11.7.06

Farías

Pensó que era el momento atinado para lavar los platos. La fiebre había disminuido. Cualquier actividad sería suficiente para sacudir el hartazgo que acumuló durante un día y medio acorralado por una fiebre que llegó a los 40 grados y vómitos, con el cuerpo débil, entumecido y cubierto por tres frazadas, la mirada aburrida de ver la misma pared, la ventanita que permaneció cerrada para no escuchar el griterío del patio interno, la mesita de luz con tableta de bayaspirina vacías y un termómetro, una pila de revistas que hojeaba y no leía, un libro de Herman Hesse, “El Lobo Estepario”, que había empezado dos veces y que nunca pudo terminar.
Eran las siete y media de la tarde. El sol era un recuerdo de sus horas en la cama, abrigado y con el calor asfixiante de la estufa a kerosén, aunque en su departamento el sol siempre estaba oculto. A pesar de que la luz del comedor era insuficiente para iluminar el ambiente, incluyendo la cocina, Farías prefería la penumbra, acumular sombras por los rincones.
En su departamento no tenía agua caliente.
Sería mejor esperar hasta después de la cena para volver a dormir, pensó Raulí Farías, tomar otras dos bayaspirinas con un té con miel y limón, y acostarse bien abrigado, la estufa de kerosén, muchas frazadas encima para transpirar y expulsar la fiebre de su cuerpo. Le quedaba un día más de licencia médica.
Mientras puso a calentar agua para lavar los platos en la única pava que tenía, oxidada y con la manija de plástico pidiendo auxilio, pensaba cuánto le podía costar el alquiler de un departamento con agua caliente. Con el dinero que ahorraba cuántos deseos podía satisfacer. No muchos; ahora tenía un sueldo digno y un trabajo distinto, situación impensada dos meses atrás, podía buscar un departamento con agua caliente y con alguna que otra comodidad. Ubicó sus manos desganadas, flacas y más pálidas que nunca, por encima del fuego de la hornalla, rodeando la pava, abiertas de par en par, temblorosas. Se miró las uñas carcomidas hasta el hartazgo, la piel dañada resultado de rascársela con los dientes una y otra vez.
Las siete y media de la tarde repitió. Viernes. Era invierno y ya era de noche. La hora y el día en que los cosos de al lado se iban a la parroquia. Eran evangelistas. O metodistas. Pentecostales tal vez. Lo seguro era que los viernes y los domingos, a la misma hora, iban a misa, el momento de mayor tranquilidad para Farías, sin gritos de parejas desgastadas, ni llantos de niños, ni ruidos a portazos, ni el volumen alto de la televisión.
El ruido de la pava indicó que el agua estaba a punto. Bien caliente pero sin hervir. La sacó del fuego y la ubicó al lado de la pileta, en uno de los bordes de la cocina. Aprovechó el agua para hacerse unos mates, eran los primeros que tomaba en el día. Había estado a base de té con miel y galletitas “Desayuno” con queso mantecoso. Y bayaspirinas.
El agua la utilizó para tomar mate y a la vez para echarla a los platos muy sucios y aflojar así la grasa. Los restos de la sopa de verdura que había tomado en la cena de la noche anterior fueron a parar a la rejilla de la pileta; los otros platos acumulaban restos de arroz y queso mantecoso. El mínimo contacto con el agua fría de la canilla sacudió su cuerpo, tibio, insulso, entumecido de estar casi todo el día cubierto de frazadas. Los platos limpios, luego de sacudirlos, los ubicaba al borde de la pileta, boca abajo, uno al lado del otro.
No demoró en dejar la pileta vacía. No eran tantos platos, vivía sólo, tampoco estaban tan sucios como había pensado al principio. Echó un poco de detergente a un pedazo de virulana y se puso a limpiar el fondo de la pileta. En unos minutos recuperó el brillo plateado.
No tenía agua caliente Farías y lo padecía, sobre todo, en los días más duros del invierno. Y en algún momento entre dormido y agonizante, afiebrado y con el estómago revuelto, atribuía al agua fría su estado de salud.
Le dieron ganas de seguir tomando mate. Cargó la pava con agua y la puso al fuego, mientras observaba el cambio que había tenido la pileta, de ser un montículo de platos sucios, grasosos y malolientes, cubiertos de agua gris, a una pileta vacía, con aroma a detergente y colores limpios.
Había sido la obra del día, concluyó Farías.
Despejó la mesa del comedor para disponer de otro lugar de la casa donde pasar el día luego de la jornada de fiebre y vómitos. Ubicó en un rincón de la mesa una pila de revistas “Pelo” y “CantaRock”, el suplemento de Espectáculos de “Clarín”, una lapicera negra, el último número de “Latitud Sur” y dos cassettes, el primero de Juan Carlos Baglietto y “Fantasmas en la Máquina” de The Police. Dejó a mano el cenicero y el paquete de cigarrillos que conservaba desde ayer, aún le quedaban diez. Se notaba que había pasado sin fumar casi un día entero.
Antes de sentarse a la mesa a tomar los mates recién hechos, se puso a buscar música para acompañar la tarde. En dos cajas de galletitas guardaba todos los cassettes que había acumulado desde que, con sus ahorros como repartidor de cartas del Correo Argentino, se compró un pequeño mini-componentes, de precario sonido y superado hacía poco por la novedad de la doble cassettera que había lanzado el mercado. Tenía desde grabaciones piratas de bandas de rock amigas hasta los últimos cassettes de Prince and The Revolution, el segundo de Juan Carlos Baglietto, todos los de Los Abuelos de la Nada, toda la discografía de Charly, el primero de Fito Paez, el primero de Soda Stereo y todos los de The Police. La otra colección musical la tenía en discos de vinilo. El precio y la ocasión determinaban las compras. El cassette era la novedad y el disco conservaba un mejor sonido y un trabajo cuidado en el diseño de las tapas, detalles que Farías gustaba apreciar.
En la parte superior de un mueble pequeño y de madera, color marrón, que se extendía en forma paralela y pegado a la pared que separaba el comedor de la habitación, estaba el tocadiscos al que, con el primer sueldo de su nuevo trabajo, le cambió la púa y le incorporó dos bafles nuevos. En los cajones del mueble, en la parte inferior, guardaban los discos, los nuevos, los usados que compraban en las casas de canje y ofertas, los que recibía como novedad de los sellos discográficos con el cartelito, de letras rojas y en imprenta, que decía “SOLO PARA DIFUSION”, también los que había traído de otras ciudades donde vivió, en su mayoría de chamamé litoraleño. Le gustaba cambiar el orden de sus discos y de sus cassettes en filas que luego volvería a alterar, se podía ocupar toda una tarde de esa tarea sabiendo que al mes volvería a cambiarlo. Era uno de los pocos rincones de su casa que se preocupaba por mantenerlo aseado, sin polvo y prolijo.
En la redacción de la revista conoció otro tipo de música, sin disgustarle le parecía diferente a lo que él escuchaba y lo que había escuchado en las ciudades y pueblos que le tocó vivir, era sí diferente, otros ritmos, era un folklore renovado, de nuevos nombres y de canciones que se volvieron clásicos en poco tiempo, de “proyección” o “progresista” le decían ellos, los periodistas, sus compañeros de trabajo. A Farías le gustaba esa música, “la auténtica música de los ‘80” solía decir uno de sus compañeros, pero a Farías le agradaba más mostrarse, en ese público sobre todo, como el pibe rockero, atrevido y futbolero, el pibe que llegaba del conurbano bonaerense, de zapatillas y en colectivo, para mezclarse entre intelectuales porteños, a los que les gustaba hablar de los ciclos de cine del San Martín, del Teatro Abierto y de los recitales al aire libre en las Plazas de Capital Federal organizados por la Secretaría de Cultura de la Nación.
Ellos tenían agua caliente en toda su casa y yo un calentador eléctrico en el baño como ducha y después agua fría, comparaba y resumía Farías.
A Raulí Farías le gustaba mostrarse como un pibe de buen escribir, habilidoso en los picados de fútbol con los compañeros de trabajo y amplio conocedor del rock nacional. Sin agua caliente. Cien pesos argentinos ley por mes por una habitación, baño y una cocina - comedor. Departamento 3 al fondo de un largo pasillo siempre con olor a fritura, gritos de chicos llorando y una radio a todo lo que daba, en Bernal, a diez cuadras de la estación de trenes, con calles asfaltadas hacía muy poco y otras tantas de tierra alrededor.
Mientras seguía en cuclillas, sobre una de las cajas de galletitas, buscando un cassette para musicalizar la tarde, olvidando los mates recién hechos sobre la mesa, repasaba nombres de grupos y de solistas que había conocido en la revista, que le habían gustado y que hacía mucho no escuchaba; era una de las formas de redescubrir músicos y definir gustos. Silvio Rodriguez, Jorge Fandermole, Caetano Veloso, Chico Buarque, Raúl Carnota. Y le gustaba Teresa Parodi por que le hacía recordar a Paraguay y a Corrientes, conocía bien esa región, sabía y se reconocía en sus letras.
Silvio Rodriguez fue su último gran descubrimiento. Tenía un tema y un disco
preferido: “Tríptico 1” el disco y “El Sol no da de Beber” el tema, pocas veces se detenía a pensar cada frase del tema. Y Silvio Rodriguez le provocaba esa atención y ese placer.
Sacó tres cassettes y los puso en la mesa, al lado de la pava y el mate. Eligió “Hablando en Lenguas”, de los Talkings Heads, “Gal Tropical”, de Gal Costa y “La Grasa de las Capitales” de Serú Girán.
Hacía apenas dos meses que había firmado el contrato con la editorial de la revista, Ediciones Cooperativas. Raulí Farías era algo así como el corresponsal del sur de la provincia de Buenos Aires, lo mandaban a cubrir notas o continuar investigaciones en lugares como Lanús, Quilmes, Berazategui o Avellaneda. O bien escribía notas sobre bandas nuevas de rock que él conocía y que solían pedir un espacio para una breve entrevista, un comentario de un recital o bien la crítica de su última producción. En los últimos números Farías se había dedicado a la crítica de discos, casi con exclusividad, de rock nacional. Eran artículos de no más de 50 líneas que ocupaban, en la sección de “Música”, una hilera vertical acompañado de otras dos o tres críticas.
Al terminar la licencia médica tenía que entregar dos artículos: una crítica de alguna novedad discográfica, ya tenía el espacio reservado. La otra era una nota sobre el regreso de Hermiñio Iglesias a la política, por la que tuvo que cubrir un acto en un club de Gerli, un jueves, siete de la tarde, a puro choripán y vino, la marcha peronista como música de fondo y la presencia de Hermiñio en un rapto, efímero y poco franco, de liderazgo absoluto, de conductor de las masas, soñando un porvenir a puro protagonismo.
En los barrios del conurbano, cuando lo mandaban a cubrir alguna nota, le gustaba mostrarse como periodista de la revista “Latitud Sur”, con la campera y pantalones de jeans de siempre y una credencial de periodista con su foto siempre a mano, en el bolsillo exterior derecho de la campera; también le gustaba que los vecinos más allegados supieran que tres veces a la semana, a media mañana, él, bañado y prolijo, salía para la redacción, él, que hacía tres meses atrás repartía cartas en la bicicleta negra que ahora, luego de firmar el contrato como redactor de la revista, casi la tenía abandonada en un rincón de la habitación, apoyada contra la pared, ahora periodista, propietario de un nombre que salía en una publicación quincenal y que algunos sellos discográficos supieron agendarlo para tenerlo al tanto de las novedades. Le gustaba las bromas del almacenero sobre su nuevo trabajo, el mismo que supo dejarle fiado cuantas veces fueron necesarias, que confió en el pibe de barrio que dos meses atrás salía con su bicicleta todas las mañanas a buscar cartas a la sucursal Quilmes del Correo y que recorría toda la zona Este del distrito, parando en una plaza al mediodía para comerse un sanguche o compartir con otro repartidor una cerveza, un cigarrillo de marihuana y retomar luego la rutina. En esos intervalos conoció al “Oso” Lencina, entre sanguches armados con fiambre y pan lactal comprados en un almacén del barrio, cerveza en los días de calor y un porro para la digestión. En ese momento Farías vendía libros para una Colección del Círculo de Lectores y Lencina era el repartidor del Correo en esa zona. Una de esas tardes “El Oso” le dijo que se presentara en las oficinas del Correo, que él iba a renunciar. Farías calculó que le vendría bien un sueldo fijo, casi el mismo trabajo, más horas tal vez, recorriendo la zona, en la misma bicicleta pero en vez de entregar catálogos de libros best-seller tendría que repartir cartas.
Tiempo después llegó el contrato en la editorial de la revista y el inicio de un nuevo trabajo: el periodismo.
Con el mate aun caliente decidió quedarse un rato en la mesa, el paquete de cigarrillos y el cenicero cerca, la mirada inquieta. De fondo comenzó a sonar los Talking Heads. En otra silla apoyó los pies, tendidos en forma horizontal, observó los cordones de las zapatillas de lona desatados, las partes del empeine exterior gastados, a punto de romperse hasta terminar deshilachada. Mientras se cebaba el primer mate, apoyó su mano izquierda en la pava para calentarla, fría, luego de lavar los platos.
Antes de prender el primer cigarrillo del día, con el paquete de 43/70 en la mano, recordó a “Harry” Véliz cuando solía decirle que los Talking Heads era el sonido más original de los ’80. “Harry” era un tipo sencillo, fotógrafo de la redacción, hincha de Racing, que siempre tenía buena información de la música extranjera, que tal bajista pasó a tal banda, que tal productor produjo a tal músico, que el otro está por lanzar un nuevo disco. Harry fue quien le grabó los únicos dos cassettes que tenía de los Talkings Heads y que no se cansaba de recomendarle un grupo que “se las traía”, Sumo se llamaba y estaba por grabar su primer disco.
Así como a los Talking Heads, en la redacción Farías conoció también a Prince and The Revolution, The Who, The Clash, Lou Reed, y varios discos del eterno Bob Dylan, aunque le gustaba identificarse con el rock nacional, o de “proyección nacional”, como decían algunos catálogos de los sellos discográficos.
Las manos de Farías, gracias a la pava y a los mates, cada vez más caducos, recuperaron cierta tibieza. Su cuerpo había recuperado el calor normal, sin escalofríos ni altas temperaturas. Se pasó las manos por el rostro, frotándose varias veces ambas mejillas. Fue el momento en qué recordó a su madre, sola, hamacándose en el patio, en cualquier patio de cualquier provincia argentina, o en algún pueblo de Paraguay, su recuerdo la ubicó en una tarde, ocupada en alguna tarea, tejiendo, pisando maíz, amasando harina o simplemente observando el atardecer teñido de recuerdos, melancólica y sola.
Volvió a su departamento. La música de los Talkings Head seguía de fondo. “Moon Rocks”, tema dos, lado B. Miró de reojo lo que tenía enfrente. En diagonal a su posición, encima de la pileta y la pileta, descubrió la ventanita, dos hojas angostas y de vidrios sucios, que daba al pasillo que compartía con los otros dos departamentos y que se extendía hasta la puerta de entrada. Bajó la vista unos centímetros de la ventanita, percibiendo minucioso, el máximo detalle de su propio mundo, como quien descubría un paisaje que no había destacado antes. La pileta ahora limpia, los platos unos encima de otro, también limpios, los azulejos blancos y amarillos, o que supieron ser blancos y amarillos ahora cubiertos por manchas de tuco, yerba y vino. A los costados de los azulejos la pared color crema, algo amarillenta, a punto de descascararse, evidenciaba el paso del tiempo, el de una decena de inquilinos, de peleas de pareja, de personas obsesivas y violentas, de traumas mal llevados y sin cura, de niños mal criados y abandonados. O de un soltero. Joven, con inquietudes, muchas dudas, reflexivo, apesadumbrado a veces, otras veces jovial, orgulloso pero no convencido de ser periodista, o redactor, o colaborador, o corresponsal del conurbano bonaerense en una revista quincenal, antes cartero de la sucursal Quilmes y vendedor de libros best-seller.
El lado B del cassette se había terminado. Estaba muy cómodo y demoró en levantarse y dar vuelta el cassette. No estaba muy conforme con la música elegida. El día, la hora, la fiebre que lo había abandonado, los primeros mates, la tranquilidad ante la ausencia de los vecinos, algo le sugería otra música que los Talking Heads.
Mientras se entretuvo en reflexiones vagas, echó una mirada a la mesa, a la pava y al mate, al último número de la revista que aún no había leído completo, al suplemento “Espectáculos” del diario Clarín del domingo, marcado con círculos, con una lapicera negra, las películas que quería ver.
En la misma posición, prendió el primer cigarrillo del día, ansiado, y se quedó con las manos apoyadas en la nunca, la mirada colgada de uno de los tirantes del techo del departamento, riéndose a veces, otras con el ceño fruncido, divagando por otros hemisferios. El cigarrillo lo perdió un poco más, consumiendo sus delirios al ritmo del tabaco, la boca echada hacia arriba ante cada pitada, el humo que largaba dibujando efímeras figuras.
Cada detalle que esa tarde descubría cobraba un doble asombroso, la arriesgada extrañeza de saber que lo cotidiano es un mundo, los colores de las paredes, las manijas rotas de la olla, la transparencia de los platos, los azulejos sucios, las hornallas oxidadas y curtidas, las telarañas en el techo, el orden de sus cosas, las lecturas pendientes, las películas que no vio. Continuaba el silencio.
En la pared que nacía perpendicular a la pileta y la cocina, había tres estantes de madera, anclados con vigas verticales y ménsulas de hierro, donde tenía sus pocos libros y algunas colecciones de revistas. Debajo de los estantes descubrió la mesita pequeña, redonda y de madera, apenas medio metro cuadrado de extensión, de tres patas largas, ocupada por la máquina de escribir, la Olivetti, de teclas de plástico y armazón de hierro. Sobre uno de los costados de la máquina de escribir había dos carpetas tamaño oficio, repletas con papeles blancos y algunos escritos, apoyadas en forma vertical; entre las dos carpetas había un cuaderno espiral con una lapicera color azul enganchada del capuchón. El escritorio intentaba concentrar y organizar la tarea periodística de Farías, aunque nunca lo logró, escritos originales que luego fueron publicados en la revista, apuntes para futuras notas, teléfonos de representantes, músicos, periodistas. No era un escritorio de lo más cómodo, tampoco había demasiado espacio para tener más muebles.
Farías vivía en un departamento chico, sin agua caliente, con un entorno siempre escandaloso, invadido de olores, llantos, de gritos eufóricos e histéricos, a pesar de que tenía como vecinos a una familia con tres hijos y a un hombre soltero, de unos sesenta y pico de años, borracho y depresivo. Con los compañeros del trabajo hablaban del barrio de Bernal, de los partidos de fútbol del fin de semana, de algunos personajes que les tocaba entrevistar, de su padre, sobre todo de su padre, de amigos y conocidos de su padre. Nada decía de las condiciones de su departamento sin agua caliente, ruidoso y con poca luz, muy caluroso y húmedo en verano, y con olor a kerosén durante el otoño y el invierno.
Se olvidó de la música. Faltaba el lado A del disco de los Talking Heads.
Su trabajo en la redacción se debía, en gran parte, a su padre, a lo que le sucedió a su padre, a lo que fue su padre. Farías cuando le parecía conveniente, o cuando se le presentaba una oportunidad, preguntaba por él; en la redacción sólo a algunos; a los que sentían orgullo de haberlo conocido, los que lo palmeaban en la espalda y le decían “Farías hijo”, con una sonrisa fiel como quien recuerda a una buena persona. Farías apenas supo de él por puras imprudencias, por comentarios de otros, algunos escuchados a escondidas, o en reuniones nocturnas cuando el alcohol hacía efecto y la cautela se dejaba de lado. La madre le habló poco de él, casi por azar, por que se le escapó algún recuerdo efímero, sin intenciones de explicaciones y menos aún de evacuar ciertas dudas de su único hijo. En los patios de algún pueblo de Paraguay la madre de Farías debía estar hilvanando recuerdos que como lanzas venenosas, la envejecían día y noche, e iban apagando el verde de sus ojos.
Ella en Paraguay, Rauli Farías en Bernal, reflexionando, luego de un día de fiebre y vómitos, sin trabajar, luego de una tarde soleada, agradable para caminar por las plazas y olvidarse de los recuerdos. Farías acumulaba dos artículos pendientes para la revista, dedicado ahora a fumar su primer cigarrillo del día.
Con la mirada en la mesa y el cigarrillo echando humo en el cenicero, cobró fuerzas- la leve mejoría de su cuerpo lo permitía- para levantarse y ubicar la máquina de escribir en la mesa del comedor. Y de paso, elegir otra música. En cuatro pasos llegó hasta el escritorio donde estaba la Olivetti. Antes de tomarla con ambas manos y trasladarla observó la hoja que sujetaba el rodillo. No recordaba lo último que había escrito. Tenía curiosidad por leer aquella hoja escrita por la mitad, doblaba sobre sí misma, tamaño carta. Pasó sus brazos por encima del escritorio para sujetar fuerte la máquina de escribir, desde abajo y llevarla hasta la mesa, al lado del cenicero y el cigarrillo que seguía echando humo.
La curiosidad por leer esa líneas fue más fuerte que las ganas de escuchar música. Una vez que sacó la hoja de la máquina, Farías volvió a la posición anterior, apoyando el codo del brazo derecho al borde la mesa, los pies en la otra silla, el cigarro otra vez en su mano izquierda para luego retornar al cenicero; su mirada dispersa, su mente aun más dispersa.
Dio otra pitada, dejó el cigarrillo en el cenicero y leyó:

