando? Son tan pocas las cosas que recuerdo. recuerdo que Ud. decía que los escritores eran seres imaginarios, por que es difícil imaginar tanta miseria en una sola persona. En eso nos parecemos Ud. y yo. Ud. pensaba que yo era un miserable, y yo estaba convencido de serlo.

Una parte de la historia es que un chico castaño y extraño, como todo en esa ciudad, está cómodamente sentado en un vagón, a esa hora. Y que todo son cejas levantadas mirando las rodillas; seguramente alguien pudo ver esa imagen y pudo pensar que el infinito estaba más en la repetición que en la variedad.

Como todas las mañana a partir de ese lunes, Andrés se levantaba 10 minutos antes de lo acostumbrado para preparar su merienda del colegio y quizás la única comida del mendigo.
Siempre se podía agregar algo más, claro está: una refresco, una fruta, algo. Como cada mañana, se detenía en el pasillo del métro (Estación Champs-Elysées - Ligne 1) para dejar al costado del hombre el sandwich y después seguir su camino hacia el colegio. Era el único acto del día que lo redimía de la rutina, no lo hacía por misericordia, lástima o cosas similares, sino por afinidad. Todo era silencio. Andrés no esperaba nada, sólo la más absoluta naturalidad y evitaba cualquier tipo de agradecimiento convencional.

Fue en ese tiempo que empecé a escribir. De mis primeros textos recuerdo con nostalgia la ansiedad con que buscaba el cuaderno entre cientos de papeles, y el sentir que estaba haciendo algo importante. Hoy leo esos cuentos (por que los conservo) y me parecen risueños y nobles, sin artificio, ni artimaña. Especialmente tengo presente el primero, se llamaba (se llama) "El precipicio de la duda) y, a pesar de ser casi adolescente, con toda la confusión que conlleva eso, la idea no era mala.
Por supuesto, Ud. era la única persona "calificada" para juzgar lo que yo consideraba un buen cuento.Todavía tengo en la cabeza lo que me costó pasarlo prolijamente a máquina, la ansiedad con que se lo entregué y las semanas de incertidumbre con que esperé su respuesta. Pensé que quizás lo había olvidado, y no pude evitar preguntarle. ¿Se acuerda que me dijo?: "Si, me páreció bastante malo".
Seguramente a Ud. esta historia no le interesa. Así será, profe. A mi me dolió la idea de pensar que el cuento no había sido, siquiera, lo suficientemente malo. Tampoco importa que Ud. sepa ahora que, en ese instante, tomé la desición más irrevocable de mi vida.

Andrés, como nunca antes en su vida lo había hecho, tomó el métro en la estación Estación Champs-Elysées - Ligne 1 para dirigirse a los "Garde du Nord". tenía sólo 10 años, estaba en quinto grado y, ni siquiera, era consciente de su existencia. Subió al vagón azul y al cabo de dos estaciones, sintió que algo lo golpeaba en la nuca.

En estos días me anda dando vueltas, y hasta me perturba, la idea de la marca involuntaria de algunas personas en la vida de otras. Ud. entró en la mía sin saberlo, sin darme opciones. He leído en alguna parte que elk destino de los hombres estará signado por la dignidad que su interior le confiera, en ese mismo libro hay un poema de Borges cuyos versos dicen: "...El camino es fatal como la flecha./ Pero en las grietas está Dios, que acecha."
Puede no haber voluntad o Dios, pero siempre hay una palabra no esperada que llega, una mirada en la calle, un gesto, que hacen que una persona marque irremediablemente nuestro destino sin notarlo. Profe, no me creería si yo le dijera que han pasado 19 años y que mucho de nuestro tiempo se fue escapando.
Sólo se que soy un hombre de 35 años, que tengo dos hijos, que escribo versos sin rimas y que Ud. siempre tendrá un lugar en mi recuerdo como esa mujer, madura y hermosa, que sólo comparte con los escritores su costado más vulgar, la miseria.

Ahí estaba el viejo, con su mágico ramo de flores. Andrés lo vio por sobre las cabezas de los pasajeros, enorme, erguido como un gigante detenido en el tiempo. lejos estaban para ese hombre la miseria y el hambre. Iba al encuentro de una mujer querida, quizás viva o enterrada.
El viejo contempló las luces del techo de hierro, como si estuviera más alla de la tierra, hasta sentir que lo estaban mirando.
Bajó la vista hacia la derecha y vio una cara, la cara que nunca quiso conocer.

En un segundo supe que algo se estaba apagando, en un solo segundo vi como mi vida cobraba una gravedad insoportable, en un solo segundo, y sin quererlo, marqué el destino de un hombre que tapó su cara con las manos para no soportar la verguenza.

4 comentarios:

Amélie_Diké dijo...

Maravilloso.

Anónimo dijo...

muy linda historia, solo me queda la duda...si vos sos el adolescente fascinado por su profesora de literatura o el niño que da de comer al mendigo, o ninguno de los dos, o .... los dos
saludos
andrea

ArielMun dijo...

Pensé que no hacía falta aclararlo, petisa.... besos desde un teclado decente.

ArielMun dijo...

Y en realidad, lo que me fascina a mí, son las arquitectas...