“La década entrante le brindó al rock nacional una bocanada de aire fresco que se mezcló con la apertura democrática y la prohibición de música extranjera durante la guerra de Malvinas. Esas alteraciones, donde confluían cuestiones políticas y culturales, fueron aprovechadas por los músicos rockeros nacionales que supieron elaborar un producto original... “

Abandonó de inmediato la lectura para terminar su cigarrillo y posar su mirada en los tirantes del departamento, justo encima de donde él estaba sentado, y entretenerse así con las figuras que formaba el humo que partía desde el cenicero. El silencio reinante estiró el momento con tres pitadas más, sucedieron minutos apenas, que parecieron ocupar tres tardes enteras. El humo era una industria de figuras que se reemplazaban entre sí. Suficiente para entretener a Farías. Pensó en el texto escrito y recordó que la noche anterior a la gripe, a la fiebre y los vómitos, había comenzado a escribir el artículo pedido. Era una crítica sobre “Cachetazo al Vicio”, segundo disco de Los Twist.
La idea escrita no era mala. Sólo que la escribió una docena, o decena, de veces. Que la guerra de Malvinas y las prohibiciones de música cantada en inglés. Que el rock nacional y la apertura democrática. Que el rock nacional y su ruptura con la herencia de los setenta. Que los coletazos del pop por un lado y el punk por otro, que el solista como sinónimo de los ochenta.
Ideas que iban y venían y que a Farías le parecieron, esa tarde, que se repetían con demasiada frecuencia en sus artículos sobre música.
Sus dudas iban fagocitando la tarde, que iba dando paso a una noche más fría y solitaria, un frío que podía acarrear efectos más profundos que la gripe y que los cuarenta grados de fiebre.
¿Quién había tomado la decisión de ofrecerle un contrato? ¿Cómo confiaron de su capacidad para escribir en una revista que leía gran parte de la intelectualidad porteña, acostumbrada a leer o a releer a Sartre, a discutir sobre cine de Holywood versus el cine arte? ¿Qué podría aportar él, Farías, hacía unos meses cartero del Correo Central, a esa gente? ¿Podría decir algo que no fuera sobre rock nacional?
La única idea que tenía, pensaba Farías carcomiendo el ímpetu con que se había levantado de la cama, la escribió docena de veces. Idea que él supo adherir y que no le resultaba original, seguía reflexionando Farías, que la escuchó varias veces, en recitales, en la redacción, en bares nocturnos, y por eso le parecía atrevido asumirla como de su autoría. Sin embargo, la seguía escribiendo.
¿Cuánto le debía el trabajo de redactor o colaborador o crítico de rock nacional o corresponsal de la zona sur a su padre? ¿A los amigos del padre? ¿Era realmente el periodismo la vocación de Farías o era una profesión circunstancial? La única idea y repetida docena, o decena de veces, ¿Valía la pena un puesto en la revista?
A la revista la integraban hombres mayores de treinta y cinco años, exiliados, militantes todos, algunos rememorando el proyecto frustrado de la década anterior, otros difundiendo proyectos nuevos, presos políticos algunos, escritores con varios libros publicados, otros jóvenes e inéditos pero con ediciones aseguradas en un futuro no muy lejano, hablando con soltura y displicencia, reafirmándose en el altar intelectual que les esperaba, émulos de Rodolfo Walsh y de Julio Cortázar a la vez; también se arrimaban a la redacción algún que otro bohemio, poeta casi siempre, que le gustaba exponer su ropa andrajosa y su prosa exquisita como estilo de vida. Había otros visitantes ocasionales que pisaban el lugar dos o tres veces a la semana y del que todos conocían su nombre; algunos para vender cocaína o marihuana, o alguna que otra oferta de ese estilo, y como canje al servicio a domicilio se llevaban entradas recitales, el póster de algún artista que visitaba el país, o el afiche de algún recital. Otros eran amigos del personal de la redacción que llegaban en busca de un poco de cocaína o por pura bohemia, para estar cerca de la atmósfera literaria y periodística, para pasar un rato, o a sugerir ideas o buscando cómplices para sus proyectos, o a llevar un material a promocionar.
El último día que Farías estuvo en la redacción conoció en persona a Raúl Carnota, un tal Carnota del que se hablaba y se hablaba, del que leyó elogios en la revista y al que tildaban como un renovador auténtico del folklore. Había llegado con cara de haberse levantado hacía diez minutos, despeinado y ojos entrecerrados, a pesar de que eran las cuatro de la tarde. Estaba convocado para una entrevista a salir en el próximo número.
Farías lo reconoció por un dibujo que había hecho Cachamay Bisso que ilustraba una nota sobre un recital en el teatro IFT, sobre la calle Boulogne Sur Mer. Cachamay tenía la capacidad de retratar a la persona dibujando apenas dos gestos, una breve porción de su rostro. De Carnota había descubierto unas arrugas en una frente en la que caía un mechón como único sobreviviente de una pronta calvicie, una mirada como por encima del público, lentes cuadrados y ojos escondidos. Así lo recordó Farías, sentado frente a la única mesa de su casa, y así lo retrató Cachamay Bisso. A Farías le gustaba Carnota aunque en la redacción mostraba indiferencia cada vez que se lo nombraba. Farías era rockero. Fanático de Los Violadores, Virus o Los Abuelos de la Nada, sólo por hablar de grupos nuevos. A Farías le cayó bien Raúl Carnota, saludó a los pocos redactores que quedaban ese día e ingresó a la oficina del director de la revista. Tenía cara de buen tipo, una sonrisa sencilla, dejando en claro que su arte no dependía de gestos pedantes.
Raulí Farías recordó que en un número había escrito algo sobre Carnota, una de sus primeras críticas de discos. Movido por esa duda, se levantó de la mesa y se fue al mueble de caña que estaba a su espalda, al lado del modular donde guardaba los discos. En la segunda repisa, comenzado desde el piso, conservaba todos los números de “Latitud Sur”, algunas que había comprado antes de ingresar a trabajar, las otras que traía de la redacción, apenas salía a la calle, para leer, con orgullo, su artículo, su nombre. Agachado frente a la pila de revistas “Latitud Sur”, Farías buscaba el número donde él había hecho una crítica sobre el disco “Grito Santiagueño”. Una columna, delgada y vertical, en la parte de crítica musical. La encontró. Número 34. Año 2. Primera Quincena de Junio de 1984.
Con las dos manos tomó una docena de revistas y las llevó a la mesa, las ubicó a la izquierda de la máquina de escribir; las otras las dejó en su lugar.
Dobló en dos la revista, en la página donde estaba su artículo.

“Memoria Adentro. Raúl Carnota. Editado por Polygram. Fabricado y Distribuido por RCA.
Decir que Raúl Carnota es la referencia más auténtica de la renovación del folklore no es exagerado aunque si es decir poco. Es la voz de una década que con apenas cuatro años de vigencia ha dado un lugar a las voces más renovadas de la música. En su primer disco, grabado a dúo con la excepcional Suna Rocha, ya dio una muestra fiel de sus intenciones para cantar con otros vientos y componer en otras sintonías a lo que se venía haciendo...”

Interrumpió la lectura en la mitad del artículo. Se quedó con la revista en su mano izquierda, los pies apoyados en la otra silla.
Manoteó el paquete de cigarrillo con la otra mano, lo volcó boca abajo hasta que cayó uno, rodando hasta quedarse quieto al pie del cenicero. Tomó el cigarrillo, se lo llevó a la boca, descanso entre sus labios hasta que encontró el encendedor y lo prendió. Tiró el encendedor sobre la mesa, arrimó el cenicero y continuó leyendo.

“Grito Santiagueño se trata de un exponente supremo de la renovación del folklore comparable a lo mejor de Mercedes Sosa, Antonio Tarragó Ros, Chany Suarez o Julio Lacarra, sólo para nombrar algunos...”

Farías se puso a recordar cuantos artículos de folklore había escrito en la revista. No superaban los cinco. Lautaro Gomez era encargado de cubrir la sección de música folklórica o de proyección, como les gustaba decir a las productoras. Los discos y las novedades llegaban a su nombre, así como algunos trabajos de rock nacional e internacional le llegaban a Farías. Algo había pasado para que Gomez se desentendiera de redactar una crítica de un disco muy comentado por otros medios.
Revisó los otros artículos de la sección musical de la revista y no encontró ninguno firmado por Lautaro Gomez. Vacaciones. Un viaje ocasional. Algún festival a cubrir.
En ese mismo número Farías había escrito dos artículos más. Una crítica al disco de Miguel Mateos / Zas, “Tengo que Parar” y una nota sobre la inauguración del Teatro “Arlequines”, en la calle Chacabuco, en pleno centro de San Telmo. Al ver una foto del teatro recordó la noche de la presentación. Una iluminación tenue, un rico vino tinto y empanadas salteñas para los invitados. A Farías le llegó una invitación, a la revista, con el título “Latitud Sur- Periodista”. Había productores y representantes de artistas, algunos actores del llamado under porteño, periodistas, bohemios y poetas, los vendedores de cocaína de siempre. Esa noche tocaron los MPA, Músicos Populares Argentinos, y Jaime Ross, un uruguayo que comenzaba de apoco a ganarse un lugar dentro de la música rioplatense, detrás de la apertura democrática en aquel país. “Un Teatro que crece desde lo mas profundo”. El título hacía referencia a la ubicación del teatro. Era una especia de subsuelo, escaleras abajo, un sótano amplio con buena acústica para recitales chicos, paredes con ladrillos a la vista, mesas y sillas de madera. No le gustó el título. No se preocupó por leer el artículo.
Farías comenzó a hojear la revista sin ganas. Pasó al índice para encontrar algún artículo que podía interesarle.

5. Tribunales Militares. La reforma cuestionada. 13. Excesos y Obediencia debida. “La justicia en bicicleta”. 17. Situación. Los radicales y las Fuerzas Armadas.
22. Medios I. El Dr. Cormillot y la gran máquina de adelgazar conciencias. 26. Medios II. Historia de cómo la TV se tomó revancha y otras entretenidas cuestiones que hacen a los medios de difusión...

La única nota de él que ocupaba un lugar en el índice era la de la inauguración del Teatro Arlequines. Pocos artículos escritos por Farías tenían tamaño privilegio. Las vedettes de la revista eran otros, periodistas que iniciaron su carrera en los ’70, otros que rozaban los cuarenta y que sabían y conocían el ambiente muy de cerca, otros ex militantes que supieron combinar las luchas revolucionarias con las letras. Aún no sabía quien era Farías en ese lugar, un especialista en rock nacional, alguien que contrataron para cubrir un espacio vacío dentro de la revista, un resultado del azar y de ciertos favores a un padre que ya no estaba.
En esos momentos, cuando lanzaba manotazos buscando respuestas, intentando desagotar dudas, pensarse y descubrirse a la vez, volvía a la misma conclusión: cuanto le debía el trabajo al padre. O mejor dicho al amigo de su padre, a Blas Villordo, el pelado, un ex militante de una organizacion popular, autor de tres libros de poemas que circularon por las librerías de Corrientes en los ’70, exiliado luego del golpe del ’76 en Venezuela, donde también siguió editando libros de poemas y trabajando como docente en la universidad de Caracas.
La recomendación de Villordo fue decisiva para ingresar a la redacción. Se veían en algunos bares del centro, en El Faro de Avenida Corrientes y Uruguay, en uno de Avenida Corrientes y Callao, en La Giralda, a una cuadra del Teatro San Martín. El Pelado tomaba whisky o ginebra con hielo y Farías cerveza, siempre durante la tardecita, cuando uno dejaba la redacción o venía de hacer una nota y el otro terminaba de repartir catálogos de libros o cartas. Hablaban poco. Sus encuentros duraban horas, hasta un rato antes de la cena, después se despedían, uno para el barrio Floresta y el otro a Constitución para tomar el tren a Bernal, o a Quilmes, según en que época se acordaban las citas. El Pelado lo solía llamar al trabajo una vez por mes y le dejaba un mensaje, a veces con mayor frecuencia, para saber como andaba, si necesitaba algo, algo de guita, trabajo.
Una tarde, en un bar de Avenida de Mayo, entre Perú y Bolívar, Farías le llevó unos poemas suyos, escritos en unas hojas de cuaderno con espiral, en mayúscula, con letra legible y grande. El pelado los guardó en una carpeta que tenía en una valijita negra que siempre parecía repleta de libros. Le prometió leerlos y le dijo que lo llamara la semana siguiente para juntarse. Cuando lo volvió a llamar y antes de acordar el próximo encuentro, “el pelado” Villordo le preguntó, por teléfono, si luego de verse iba para su casa.
El próximo encuentro fue en La Giralda, la misma tarde en que en el Teatro San Martín tocaba Daniel Viglietti luego de sus años de exilio y que había acumulado filas de personas que ganaban la vereda de la Avenida Corrientes hasta llegar a la calle Paraná, Villordo abrió de una bolsa grande, sin manija, que escondía debajo de la mesa, y mostró una máquina de escribir.
- Sabes por que éste regalo, por que tenés que seguir Raulí, dale para adelante, tenés mucho por decir- le confesó.
Raulí Farías no pudo responderle, se lo quedó observando con la mirada enceguecida y emocionada, se comenzó a comer las uñas de su mano derecha, se tomó el contenido del vaso de un trago. El pelado lo dejó solo por un rato para ir al baño y pedir otra cerveza al regreso. Farías no se olvidó nunca el regreso a su casa de ese día. Era pesada la máquina de escribir. Resultó más incómoda en el colectivo 60 que tomaba para llegar a Constitución, tuvo que hacerse lugar entre empujones sutiles, acomodarla entre sus piernas, muy cerca de la puerta delantera.
Al mes, en otro de los encuentros, El Pelado Villordo le ofreció escribir los primeros artículos periodísticos.
- Escribite algo sobre el último recital que fuiste a ver. No tardes mucho, así la nota no pierde actualidad- le sugirió Villordo.
Farías estuvo una semana pensando sobre que recital escribir.
Eran los primeros días de mayo de 1984. En esa semana en el Luna Park se habían juntado César Isella, Victor Heredia y Cuarteto Zupay en un recital que se llamó “Canto a la Poesía”, donde musicalizaban poemas de María Elena Walsh, José Pedroni y Pablo Neruda. Farías había ido sólo por la invitación de Marcela, su última novia, militante de la Juventud Universitaria Intransigente. Del recital recordaba algunos pasajes, la emoción de algunas personas con temas que interpretó Isella y que habían sido prohibidos por la última dictadura militar, la recordaba a Marcela cantar de memoria cada canción de Victor Heredia, tenía leída casi la obra completa de Pablo Neruda. Farías, en cambio, lo que más conocía eran los poemas de María Elena Walsh, interpretados por el Cuarteto Zupay. Con esos fragmentos ¿podía escribir un artículo serio y fiel?, se preguntaba Farías aquella vez, sabía que el público que esa noche fue al Luna Park era el típico lector de la revista. ¿De que podía escribir entonces?, pensaba inconcluso, rodeado de complejos.
Había aceptado la propuesta de Villordo más como una presión que como una necesidad o un derivado del deseo. Fue una tentación, un probar algo nuevo, la posibilidad de hacer otra cosa que cambiar un trabajo que no le gustaba por otro que al tiempo tampoco era de su agrado. Y esas dudas y esas preguntas que giraban en círculo en su soledad, luego de la propuesta de Villordo, se comían días enteros.
Su primer artículo salió en el número 23. Año 3. Primera quincena de mayo de 1984. Datos que recordaba de memoria. Ocupó un rincón de la página de Espectáculos, unas 60 líneas escrita en la máquina que le había regalado Villordo y que ahora tenía enfrente, sin usar, sin hojas.
Se levantó de la mesa, se frotó las manos, apuntándolas hacia arriba como quien quiere espantar al frío y volvió a hurgar en la pila de revistas “Latitud Sur” que tenía en la repisa de caña. En cuclillas comenzó buscando en las revistas del fondo.

Número 32. Primera quincena de Mayo de 1984. Desaparecidos: la lista oficial. La otra lista. Iglesia y Dictadura. De rodillas al horror. Democracia en Uruguay. ¿El regreso tan ansiado?

Una vez que encontró el número buscado, se puso a hojearla, de cuclillas, frente al mueble de caña, empezando por el índice. Comenzó a leer su artículo, su primer artículo por el que le habían pagado unos cien mil pesos argentinos ley.

“El público siguió de pie y de memoria desde la primer canción hasta la última. El grupo Virus, oriundos de La Plata, escuchó todos los pedidos y complació la mayoría de las canciones. Esos detalles hablan del buen trato del grupo con su público, el respeto por la calidad del show y el cuidado en el mínimo detalle...”

El pelado Villordo, cuando le dijo que se iba a publicar y luego de pedirle los datos para que le pudieran pagar a su nombre, le aconsejó respetar una cábala: comprar el número en el que salía su primer artículo. Y eso fue lo que hizo Farías apenas salió la nota. La compró en el puesto de diarios del barrio donde compraba el “Clarín”, de vez en cuando, y cada número de la revista “Pelo”.
Ese número lo llevó en su mochila durante un mes al menos. Se lo mostraba a sus compañeros del correo, a los pocos vecinos del barrio con quien tenía trato y a Marcela, la militante de la Juventud Universitaria Intransigente.

“Virus es una mezcla de la danza sensual y ambigua de David Bowie, reunidos en la estética de Federico Moura, con las letras propias de la picaresca porteña, aporte fundamental del Roberto Jacoby...”

Por primera vez en la tarde leyó un artículo suyo con agrado, descubriendo ideas originales y una prosa que salía del lugar común, buena puntuación, vocabulario variado, al menos en ese breve fragmento. Le volvieron ganas de escuchar música de repente, como hito de festejo, cierta confianza recuperada, los dedos golpeando el borde de la repisa del mueble de caña, siempre de cuclillas, imitando una melodía de Andrés Calamaro, una buena combinación entre letras cursis y una melosa música para enamorar con facilidad.
Se paró de golpe, otro incentivo de confianza, y fue a buscar un disco. Abrió la puerta de la parte inferior del modular, comenzó a buscar en la fila de rock nacional, de los últimos tiempos, de esos que caracterizaban a una década que ya iba formando su propia identidad, entre una democracia que tenía apenas unos meses en Argentina y que abría el juego para ser imitada en otros países de América latina, un presidente con discursos humanistas y procurando la unificación del país sin perder de vista la condena a los responsables del descalabro de años anteriores.
Raulí Farías eligió “Clics Modernos”, de Charly García, sin muchas dudas. Sacó de la bandeja “Pensar en Nada”, de León Gieco, le pasó el trapo de gamuza al disco antes de enfundarlo. La tapa estaba apoyada en forma vertical en uno de los bafles. Siempre le había gustado la foto de tapa del disco. León sentado en un sillón de amplio respaldo, color rojo, vestido de blanco, las piernas estiradas; a los pies había una nena sentada en el piso, alguien le había dicho que era su hija y que se llamaba Nadia.
Comparó por unos segundos el perfil oscuro de la tapa del disco de Charly García. Estaba Charly sentado y apoyando su espalda en una pared gris, toda cubierta por garabatos e inscripciones inentendibles echas con aerosoles, anteojos cuadrados y transparentes, al borde de sus bigotes bicolores un cigarrillo sin prender. El disco de León Gieco se lo había comprado con el primer sueldo de su trabajo como repartidor de publicidad de una agencia de Avellaneda, sobre la calle Alsina, a media cuadra de Avenida Mitre, donde duró apenas cuatro meses. La disquería quedaba a dos cuadras de la agencia, sobre la avenida. En pocos días había conquistado la confianza del dueño. Una vez al mes, por lo menos, dejaba un cuarto de sueldo en el local.
Puso el disco de Charly García en la bandeja, y leyó los temas del lado 1, en el dorso.

LADO 1. NOS SIGUEN PEGANDO ABAJO (PECADO MORTAL). NO SOY UN EXTRAÑO. DOS CERO UNO (TRANSAS). NUEVOS TRAPOS. BANCATE ESE DEFECTO.

Antes de empezar el primer tema se escuchó un ruido a púa que le resulto extraño. Sacó el disco de la bandeja, lo limpió con la gamuza y volvió a ponerlo. No parecía tener demasiado uso y mucho menos mal trato. Ya venían malos de fábrica, era de un vinilo más delgado, menos costo y más frágil. Cuando volvió a poner el disco, se repitió el ruido a púa. Por suerte, pensó Frías, las guitarras fuertes y los arreglos de teclados tapaban el ruido a fritar de huevo del disco.

“Ella es menor, es el normal
y lo que están haciendo es
un pecado mortal.
Ella se quedó sin boda ni arroz
Y al novio lo agarraron
Entre muchos más que dos.”

Volvió a ocupar el lugar en la silla, en la misma posición que la de León Gieco en la tapa del disco. Aunque Raulí Farias estaba solo, saliendo de una gripe, levantándose de la cama por primera vez en el día, amparado en una licencia médica pero sin respetar los medicamentos recetados. Ni siquiera los compró. Tomaba dos bayaspirinas cada seis horas. Y dos veces al día, antes de reposar por un largo rato, se hacía inhalaciones de frutos de eucaliptos con agua caliente; hervía los eucaliptos en agua, en la olla más grande que tenía, se cubría la cabeza con un toallón para recibir el vapor, aguantando el calor cuanto más podía. Según su madre, era lo más sano para aflojar la mucosidad de los pulmones y para destapar las vías respiratorias. Y Farías cumplía. En el Paraguay o en las provincias fronterizas donde vivieron, en Chaco y luego en Corrientes, las gripes, que eran mucho menos frecuentes que en la ciudad, se curaban de esa manera.
Lo que Farías no sabía era el porqué de los vómitos. Y para eso también se había preparado una dieta propia, también aplicada por su madre antes de cualquier consulta a un profesional.
Raulí Farías acompañó las inhalaciones de eucaliptos con una dieta rigurosa de arroz hervido con un poco de aceite y sal, agua de arroz, y una caudalosa sopa de verduras, que venía tomando hacía tres días y que aún le quedaba. Ya tenía preparada la cena. Para el postre o para la merienda, dulce de membrillo. El queso mantecoso lo había terminado ese mediodía, con galletitas. La dieta aconsejaba nada de mate ni alcohol.
Tampoco drogas. Ni el ánimo ni el estómago lo permitían. Ese había sido su mayor esfuerzo, la abstinencia a la cocaína, sobre todo a la cocaína, ni a la marihuana ni a los ácidos fuertes que abundaban cada vez más en el mercado. Algo le quedaba de la última compra, a 25 mil pesos los 10 gramos, envuelta en una papela, buen precio para no ser tan adulterada, unos pesos más caros pero más sabrosa.
Farías había notado una diferencia importante entre la cocaína comprada en la villa Itatí, a cuadras de su departamento, y la que conseguía últimamente en Buenos Aires, la diferencia se hacía notoria los sábados a la mañana, luego de esas noches en las que se dejaba llevar por el acontecer y que podían iniciarse con una salida programada o con la visita de un amigo, noches que comenzaban temprano, horas después de salir de la redacción. Al principio le costó asumir el cambio y abandonar las visitas a los pasillos de la villa, el proveedor, El Jafa, atendía a cualquiera hora los 365 días del año. Era una casilla de madera tan delgada como los cajones de verdura, pintada de verde, una lamparita pelada que iluminaba el piso de tierra y una canaleta que pasaba frente al terreno y que hacía de desagüe de esa parte de la villa, donde siempre corría agua de todos colores. El Jafa era un referente de la villa, cansado de visitar comisarias de la zona y de salir a los pocos días, también referente en la hinchada de Quilmes. Las pocas veces que Farías entró a la casa encontró la misma foto clavada en lo alto del comedor-cocina-habitación, publicada en el diario El Sol, El Jafa trepado a un para - avalanchas de la popular delante de una bandera gigante, blanca y azul, que cubría buena parte de la hinchada. Era tan nítida la foto que hasta se podía ver los tres dientes que le faltaban. La camiseta de Quilmes que tenía puesta, de mangas largas y con la publicidad de un supermercados del distrito, ocultaba los tres balazos que había recibido en un enfrentamiento con la barra brava de Boca. Se sabía, en la villa y en la cancha, que entre ambas hinchadas había al menos dos muertes pendientes y que no tardarían en saldar cuentas.
No fue fácil para Raulí Farías, el pibe de barrio y periodista de una revista porteña hacía sólo tres meses, abandonar las visitas a ”El Jafa” de un día para otro. No podía decir a los amigos de siempre, a los que le hicieron probar la cocaína y que seguían en los mismos trabajos y con los mismos sueldos, que la droga porteña más cara y consumida por la clase media intelectual era más sabrosa y que al otro día traía menos dolores de cabeza. Pero Farías se había vuelto, a la vez que más consumidor, más afecto a la blanca porteña, comprada en los recitales de rock, en baños sucios de baldosas embarradas y olor a orina y a marihuana, con retretes vomitados y rotos, en Cemento, en Einstein, en Zero, en el Stud Bar; algunos de los que la vendían eran los mismos que solían visitar la redacción, más prolijos y un poco menos drogados y alcoholizados.
Raul Farías se había hecho el canuto de la cocaína con el tubito de una soda que compró de ocasión y que jamás devolvió el envase, lo tenía como recuerdo, o como trofeo, en lo alto del armario, con el dibujo de un jugador de fútbol, con una camiseta a bastones verdes y blancos, sobre el vidrio grueso y transparente, vacío en su interior. El canuto, sin querer, había logrado convertir a un envase de soda en un adorno del que muchos preguntaban y que pocos adivinaban el motivo de su metamorfosis. El dibujo del jugador de fútbol desconcertaba a todos, incluso a los que tuvieron el canuto en su mano, mirando el adorno y tomando cocaína sobre la mesa.
Dentro del billar “Pomares”, en un costado del distribuidor del Cruce Varela, en la intersección de los partidos de Berazategui, Florencio Varela y Quilmes, estaba “El Cuartito Blanco”. Era una habitación al fondo del billar, más allá de las bolas giratorias de mosaicos de espejos de diferentes colores que iluminaban a las mesas de juego y a una pista de baile pequeña con espacio para seis o siete parejas, aparecía una puerta blanca, de madera, de donde se escuchaba siempre gente hablando que entraban y salían a cada rato para volver al salón de los billares y de las bolas giratorias. A Farías lo llevaron para jugar billar, unas partidas por dinero, luego de una reunión previa en su departamento, sólo pizza, cerveza y marihuana, y escuchando los cinco discos de Serú Girán. Jugaron varios partidos de billar hasta que necesitaron “gasolina”, como decían, y entonces fueron a comprar cocaína en “El Cuartito”. El escenario estaba montado en un cuarto de cuatro por cinco, el proveedor, con cierto parecido a Aníbal, el jefe de la banda de la serie “Brigada A”, siempre estaba en el rincón más alejado de la puerta, tomando whisky berreta y sentado en una silla de colchones, ostentando su poder con una puta de ocasión, de esas que solían verse en las mesas de billar.
En “El Cuartito Blanco” Farías tomó cocaína por primera vez. Había llegado al lugar, primero, para acompañar a sus amigos, luego le gustó ver ciertos rituales del consumo, al rato lo tentó y luego le pusieron un canuto en su mano, invitándolo a terminar la línea blanca que estaba formada en un rincón de la mesa sobre un espejo de un metro cuadrado, descascarado en algunas partes y sucio, repleto de huellas de dedos. Farías imitó el ritual del canuto y el espejo y probó. Al tiempo, el ritual formó parte de su cotidianeidad.
En la villa se consigue lo que quieras, escuchaba decir desde que se había mudado a Bernal, en las esquinas del barrio, en los almacenes. Muebles, repuestos de autos, zapatillas y camperas, electrodomésticos, bicicletas, bandejas de discos, reproductoras de cassettes, cassettes y discos, motos de ocasión, ventanas y ventanales, drogas. En unas semanas, luego de haber probado por primera vez, Farías se había hecho un cliente frecuente.
Y mientras intentaba terminar de leer el artículo sobre el recital de Virus, titulado “Una epidemia con buenos resultados”, con la revista número 32 en su mano izquierda, doblada en dos partes, recordó que los pocos muebles que tenía fueron comprados en la villa. La silla donde estaba sentado, el modular de los discos, el televisor color que pasó a reemplazar al blanco y negro a botonera que le había regalado una vecina cuando recién había llegado a Buenos Aires, a los 20 años. Cada vez que había una oferta tenía un informante golpeándole la puerta. Esas compras las hizo antes de trabajar en el Correo, con los aguinaldos o algún mes que, de milagros, había logrado hacerse de un ahorro o una changa. Ahora había encargado a los proveedores de la villa un equipo de reproductora de cassette con ecualizadores. La villa tenía sus propios planes de pago.
La mesita donde estaba la máquina de escribir también la había comprado en la villa, aunque no el cesto de papeles color azul que había debajo, entre las tres patas largas, ahora vacío. Lo había robado del Correo, antes de renunciar, antes de ser corresponsal del conurbano sur de la provincia de Buenos Aires y crítico de algunos discos que en la redacción nadie quería escuchar o sobre los que nadie le interesaba escribir. En el frente, con letras blancas, decía Correo Argentino.
Farías aún no había podido leer un artículo entero, tal vez como resabios de la fiebre y los vómitos, menos energía podía tener para tomar cocaína, unos tiros para no olvidar el vicio, retomar el rito en una tarde que había sido soleada, tal vez demasiada soleada para descubrirla en cama y a las cinco de la tarde, el sol de julio con los últimos alientos. En su comedor, recién estrenada las ocho de la noche, no había encontrado ni un resto de luz, en su agujero interior no se notaba si era un día nublado o ideal para andar de paseo o tomar unos mates en cualquier plaza cercana.
La gripe le había cargado una pesada culpa de no poder reunir energías suficientes para terminar los artículos pendientes, uno la crítica del disco de Los Twist, el otro sobre la presentación de Hermiñio Iglesias en un acto político, por primera vez luego de la derrota electoral de 1983 como candidato a Gobernador. Duró una hora y media el acto. Era en la Sociedad de Fomento “Remolcador Guaraní”, en la esquina de República del Líbano y Heredia, en Gerli, en un rincón de Avellaneda que respiraba y que los frigoríficos y las vías del tren lo habían abandonado. Farías sabía como llegar, por su andar por el conurbano entre novias y alquileres temporarios, aunque, como solía repetir él, el conurbano nunca se termina de conocer. Bajó en la estación de trenes Gerli, bajó el puente hasta llegar a República del Líbano, era la próxima calle luego de Avenida Lacarra, y de ahí a su izquierda, como yendo para Avenida Mitre, unas diez cuadras. Llegó al acto dos horas antes de lo anunciado, la idea de la revista era describir cómo se armaba el escenario del regreso de Hermiñio. La puerta de entrada del club estaba cubierta por dos banderas armadas con bolsas de arpillera color blanca; en letras azules fuertes y desprolijas decía: Hermiñio Conducción. Las banderas cubrían los ladrillos de la fachada y parte del cartel de chapa que anunciaba al nombre del club.
Escuchó un diálogo en la puerta del local, de dos integrantes de la comisión del club, mientras merodeaba la zona advirtiendo los movimientos en la puerta, que le pareció digno de encabezar la nota:
“- Son desgraciados, grasas, ni siquiera respetaron el nombre del local.
- Mejor. Así no nos mandan al muere de que acá se hizo todo esto...”
Farías ingresó al club, al minuto de haber llegado, sin necesidad de credenciales y
menos aún de explicaciones. En el interior había dos hileras largas de mesas a los costados, pegadas a la pared, armadas con caballetes y tirantes anchos. El centro estaba vacío. En la puerta del club comenzaron a bajar damajuanas de vinos, dos hombres las llevaban al fondo, a un patio al aire libre, de piso mitad de tierra y mitad de material, atravesando una cancha de piso de mosaicos y techada con zinc, con las líneas blancas marcando los límites del fútbol cinco y las líneas amarillas marcando las reglamentaciones del básquet. El patio estaba ocupada por una parrilla de cinco metros de largo que exponía varias docenas de chorizos, dispersos, con el color rosa fresco como cuando recién se ponen a las brasas. Las damajuanas eran ordenadas debajo de una mesada que se extendía al lado de un piletón de dos canillas, ancho y profundo.
Farías siguió el camino trazado por los dos hombres que cargaban las damajuanas y descubrió el escenario. Asomó la cabeza al patio, una vez que uno de los hombres abandonó el patio en busca de otras dos damajuanas, y se topó con la primer mirada inquisidora, era la del propio asador, que dejó de acomodar brasas con una vara de metal larga que atravesaba toda la parte inferior de la parrilla, para clavarle sus ojos negros, un gesto austero, condenatorio.
Farías soltó un “buenas tardes” tímido, inseguro.
El hombre permaneció inmóvil, más hostil, demandando una respuesta, una explicación a la presencia de aquel muchacho que asomaba sus narices en un territorio ajeno, tan engorroso como desconocido. Farías simuló buscar a alguien, moviendo la cabeza hacia ambos lados; sólo halló damajuanas, chorizos y más chorizos, y la mirada del hombre que se clavó en su rostro, luego en sus espaldas cuando volver al interior del club, quedarse un rato en medio de la cancha sin estorbar a los hombres que aún seguían bajando damajuanas.
De frente al escenario, observó primero la bandera horizontal, paralela al piso de madera, que decía en letras azules: “Movimiento Nacional Justicialista”. Pegada a esa bandera, unos centímetros más abajo, había otra que decía “Hermiñio Conducción”. Y unos centímetros más abajo de ese último cartel, dos fotos grandes de Evita y Perón, ubicadas una pegada a la otra. Las fotos y los carteles tapaban el fondo que no parecía estar muy bien decorado. Al borde del escenario, se habían montado una tarima para el orador, con un micrófono de pie seguido de un largo cable negro que iba a parar a un cuartito que no se alcanzaba a divisar. Una escalerita de madera, de unos cinco peldaños, unía el piso del club con el escenario.
De un momento a otro los hombres de las damajuanas dejaron de hacer el caminito de hormiga entre la puerta de la sociedad de fomento y el patio del fondo para subir al escenario. Farías los tuvo enfrente por un rato. Uno de ellos comenzó a hacer movimientos con el cable, lo estiraba, luego enredaba una parte en torno al micrófono o lo soltaba para que cayera sobre la tarima, para luego volver a estirarlo. Hizo unos gestos a su colega, quien se perdió por una de las puertas que había detrás del escenario, visible sólo cuando se abría, hacia donde iba a parar el cable negro del micrófono.
Al rato el hombre del escenario golpeó con un dedo el micrófono para emitir sonido. “Hola, hola”, repetía, forzando la voz, dándole un espesor que no era natural. “Hola, hola”, volvía a golpear el micrófono con su dedo índice. Pareció conforme. Su compañero lo esperaba al borde de la escalera, con la mano derecha apoyada sobre el escenario y su cuerpo recostado hacia ese lado, su otra mano en jarra sobre la cintura.
Mientras los dos hombres se perdían en el fondo del escenario, por la puerta que se abría tan repentinamente como se cerraba, Farías decidió hacerse a un costado, arrimarse a una de las mesas ya preparadas, los caballetes y los tirantes estaban cubiertos por manteles que supieron ser blancos en tiempo remoto, vasos de plástico dispersos de manera desordenada. En esa mesa se habían distribuido cuatro fotos color de Hermiñio Iglesias, una cada dos o tres metros, apoyadas en un florero, en una piedra, o en un cenicero. La foto retrataba a Hermiñio desde la cintura, vestido de campera negra y una débil, incrédula, sonrisa. En la parte inferior, con letras celestes y blancas, sólo decía: Conducción.
Del otro lado de la sociedad de fomento las mesas estaban montadas de la misma manera. Los manteles, los caballetes y las fotos de Hermiñio Conducción.
Recorrió el interior del club sin personas alrededor, parecía que no faltaban detalles, sólo los chorizos a cargo del caradeperro. Y aprovechando la soledad, se metió, impune, una foto de Hermiñio Conducción en el bolsillo de la campera. Con la mano en su bolsillo derecho, acomodó la foto entre las hojas de la libreta que llevaba para sus anotaciones. Por las dudas.
En forma repentina ingresó al club un hombre de traje impecable, con pasos acelerados que en segundos cruzó en diagonal la cancha, con el tiempo medido para observar las mesas, echarle una mirada a Farías, supervisar el escenario, el micrófono y las banderas, la escalerita del costado, y certificar la limpieza del suelo. Se detuvo en la puerta que daba al patio y dio dos indicaciones al caradeperro. Suficiente. Se acomodó el nudo de la corbata, se pasó la mano por el rostro recién afeitado, varias veces y emprendió el camino de regreso.
Se volvió a detener al pasar frente a Farías. “¿Periodista?”, preguntó.
- Mucho gusto. Ezequiel Vega. De la comisión de Organización. ¿Medio?.
Farías le respondió y de inmediato sacó la credencial. El hombre no la miró. Le
estrechó la mano y antes de irse le advirtió:
- Cualquier cosa, me chistás. Estoy dando vueltas por acá. En una hora arranca un grupo folklórico de la zona. Y después, Hermiñio.
El hombre se perdió en la vereda del club, dobló hacia la izquierda y nunca más lo vio. Ni siquiera recordó habérselo cruzado durante el discurso de Hermiñio. Ni antes ni después.
Con todos esos elementos, detallados en su libreta, diálogos, descripciones, nombres, fragmentos del discurso, Farías debía escribir un artículo de dos páginas, que iría acompañada seguramente con una foto o una ilustración de Cachamay Bisso.
En el camino de regreso, una vez terminado el acto, se le había ocurrido el título de la nota, sentado en el tren, observando por la ventanilla esa otra cara del conurbano, con olor a riachuelo y con fábricas que iban mutilando su actividad, mes a mes, día a día. “El regreso de Hermiñio: El Marginal”, referencia de la película con Jean Paul Belmondo, una de las más vistas en lo que iba del año.
Sólo el título tenía. Había pensado en el inicio de la nota, describiendo la llegada de varios integrantes de la barra brava de Independiente, con una bandera larga que ocupaba parte del interior del club, toda roja, que decía “Hermiñio, el Rey de Copas”. La barra ingresó cantando la marcha peronista, a los gritos, manoteando jarras de vino de las mesas, llevándose gente por delante, incluyendo chicos que correteaban por los lugares vacíos de la cancha y a mujeres que buscaban a sus hijos para protegerlos. La gente los aplaudió recién cuando el conductor del acto, un hombre de traje y pantalón blancos, zapatos marrones y una peinada hacia atrás al ras, una sonrisa fragante y reincidente, levantó las manos y mostrando a todos el gesto que debían imitar, aplaudió repetidas veces, algunas frente al micrófono para que resuene en todo el club. Hermiñio aún no había aparecido.
Al rato de su llegada la barra se asentó justo donde un círculo ovalado y uno bien redondo indicaban el medio de la cancha de basquet y de fútbol, muy cerca del escenario, a los gritos, las jarras que iban de mano en mano. Terminaron la marcha y siguió una serie ininterrumpida de canciones vitoreando a Hermiñio. Eran profesionales. Jugaban al fanatismo y les salía. La gente compraba.
Con la imagen de la barra saltando y tomando vino de la jarra, Farías se reencontró con su departamento, con la revista doblada en dos, justo en la página 54, donde apareció su primer nota, se miró las zapatillas que descansaban en la otra silla, le pareció que debía lavarlas, una buena cepillada no vendría nada mal y de paso un cambio de cordones, a las medias tampoco les vendría nada mal una zurcida, se notaba algunas agujeros redondos que pronto, si no los cocía, se irían agrandando, aún conservaba un color verde, gastado, algo estirada de tantas lavadas y que indicaban su mala calidad. Mientras observaba sus pies recordó que en esa misma posición había estado durante casi un mes por un esguince del tobillo derecho, luego de un mal choque con el arquero en un partido de fútbol cinco, en una cancha muy parecida a la del club donde estuvo Hermiñio Iglesias, el choque fue fortuito, llegó muy justo a la pelota y cuando le salió a tapar no alcanzó a tocársela por el costado y tampoco logró afirmar el pie, que fue arrastrado por el peso del arquero. El dolor fue inmediato. Tuvo que permanecer diez días con yeso y una semana más con el pie en reposo, o al menos sin caminar seguido. En esa época Farías trabajaba en el Correo por lo que tuvo que pedir licencia. Engordó unos cuantos kilos, se la pasaba escuchando música y tomando cocaína. No tenía otra cosa que hacer, leía revistas, intentó terminar “En el Camino” de Jack Kerouac pero no pasó del cuarto capítulo. La novela se la había regalado una novia, de Burzaco, que había conocido en un recital de Pedro y Pablo, aunque a Farías no le gustaba demasiado el dúo, decidió ir aprovechando que tocaban en el Estadio Chico, a cinco cuadras de la estación de Quilmes, muy cerca del lugar que alquilaba en ese momento. Se vieron varias veces en lugares intermedios, compartían charlas sobre música, el trabajo de cada uno y el entusiasmo por la cocaína. Coincidió que en esos días Farías cumplió años y ella le regaló el libro, con una dedicatoria escueta, sencilla pero emotiva. Nunca terminó la novela, en parte por que no le atrajo, en parte por que la literatura no era de su mayor agrado, en parte por que los problemas de la clase media yanqui, como solía repetir él refiriéndose a algunas películas, nunca le interesaron.
Se levantó de la silla y fue a buscar el libro en su pequeña biblioteca. Lo sacó y se lo llevó a la mesa. Leyó la dedicatoria.

“Por las ganas de conocernos en cada charla, por las cervezas compartidas, por los bares recorridos. Vero. Diciembre del ‘83”.

Fue un mes, más o menos, el período en que se vieron. Y Farías, esa tarde, en la que la fiebre había bajado y que tenía por delante la tarea pendiente de escribir dos artículos, recordó su rostro. Tenía unos ojos aniñados, algo tristes, con pecas que le recorrían la cara y una sonrisa oculta pero fresca, también aniñada. Pocas veces hicieron el amor y fue en hoteles de Constitución, baratos y chicos, o en plazas oscuras de Buenos Aires, en las copas de los árboles, o en rincones sombríos, preparados para callar semejantes actos, en esos mismos lugares donde tomaban cocaína, agrupada en el hueco que se hace entre los dedos índice y gordo, en la parte exterior de la mano, acercando la nariz y aspirando con fuerza, aunque siempre algo quedaba en el hueco y terminaba desperdiciándose a pesar de los intentos por tomarla toda.
Nunca más la vio. ¿Qué diría de su nueva profesión? Periodista de una revista importante de Buenos Aires. ¿Habrá leído algún artículo suyo, ella, tan lectora, tan fanática de la generación Beat, de Kerouac y de Williams Burroughs, de esos poetas en busca de experiencias que evadieran el shopping y la casa de fin demana, tan preocupada ella por el posible aumento de sueldo? ¿Habrá comprobado que sin leer tanto se puede escribir? ¿Cuántos tendrían acceso a sus ideas, a sus propuestas? Ella, tan suelta de pensamientos, tan lectora, tan desenvuelta en la vida, tan sabia en los meollos de la angustia y la soledad y tan accidentalmente adicta a la cocaína como Farías, ¿quien le creía y quien la escuchaba, quien se había apropiado de sus dioses del ocaso?
La recordó en una mesa de un bar de Avellaneda, ceca de las diez de la noche, varias cervezas, una media pizza por terminar y luego cada uno se volvía a casa, ella en tren y él en el 22, fue su último encuentro, o uno de los últimos, el libro en medio de los dos, al costado de la tabla que sostenía la pizza, Farías que recién lo había empezado, los dos primeros capítulos, y ella que seguía con la idea de contarle el argumento.
“Te va a gustar” insistí ella, “te van a dar ganas de escribir, vas a querer escribir una novela, empezar algo así, el tipo te lleva a eso, leéla, vas a ver, es sencilla la cosa, es un tipo que se cansa de la sociedad, del consumo y de toda la mierda que lo rodea, y un buen día decide dejar todo, largar toda la mierda y viaja y viaja, sin saber adonde carajo ir, primero toma una carretera, y después otra, y después otra más y nunca sabe donde va, él viaja, así, como le pinta, no tiene un destino, y eso es lo bueno de la novela, porque no tiene un destino pero si un objetivo, irse, huir de la sociedad de consumo, de las marcas y los logos, del vil metal, para él, todo lo que lo rodea es una mierda y por eso se larga a buscar aventuras, sólo a eso, a dejarse llevar por el destino, por lo que le pinta a cada hora, en cada ruta, en cada bar que para, esa es la vida del tipo desde que se fuga de la ciudad, sorpresa, adrenalina pura, el tipo agita, no le importa el lugar donde esté, la cuestión es otra, es moverse con libertad, con total libertad, sentirse dueño de su destino, de su vida en realidad, sin relojes ni tarjetitas que marcar, es un nuevo mundo el que propone, lejos de lo que vivimos nosotros, después de leerla, te dan ganas de hacer lo mismo, vas a ver, de comprarte cinco ladrillos de marihuana, y de blanca otra una buena cantidad y rajarte, la pensé te digo, yo empezaría por la ruta, esa que va al sur, a Bahía Blanca creo, después que el destino me diga por donde sigo, que sea el viento que me indique el rumbo, como el de la novela, y la pensé y la pienso te digo más, agarrar todo y chau Buenos Aires, a rutear, porro, algo de música tranqui, y que me lleve el destino...”
Esa noche, en el bar, Farías concluía cuantas promesas incumplidas había escuchado, cuanto palabrerío inútil, sin destino, palabras que se caerían en un foso hueco, hacia el olvido, sabía que volvería a escuchar tamañas insensateces de parte de ella, jugar a ser algo que ni siquiera, por azar, se asemejaría. Farías no le dirigió la palabra, devoró en segundos una porción de pizza y la bajó con un largo trago de cerveza.
- Si harías lo mismo que el personaje, por qué ruta agarrarías? Digo para empezar. ¿La Ruta 2?, ¿la 36?.
Farías la miró con sorna, pícaro, buscando una broma que disimule lo ridículo con que concebía aquel dialogo.
- La Panamericana, por las putas...
- Que boludo que sos. ¿Por eso? Que poco vuelo, que poca imaginación.
Imaginate una ruta, hacer dedo, que la vida sea tuya, el destino sea vos mismo.
- Las putas son otro camino, cada una son un mundo, único...
- Raulí, pensá en lo que te digo, imaginate..
Raulí Farías no pensó más con ella, imaginó otras cuestiones, fue su último recuerdo
de esa noche y de ese dialogo.
En su comedor, reposando en la silla luego de su jornada completa en la cama, Farías la recordó en su trabajo, su uniforme de recepcionista de una empresa de turismo, tacos altos y pollerita azul a tono con la camisa, una camisa liviana y ajustada como para que resalten los pechos, maduros y sólidos, la voz cordial, los escapes al baño de la empresa para darse un tiro de vez en cuando, el piso alfombrado y las puertas de vidrio, los gerentes que pasaban por allí cada rato para controlar y de paso echarle una miradita a las piernas y a las tetas de las empleadas, gustoso de sus puestos. Farías se la imaginó, en el mismo momento en que él era redactor o periodista de una revista importante, con el uniforme cruzando la calle Florida, un más entre tantas recepcionistas, o tal vez ya no era recepcionista, tal vez se había logrado revolcarse con algún gerente o algún otro de alto cargo y había conseguido un ascenso, un puesto de secretaría, un sueldo mejor, un trabajo menos extenuante, más dinero para excesos, y para leer libros e imaginarse viajes irrealizables, mimetizándose con personajes incrédulos de ideas inalcanzables.
Farías se detuvo en eso de los personajes y recordó que uno de los que más le había gustado era Robinson Crusoe. Incluso de grande seguía obsesionado con ese personaje, un tipo que de casualidad fue a parar a una isla desolada y se las ingenió, sin nada, para sobrevivir. Para Farías, Tanguito o quien haya sido el autor de “La Balsa”, se había inspirado en esa novela, la idea de navegar, de irse sin rumbo fijo. Aunque, repasando lo que le había contado Verónica aquella noche, anticipándole la trama del libro que le había regalado, también se podría pensar en que el tema se había inspirado en la novela de Jack Kerovac. Nunca había leído nada sobre eso. Ocurrencias en una tarde solitaria, de licencia, con trabajo pendiente y demasiados pensamientos desordenados, satélites que solían descender de tanto en tanto y provocar confusiones que Farías no lograba disipar, todo lo contrario, lo metían en un sin fin de dudas, respuestas de preguntas igual de confusas.
Se quedó con la mirada perdida, olvidada en los tinglados de los techos, sin anclar en algún rincón fijo, divagando, de un lado hacia otro.
Al rato reaccionó y recordó que había pasado varias horas sin tomar al menos una bayaspirina. No era conveniente confiarse de la leve mejoría de su cuerpo. Parsimonioso, se levantó de la silla, tomó la pava y fue hacia la cocina. No tenía mucho trecho por recorrer. Le gustó ver la pileta limpia y despejada, los platos también limpios y sentir aroma a detergente. Renovó el agua que había en la pava y la puso al fuego. Entre los platos limpios, buscó una taza y una cucharita. De la heladera sacó medio limón que todavía conservaba algo de jugo para exprimir. De la repisa que había debajo de la mesada y la pileta, sacó el frasco de vidrio donde tenía los saquitos de té, entre los otros frascos que había juntado de las mermeladas una vez vacías y en donde guardaba condimentos para no mantenerlos en bolsitas de plástico.
Le faltaba la bayaspirina.
Fue a la habitación a buscar la tira. Al ingresar percibió un olor a humedad y a fiebre cansina. Observó las sábanas con manchas de transpiración, el cúmulo de frazadas encima, la almohada también transpirada, la ventanita que daba al patio que compartía con los otros dos vecinos, bien cerrada. Al pie de la cama se habían juntado una montaña de papel higiénico que usó como pañuelo descartable. Le causó repugnancia semejante escenario del que él había sido protagonista hacía un rato atrás y del que no había tomado conciencia durante casi un día y medio; el olor acumulado que se volvía agobiante ante la falta de luz, la mugre del papel higiénico, las sábanas que en unas horas volvería a usar, la mesita de luz con la tira de bayaspirinas- aún le quedaban cuatro-, la lámpara en el medio, una lapicera sin capuchón, color verde, sobre un número de “CantaRock”, lo que quedaba del rollo de papel higiénico. ¿Por qué recién ahora se espantaba ante ese escenario? ¿Cómo pudo vivir casi un día y medio sin limpiar un poco al menos, o sin higienizarse? Farías encontró la respuesta, la justificación, en la agonía que le generó la fiebre y los vómitos.
De inmediato abrió la ventana de la habitación, de par en par, asomando por la ventana, sacando la cabeza, observando un patio sin ruidos, oscuro, sucio como siempre, colillas de cigarrillos y paquetes de alfajores “Capitán del Espacio” en el piso. Cuando vio los paquetes de alfajores, vacíos, rotos por la mitad, le dieron ganas de comerse uno. Tenía dos gustos, de chocolate, con dulce de leche en su interior y de masa blanda, y el de dulce de leche, de esos que se caía todo el azúcar impalpable y cubría de blanco los labios y alrededor de la boca. Con un poco de coraje iría a comprarse uno, aprovechando que le había vuelto el hambre, un “Capitán del Espacio” de leche, de esos que comía durante sus tardes como vendedor de libros o cartero, a los pocos días que se había mudado a Quilmes conoció ese alfajor, exclusivo de la ciudad, en ningún otro lugar de la provincia de Buenos Aires lo había encontrado.
Regresó a la cocina al escuchar el silbido agudo de la pava, hirviendo hacía unos minutos. Volcó un poco de agua a la pileta, salió sólo burbujas y vapor hasta aparecer el primer chorro. Recién ahí llenó la taza. El saquito comenzó a flotar y el agua a tiznarse de marrón clarito hasta llegar, en segundos, a un marrón oscuro. Farías levantó el saquito del piolín, como un pescado entregado, lo retiró y lo puso en una taza chica, de vidrio, para volver a usarlo en su próxima dosis de bayaspirina, seguramente, antes de dormir y luego de la cena. Manoteó el frasco de miel que estaba encima de la heladera, le puso dos cucharas soperas y revolvió desde el fondo, varias veces. Tomó el medio limón, le sacó con un dedo las semillas que tenía en la superficie y lo exprimió, de cara a la taza. No pudo evitar que cayeran algunas semillas que estaban ocultas en el interior del limón. El color del té se aclaró, una mezcla de marrón clarito con algo de amarillo. Unas tres semillas flotaban y giraban, sacó una pero luego desertó de la idea de sacar las restantes. Llevó la taza a la mesa y volcó dos bayaspirinas. El color del té volvió a tiznarse, esta vez de un tono blanco no muy intenso. Se sentó, rígido, como cuando escribía sobre la Olivetti, la espalda erguida, las manos rodeando la taza. Se entretuvo observando como las bayaspirinas se disolvían en el té, se iban deshilachando y dispersando partículas blancas, hasta quedar reducidas a figuras diminutas, frágiles, a punto de desaparecer, sumergiéndose hacia el fondo de la taza. Las partículas blancas sobre el té le hicieron recordar a la cocaína, también dispersa sobre un espejo, o en una superficie sólida o sobre la mesa, partículas blancas respetando un sendero delgado.
Recordó que le quedaba unos 10 gramos, de la rica, de la que compraba al hombre que visitaba la redacción dos veces a la semana, al de la mirada cabizbaja, las manos siempre en movimiento, pantalones vaqueros gastados, remera con la cara de Gandhi, holgada y desteñida, pelo largo hasta los hombros, el límite que le podía crecer, sucio y deshilachado, “El Laucha” le decían, un hippie que había quedado rezagado de su época y que ahora deambulaba por el microcentro buscando compradores, intelectuales en busca de editoriales que den salida a sus escritos, músicos que descansaban sus energías en bares de la Avenida Corrientes, cineastas con un sin fin de proyectos, artistas exóticos que salían a exponer sus delirios en público; a cada uno de ellos sabía como hablarles y ganárselos como clientes cotidianos, buena cocaína, a domicilio, y sin correr riesgos. No era la misma que la de la villa, concluía Farías, cada vez que en el baño de la redacción se daba el primer tiro luego de una compra.
Pensando en la cocaína que tenía de reserva, sujetó la taza entre las dos manos y se tomó un sorbo largo que calentó, primero, la garganta, luego su estómago hasta que logró cambiar la temperatura de todo su cuerpo. Dejó la taza en la mesa sin apartar las dos manos. Esperó el segundo sorbo para disfrutar del calor que iba ganando terreno en su cuerpo, del gusto de miel y limón que se apoderaba de su garganta. Revolvió con la cuchara para que las partículas de las bayaspirinas no se depositen en el fondo y no se mezclen con la miel y las semillas de limón. Después se bebió el té en pocos tragos, echando las semillas de limón sobre la palma de su mano izquierda, juntándolas todas y dejándolas luego en la taza vacía, donde quedó la cuchara con restos de miel.


-II-

Con el dedo índice desplazó la parte rebelde hacia el sendero original donde estaba el resto, bien prolijo y respetando el camino blanco y angosto que se alargaba, algo extenso para ser el primero del día y luego de una jornada de fiebre y vómitos, aunque no por eso menos tentador. Tomó una tarjeta de Sacoa que le quedó de algún local de videojuegos de la Avenida Santa Fé, de las pocas veces que se entretuvo en esos lugares, en sus incursiones vagas por Buenos Aires, e hizo más delgada y a la vez más extensa la línea, custodiada por la tarjeta color roja y de letras blancas.
Sujetó el canuto y verificó que esté limpio, le echó un soplido al interior, se lo acomodó en la fosa derecha de la nariz, y en esa posición bajó hasta quedar a milímetros del sendero blanco; demoró para asegurarse que el canuto esté bien ubicado en su nariz, y así arremetió con un saque largo que se llevó al menos casi la mitad del sendero. Con el dedo índice se apretó la fosa nasal y volvió a aspirar en falso, para asegurar que la cocaína llegue hasta el fondo, que toda juntita se haya ido en buen camino. Volvió a tomar la tarjeta Sacoa y acomodó el sendero para que nada se desperdicie, la pasó paralela al surco como un cuchillo sin filo. Tomó el canuto y repitió el ritual. Esta vez fueron dos tiros, profundos, sin pausa, largos, que terminaron con el sendero. La cocaína estaba en su cuerpo. Era rica, sabrosa, con gusto. Todo dependía del corte, decían algunos, los más experimentados, los más adictos, y ésta parecía ser buena, más cara que la de la villa. La cocaína había desplazado el gusto a miel y limón que conservaba su garganta minutos antes de que dejara la taza vacía, con semillas en el fondo y la cuchara con gusto a miel en la pileta, limpia y con aroma de detergente, y un poco antes de que pusiera un disco de Baglietto que le gustaba mucho a pesar de que lo había escuchado infinidad de veces. “Tiempos Difíciles”, 1982, Sello Emi Odeón.

“Nunca nadie le ofreció motivos/ como para estar, como para hablar/
nunca nadie le ofreció su casa/para que no pasé solo navidad...”

Tema: Sobre la Cuerda Floja, de Fito Paéz, primer tema del Lado B. Ultimamente había comenzado los discos por los lados B, confirmó Farías, con la tapa del disco en la mano, observando la imitación de la foto de la película “El Pibe” de Chaplín que tenía como protagonista a Baglietto sentado en el umbral de una casa. Por ejemplo, hacía un rato pasó lo mismo con el de Los Talking Heads y con el de Charly García. Dio vuelta la tapa del disco de Baglietto y vio los rostros adolescentes de los rosarinos que supieron copar los teatros y sellos porteños, el de Rubén Goldín, Fito Paez, Silvina Garré, Sergio Saenz, Zappo Aguilera. Todos flacos, pelilargos, casualmente todos con rulos pronunciados, menos el de Zappo Aguilera, de pelo ondulado y barba en cadena que le caía cerca de la nuez de la garganta.
¿Cómo habían podido conquista la gran urbe en tan poco tiempo, con propuestas sencillas como buenas canciones y una voz protagónica aunque muy adolescente, cómo lograron seducir a ese monstruo que devoraba multitudes y escupía símiles por sus calles y bares principales? Farías se debía un viaje a Rosario, aunque pasó por el lugar más de una vez, viajando a las provincias fronterizas donde su madre vivió, en viajes que paraban hasta en pueblos donde sólo se veía un foquito de luz y unos tinglados como estación, pasajes baratos y micros de asientos angostos e incómodos cuando no rotos. A Rosario, desde las ventanillas de los micros, la veía siempre alegre, nunca supo por qué, las calles arboladas y con pasos ligeros de mujeres bonitas, con banderas rojinegras y azulgranas. Le hubiese gustado quedarse más de una vez cuando el micro se detenía allí, unos dos o tres días, recorrer los bares de Rosario tomando cerveza, dormitar al sol en el Parque Independencia, conocer disquerías, descubrir a los futuros Bagliettos que arribarán a Buenos Aires para conquistarla y no irse más.

“Se levantó temprano/ desayuno en silencio
miró el reloj que lo observaba tenso
Y en la cuerda floja volvió a pensarlo...”

Buenos Aires para todos era la gran bocacalle donde uno se podía perder o bien lucirse como un malabarista capaz de atraer con cualquier cosa que emprendiera. También para Farías. El problema de Farías es que aún no sabía que era o que quería ser, por momentos le parecía una suerte de malabarista rústico, con dotes de supervivencia particulares que le permitían pensar que supo seducir y brillar y seguía brillando y vislumbrando. ¿A quien? era la pregunta. ¿A los compañeros de la redacción? Ellos, intelectuales apropiados de sabios problemas, fundamentales e intensos, ¿Qué podrían encontrar en un pibe que llegaba al trabajo luego de un viaje de hora y media? ¿Qué podrían encontrar en un pibe que no superó los tres capítulos de “En el Camino”, de Kerouac, autor que había motivado varias charlas de café y artículos en la revista?
Para Farías, su padre era la pieza clave que explicaba ciertas escisiones entre su actual mundo laboral con lo que él pensaba de sí mismo, en esos términos él entendía por qué era reportero o periodista de una revista que se vendía por Buenos Aires, en la gran urbe, en la devoradora de particularidades y el escenario de la consagración, ensambles y partes de la gran ciudad.
Antes del contrato con la revista, Farías había escrito sólo unos poemas sueltos, breves, que habían surgido casi por casualidad, en bares sombríos de Buenos Aires mientras esperaba la hora del encuentro con una chica o la de una entrevista laboral o un recital, escritos en las partes blancas de folletos entregados en la calle, o en las publicidades de negocios que encontraba en las plazas de Quilmes. Podía citar tres poetas de los que leyó más de un libro: Raúl González Tuñón, Juan Gelman y Roque Dalton. De Roque Dalton supo todo después, que era salvadoreño, que fue asesinado en forma extraña, que escribió en pos de la revolución socialista, que empuñó un arma por la causa, cómo su padre, que también brindó todo por la causa, que resignó su comodidad laboral y su casa en Martinez para deambular por el conurbano bonaerense con nombre falso y con un arma entre la camisa y el pantalón, él, igual que Dalton, supo escribir panfletos, organizar publicaciones clandestinas convocando a huelgas, a la entrega firme y fiel al socialismo, redactó elogios y homenajes a compañeros caídos, a la ansiada Revolución de la isla, al Che, a los heroicos vietnamitas, al compañero Salvador Allende. Farías supo que cuando agarraron a su padre, antes de llegar a la frontera con Paraguay, en Clorinda, en la provincia de Formosa, llevaba, camuflado, envuelto en una revista “Siete Días”, un libro de Roque Dalton.

“No olvides nunca
que los menos fascistas
de entre los fascistas
también son
fascistas”.

Era el único poema que recordaba de memoria. Se había comprado “Poemas”, en “Liberarte”, uno de los pocos lugares donde se podía encontrar autores como Dalton, Ernesto Cardenal, Nicolás Guillén, Elvio Romero, los 37 poemas de Mao Tse-Tung, justo enfrente del Teatro General San Martín, un local siempre con gente, oficinistas que debían hacer tiempo, exiliados de regreso en busca de los libros prohibidos que debieron esconder o quemar en los patios traseros de las casas, periodistas en busca de novedades, extranjeros con ansias de explorar la literatura de izquierda del continente. Era una edición sencilla, cuidada y de buen gusto, Ediciones del Salvador, de portada color marrón, con un prólogo informado y completo, e ilustraciones de Roque Dalton en su interior.
También recordaba otro poema que decía algo como “En El Salvador la violencia no será tan sólo/ la partera de la historia./ Será también la mamá del niño-pueblo...” No le gustaba otro tipo de poemas, ni el surrealismo ni las metáforas laberínticas. Buscaba literatura llana, sin aristas líricas ni asperezas simbólicas. Le gustaban los poemas urbanos de Tuñón y los cuentos de Wimpi. “En El Camino” de Kerouac era su lectura inconclusa, sólo tres capítulos había logrado superar, a la que podía sumarse “El Lobo Estepario” de Herman Hesse, que aún descansaba, intacto, en la mesita de luz de su habitación, aunque la fiebre y los vómitos valían de excusa.
Se levantó de la mesa del comedor apoyando la mano izquierda en el respaldo de la silla, enderezó su cuerpo apenas afirmó los dos pies en el suelo, aspiró en falso para asentar la cocaína.
Le quedaba algo de cocaína en la cajita de cartón que había sido de las tabletas de chocolate “Toblerone”, relleno de almendras y pasas de uva, de forma triangular, unos siete centímetros de largo, en su interior, un envoltorio de papel de aluminio protegía la cocaína. Tal vez no iría a alcanzarle para el resto del día, aunque no quedaba mucho resto, eran las horas que más consumía, de madrugada, intercalando con algún cigarrillo de marihuana, tomando alcohol, cerveza casi siempre. La noche y su cuerpo aún frágil no recomendaban salir en busca de unos gramos, las recaídas solía ser más fuertes, aunque se sentía con ánimo y de hecho había vuelto a tomar cocaína, una buena dosis, el regreso no había sido moderado.
Cruzó el departamento, en diagonal, eludiendo dos sillas hasta llegar a la mesita de patas largas, donde dejaba la máquina de escribir. Apoyó las palmas de las manos sobre la mesa, aprovechando que no estaba la Olivetti, y fijó la atención en los dos estantes de madera que había encima, puestos por él con la perforadora que le había prestado el dueño de los tres departamentos, que vivía a la vuelta, sobre la calle Liniers, en un chalet de dos plantas, de buen gusto aunque evitando la ostentación. Los listones los había comprado en la maderera que estaba sobre la Avenida 9 de Julio, a tres cuadras de la estación, ya cortados y cepillados, Farías sólo los barnizó y los colocó en ese rincón de su departamento, a ojo, calculando unos treinta centímetros entre cada listón, con sus respectivas ménsulas, el espacio justo para ubicar los pocos libros que tenía, que no superaban los treinta, la mitad no los había leído, sobre todo las novelas. Con la atención puesta en el lomo de los libros, alistados en forma vertical, recorriendo nombres y autores, recordó que varios habían sido regalos de cumpleaños, otros de ex novias en momentos especiales de la relación, aniversarios, peleas, alejamientos. Otros los había leído de un tirón, en dos o tres tardes, o cinco o seis viajes entre micros y trenes, y los había vuelto a leer con la misma satisfacción, sin treguas y de corrido. Uno era “La Naranja Mecánica”, de Anthony Burgess, se lo habían recomendado por la película, unos amigos del barrio de Avellaneda, en el garage de la casa de uno de ellos, donde todas las tardes ensayaba un grupo que imitaba a Los Clash aunque ellos jamás lo admitían diciendo que era un punk latino o rock duro latinoamericanizado, en esas tardes que se volvían noche entre porros y cervezas y música a todo volumen, escuchó el nombre del libro cantidad de veces, y sobre todo la película, a todos les había impactado, la violencia, el personaje, la patota, la violación de la mujer del escritor. La película la fue a ver a un cine de trasnoche de la calle Lavalle, una sala chica, un segundo piso en donde los sábados y a esa hora daban films que habían estado prohibidos durante la dictadura militar, allí también vio “The Wall”, “All That Jazz”, “La Vida de Brian”, a la una y cuarto de la madrugada comenzaba la función, y media hora antes ya andaban los cinéfilos dando vueltas por la zona, con unos discos bajo el brazo o libros de saldo comprados en la Avenida Corrientes, librerías que tenían mas visitantes a esa hora que durante el día, Buenos Aires era, para Farías, una kermesse de personajes y espectáculos de los más variados colores y aromas, abierta las veinticuatro horas.
Tomó “La Naranja Mecánica”, ediciones Minotauro, traducción de Elvio Gandolfo, año 1982, 195 páginas. En la primer página, el lugar destinado a la dedicatoria, llevaba la etiqueta de la librería. “El Aleph”. Avenida Mitre 774, Avellaneda. La película no lo había entusiasmado tanto como el libro. Lo empezó en un viaje en la línea 100, sentado del lado de la ventanilla, camino al edificio de la calle Cerrito al 200, las oficinas de VCC, uno de los primeros servicios de cable que se había instalado en el país, aunque su clientela se concentraba en los barrios de Palermo y Belgrano, sus intenciones era extenderse por todo el país, “crecer aprovechando la clase media”, escuchaba decir Farías repetidas veces en los pasillos. Los otros capítulos los leyó en los baños del edificio, en las pausas del trabajo, esperando la orden de sus jefes para salir de inmediato a la calle con papeles y direcciones de bancos, oficinas, secretarías de ministerios, nombres de personas importantes. Trabajó sólo cuatro meses en esas oficinas y en ese lapso había leído la novela tres veces. Tiempo récord para Farías.
Otra novela que había leído era “Crónica de una Muerte Anunciada”, de García Márquez, una edición de Sudamericana que había comprado en la terminal de ómnibus de Rafaela, en Santa Fé, cuando iba hacia Paraguay, a visitar a su madre, luego de que avisaran que el micro tendría una hora de demora, más o menos, lo que tardarían en reparar un desperfecto en el motor, y fue así que salió a buscar algo para leer y en un local de revistas usadas, un local donde apenas podía entrar el hombre que atendía y dos mesas ocupadas de libros y de revistas. Compró la novela y se la puso a leer en uno de los bancos de la estación, frente a las plataformas de los micros. Y lo atrapó desde el primer párrafo.

“El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5:50 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo”.

Con ese comienzo no había forma de no continuar leyendo, pensó Farías frente a su escueta biblioteca, con el libro abierto en la primer página, las hojas amarillentas, ajeadas y algunas dobladas en su extremo, algo le había parecido destacable dedujo, la tapa llevaba una foto a color de un pueblo arrinconado de Colombia, el sol castigando con dureza, las casas de piedras, las calles, de tierra y sin veredas, eran senderos que conducía hacia otro lugar tan parecido o igual al que mostraba la foto, caminos que parecían siempre dirigidos al cielo, atajos al Dios propio que tenían esos pueblos.
Ubicó el libro en su lugar de origen, entre “Yonqui” de William Burroughs, y “Final del Juego” de Julio Cortázar, el libro de cuentos que todos le habían recomendado y que nunca había terminado de leer y del que siempre recordaba un relato en el que el hombre en una cabaña y recostado en su silla leía su propia muerte. No le había pasado lo mismo con la novela de William Burroughs, la había leído al menos dos veces. Al lado del libro de Cortázar estaban unos cuentos de Jaimes Joyce, “Dublineses”, no sabía de donde había salido ese libro o quien se lo había regalado. Lo tomó de la parte superior del lomo, lo abrió y no encontró ninguna pista. Ni dedicatoria ni etiquetas del lugar donde lo había comprado. Alguna compra por curiosidad tal vez. Sabía que se trataba del mismo autor de una novela enorme, de más 400 páginas, “Ulises”, en donde se contaba lo que hacía el personaje en un solo día, ¿qué podría tener de atractivo la vida de una persona para describirla en una novela tan larga?, concluía Farías, cómo se las ingeniaba el autor para lograr que tan extraño argumento se haya convertido en un clásico, en un libro del que todos hablan y que en la revista no se cansaban de citarlo, de escribir artículos sobre Joyce, el antes y después del “Ulises”, sobre su estructura narrativa, artículos escritos en su mayoría por Francisco Lezcano, el literato de “Latitud Sur”, palabra indiscutida en el tema, de anteojos tipo Lennon, bigotes tupidos que le cubrían el labio superior y que se inclinaban hacia ambos lados, formando una C boca abajo rodeando la boca, un cuerpo fláccido, delgado y de mediana estatura, evitando reírse como sinónimo de sobriedad, insinuando de que su mundo era único e impenetrable. A veces llegaba a la redacción con algún escritor nuevo, joven y con un libro recién editado bajo el brazo. Lezcano y Farías apenas si se cruzaban, nunca un intercambio de palabras; sí lo escuchaba hablar de literatura, de los diez nombres que deslizaba, Farías apenas sí llegaba a conocer uno o dos. Leídos, ninguno.
¿Qué podía decir Farías a la excelencia literaria de la redacción? ¿Qué “La Naranja Mecánica” era el mejor libro de la literatura universal? ¿Qué no había leído novela con mejor comienzo que “Crónica de una Muerte Anunciada”? ¿Qué los cuentos de Wimpi era mejor que los de Cortázar, la gran pérdida nacional, fallecido en París a principios de ese año?
Farías reflexionaba con “Dublineses” en su mano derecha, con dos dedos de la otra mano se rascaba el mentón y la poca barba que le había crecido en esos días de fiebre y vómitos, no podía determinar cómo había llegado ese ejemplar a su pequeña biblioteca, mientras recordaba a Lezcano en la redacción, su paso apurado y firme, su dialogo recortado con unos pocos elegidos, efímero y breve, su carterita negra y de cuero, colgando en su hombre izquierdo; nada podía interesarle de Farías, él, que los martes llegaba a la redacción con ganas de seguir hablando de los partidos del domingo. Sólo con Cachamay Bisso, el ilustrador, podía intercambiar opiniones sobre los partidos del fin de semana, tipo sencillo y simpático, siempre de buen humor, hincha de San Lorenzo, del barrio de Boedo, a tres cuadras de donde hacía un tiempo atrás habían levantado un supermercado, de origen francés decían, el primero de ese tamaño, “justo en ese lugar lo fueron hacer” solía lamentarse Cachamay, refiriéndose a la tragedia de ser hincha de un club sin cancha. En algún cajón del modular o de su mesita de luz Farías guardaba un dibujo de René Houseman que le había regalado Cachamay en una pausa del trabajo, en esos intervalos que surgían en la redacción ocupados en diálogos efímeros, las máquinas de escribir descansando, algunos elegían salir a dar un paseo o comprar unos libros en los locales de la zona, otros a darse unos tiros de cocaína en el baño, o fumar marihuana en la terraza del edificio, sólo las ropas del portero aparecían colgadas de vez en cuando, después la terraza presentaba un pasaje desolador, tres o cuatro antenas de televisor, de los pocos departamentos habitados durante el día, en su mayoría se trataba de oficinas con horarios comerciales. En uno de esos intervalos, subido a la silla alta que lo acercaba al tablero de dibujo, con el cuerpo recostado hacia la izquierda, Cachamay Bisso, garabateando con el lápiz sobre una hoja tamaño oficio, mientras seguía atento la conversación con Farías, hizo el dibujo de Houseman. Farías lo descubrió cuando Cachamay le terminó unas alas chicas en los botines, algo distanciado del césped, en ese momento prestó mayor atención al resto del dibujo, el cuerpo frágil, como a punto de quebrarse por el viento, siempre bordeando la línea de cal de la cancha, las manos como palomas encogidas, sacando la lengua y atento a la pelota que punteaba, sutil, con el pie derecho, el globito de Huracán en la parte superior izquierda de la camiseta. Firmó el dibujo a un costado y se lo regaló. “El último jugador que tuvieron en serio”, le dijo, con una sonrisa, enrollando la hoja, entregándosela en mano, siempre sonriente.
Lo hizo en un resto de tiempo, en un vuelto que le quedaba en la redacción, antes de que la orden de alguno de los editores les encomendara tareas. Lo de Cachamay era mucho más que la vocación y el esmero, era la capacidad de despachar ideas en un lapso diminuto, de jugar con talento en lo más cotidiano, sin una gota de sudor.
Farías continuaba frente a su biblioteca, conservaba el ejemplar de “Dublineses” en la mano derecha y la actitud tumultuosa de toda la tarde y que la noche no había apaciguado, recordando la anécdota y la forma en que Cachamay había hecho el dibujo, no podía evitar la comparación, los minutos que se le patinaban a Farías cuando apenas debía comenzar un artículo. Las veces que veía como sus dedos caminaban por las teclas de la Olivetti, en su comedor, o en las máquinas eléctricas de la redacción sin poder armar la idea, caminaban por la A, la S, la D, la F, bajaban y recorrían la Z, la X, la C, la V, sin apretar, cómo para tomar conciencia de que existían y que debían ser usadas. En su departamento tenía la fiel excusa de los ruidos de la familia de al lado, de los niños agolpándose en algún rincón de su casa, del padre que atinaba a gritarles, la madre que reprendía la actitud de su esposo y que también elegía gritarle a los chicos, cuando no pegarles.
En su reincorporación al trabajo debía llevar dos artículos y de uno de ellos, el regreso de Hermiñio a la política, todavía no había escrito una sola línea. La fiebre y los vómitos eran la excusa que tenía a mano. Una tarde, cuando Farías y Cachamay coincidieron en el horario de salida, transitaron un tramo de la calle Cangallo, cruzaron juntos la avenida Callao, eran las siete de la tarde y los locales de música de la zona estaban repletos respondiendo consultas de precios, marcas, a unas cuadras del Teatro General San Martín, las librerías recibían a los oficinistas y cadetes en busca de ofertas de usados, coleccionistas buscando tesoros preciados en filas de ejemplares de páginas amarillas. Cruzaron ese paraje de la ciudad algo indiferentes, entretenidos, hasta que encontraron un bar que les agradó, tranquilo y con poca gente aunque por sus ventanales estaba comunicado con el mundo porteño, quedaba en la esquina de Sarmiento y Rodriguez Peña, donde siguieron la charla, en medio de encuentros de parejas, un solitario que hacia la pausa para llegar al horario del cine. Pidieron una cerveza en una mesa que daba a la vereda de Rodriguez Peña, por donde veían pasar la línea de colectivo 60 que venía de la Avenida Corrientes, repletos, los brazos de las personas colgados de las barandas paralelas al techo, las miradas cansadas y cabizbajas, esperando el arribo a Constitución para empalmar con el último viaje hasta llegar a sus casas. Farías conocía esas caras, ese agobio porteño al fin de la tarde.
Las cervezas que compartieron aquella tarde, las charlas en los intervalos de la redacción, el dibujo de René Houseman, le dieron a Farías la confianza suficiente para hacerle la pregunta que venía reteniendo cada vez que lo veía dibujar, con la más paciente soltura, un talento sin necesidad de ostentar; y con la cuarta cerveza, luego de contemplar las caderas de una secretaría de oficina como las que abundaban a esa hora y por esas calles, con andar presuroso, algo saturadas de calzar el traje de buena presencia, Farías le preguntó, primero donde había estudiado dibujo, donde había adquirido la plasticidad que él tanto admiraba, quien le había transmitido la vocación.
Cachamay Bisso le respondió que había hecho un curso de dibujo en un taller de Lomas de Zamora, organizado por la Municipalidad, que de chico siempre le gustó hacer garabatos en los espacios de papeles que veía en su casa, que copiaba las caricaturas de los diarios, que en su habitación tenía una plancha de corcho, en una parte de la pared, donde pegaba sus dibujos de sus héroes y sus imitaciones. Cachamay hizo un lugar en la mesa, arrinconó los platitos vacíos de maníes y papas fritas contra la botella de cerveza- aún le quedaba la mitad- sacó de su mochila unos papeles y puso un dibujo de un linyera, de ropas andrajosas y holgadas, barba crecida hasta el pecho, los ojos chispeantes, chiquitos, contentos, un sombrero tipo Napoleón cruzando su cabeza. El linyera estaba sentado sobre un barquito hecho de papel diario, con las piernas cruzadas. Debajo del barquito llevaba la firma de Cachamay, con lápiz negro.
“Potencia Gómez” se llamaba, le aclaró Cachamay Bisso, era un linyera del barrio que aparecía en todos lados y a cualquier hora, muchos decían que había más de uno, continuó explicando. El dibujo había sido premiado en un concurso de dibujo de la Municipalidad de Lomas de Zamora, elegido en forma unánime, cuando Cachamay Bisso tenía sólo quince años.
Con la quinta cerveza Farías largó su última pregunta, demasiado obvia, inútil, una pregunta que iba dirigida hacia él, que se la formulaba todos los días o al menos los días que iba a la redacción, las veces que debía escribir un artículo y que necesitaba reunir voluntad como quien está obligado a realizar algo por la simple cuestión de cumplir con un trabajo.
- Entonces...¿te gusta lo que haces?-
Cachamay Bisso le respondió que durante sus tardes libres se la pasaba haciendo historietas, armaba y desarmaba comienzos, proyectaba y ubicaba a sus personajes en el Buenos Aires de esos años, le confesó que tenía una idea y que necesitaba un guionista, que si Farías se animaba podían continuar juntos el proyecto. Farías le sonrió, tomó un trago de cerveza, largo, hundiéndose en otras ideas, mirando hacia la calle, más y más 60 repletos, eludiendo la respuesta.
Farías se distanció de aquella charla en el bar, dejó el ejemplar de “Dublineses” en la biblioteca, olvidándose qué lugar ocupaba antes, tampoco había demasiadas posibilidades de extraviarlo. Lo abandonó entre “Cuentos de la Selva” y “Cuentos de Amor, de Locura y de Muerte”, de Horacio Quiroga. Cuando vio los libros de Quiroga recordó que fue su única lectura en sus días en el Paraguay, cuando visitaba a su madre, en esas tardes que se consumían entre siestas y bajo los árboles, su cuerpo hundido en las sombras, su madre deambulando por el infinito patio de la casa, regando la tierra para refrescar el lugar, o cocinando en el horno de barro, preparando la cena, siempre abundante, o tomando tereré, sola, divagando en sus pensamientos.
Recordó otra vez a Cachamay Bisso y el dibujo del linyera, el de René Houseman, los otros, los que comenzaban como garabatos sin destino y que terminaban en rostros de gestos agudos, originales, detalles que se perdían en la observación cotidiana y que él sabiamente los rescataba. Con las manos en los bolsillos de su vaquero, algo resignado de encontrar un libro de interés en su biblioteca, en la misma posición que hacía un rato, sin moverse casi, recordó que nunca le había contestado a la propuesta que le hizo Cachamay Bisso aquella tarde en el bar de Rodriguez Peña y Cangallo. Recordó también que Cachamay nunca más le había insistido.


-III-

“Boca, la euforia del fútbol, las patotas, “los plateístas” y “los hinchas” de la popular proyectan sus fervores desde una historia de desbordes, marginamiento y exilio interior, protagonizada por los tres primos tucumanos que han recalado en Villa Iapi, junto a tíos raros y tías promiscuas. A un mismo tiempo, esta novela entraña una metáfora de la historia argentina más reciente. Sin dogmatismos pero también sin tapujos, encarnizada, dramáticamente, esta escritura hunde sus raíces en el meollo mismo de los graves conflictos que golpearon el cuerpo social del país. En definitiva, nos hallamos ante una extraordinaria novela política”.

La contratapa de “La calle de los caballos muertos”, de Jorge Asís, estaba apoyada en la mesa del comedor, entre la máquina de escribir y los papeles tamaño carta que había traído de la mesita de patas largas como una forma de presionar y escribir el artículo pendiente, los artículos pendientes, pero la novela de Jorge Asís, ubicada boca abajo, la había sacado de su biblioteca, al principio, para leer algunos de sus pasajes, de esos que lo habían entretenido, los mismos que hablaban de un Bernal de antaño, algunos escenarios del libro eran lugares que él conocía, la calle donde tiraban los caballos muertos por ejemplo, su tía abuela vivía a tres cuadras, chaqueña e hija de indios, siempre le contaba de los olores nauseabundos que despedían esos terrenos, una adversidad a la que se le sumaba el desborde del arroyo Las Piedras luego de lluvias intensas a lo que le seguía el abandono obligado del barrio, iban a parar entonces al cuartel de los Bomberos Voluntarios o a casa de algún pariente. El libro le había gustado a Farías, obviando recomendaciones y buenas críticas de suplementos culturales, y sobre todo le había interesado la forma en que retrataba el conurbano, esos sitios y rincones que conocían sólo los que pisaron esos lugares, entre colectivos destartalados, conglomerados de pobreza, frecuentes inundaciones, fábricas que se volvían galpones de maquinarias oxidadas y de ratas, sitios residuales de las grandes urbes, aunque esa noche, luego de un día y medio en cama, la contratapa del libro iba a ser usada para formar dos senderos cortos de cocaína, distanciados dos centímetros entre uno y otro, los acababa de emparejar con la tarjeta Sacoa, en distancia y ancho, minucioso y ordenado, el último párrafo de la contratapa que hacía un rato había leído Farías estaba eclipsada por la cocaína. Dejó la tarjeta a un costado del libro y con el canuto de plástico en su mano derecha, fue acercándose a la contratapa de “La calle de los caballos muertos”, cada vez más cerca de las letras negras y del fondo marrón clarito, del otro texto más abajo y del rostro de Jorge Asís, un auténtico galán de una película de Torres Nilson, a medida que se arrimaba al primer sendero de cocaína iba acercando el orificio de la nariz al canuto, el derecho, para barrer, en una hora y por segunda vez en el día, con la abstinencia, no había sentido malestares físicos ni dolores de cabeza.
Se consumió la cocaína preparada en dos tiros, profundos y veloces. Despejó la contratapa otra vez.

“Jorge Asís (Avellaneda, 1946) ha publicado once libros incluyendo sus siete novelas. Flores robadas en los jardines de Quilmes abrió el ciclo narrativo de “Canguros” cuyo mejor exponente para numerosos críticos y lectores es La calle de los caballos muertos, reeditada ahora en la colección Omnibus”.

Leyó Farías, mientras se acomodaba la cocaína en sus narices, parte del ritual, aspirando en falso, primero a un lado, luego el otro. Alzó la mirada y vio casi lo mismo que había visto hacía un rato, las dos repisas que hacían de biblioteca, la mesita de las tres patas largas sin la máquina de escribir, un pequeño giro de la mirada y en lo alto de la pared que separaba el comedor de la habitación, una ventanita de una hoja rectangular que en verano dejaba algo de fresco, poco para el calor sofocante del departamento, debajo de la ventanita y a un costado del mueble de caña, un afiche de “Brazil”, película que vio y que nunca logró entenderlo, lo vio fumado, por recomendación, y tampoco lo entendió, “es futurista”, le habían dicho, “así serán las ciudades en unos años”, escuchaba decir. Continuando la mirada por esa pared aparecía el mueble de caña y el modular con la bandeja y los discos, todos guardados y ordenados en las repisas de abajo, ocultos detrás de dos puertas. Girando el rostro, lo que antes se encontraba a su espalda, estaba la puerta de su habitación, cerrada para que el viento que ingresaba por la ventana que daba al patio interno compartido no dispersara papeles del comedor.
Se quedó unos minutos moviendo en forma pendular la cabeza, como quien se intenta desatar contracturas del cuello, perdiendo la atención al paisaje que lo rodeaba, repitió el movimiento varias veces, sin alterar el radio, las puntas de los dedos apoyadas en el borde la mesa, formando un puente entre la mesa y su cuerpo, a unos centímetros había quedado el canuto, la papela vacía, la contratapa del libro, los dos textos y el rostro de galán de película de Torres Nilson, la tarjeta Sacoa al lado, los papeles tamaño carta en blanco. Le faltaba música al escenario, pensó Farías, rock, algo que acompañe el ritmo que la cocaína le había puesto a la noche, vértigo, guitarras y música alta.
Se dirigió al mueble de los discos y en cuclillas se puso a buscar algún grupo que aporte al clima requerido. Los discos que iba seleccionando los ubicaba parados, a un costado de la bandeja, en la parte superior del mueble. Sacó “Wadu-Wadu”, de Virus, “Los Abuelos de la Nada”, “Abbey Road” de Los Beatles, “Hotel Calamaro”, el primero de Andrés Calamaro, que aún no había escuchado lo suficiente par determinar si le gustaba o no, sabía que era el tecladista y compositor de grandes temas de Los Abuelos de la Nada, que tenía un corte de pelo como el de los Soda Stereo, al ras los parietales y pelo amontonado arriba, como Abbott, el del Gordo y el Flaco, pero con permanente. Se quedó mirando la contratapa donde estaban las letras y la ficha técnica.

LADO A- 1. FABIO ZERPA TIENE RAZON. 2. LA VI COMPRANDOSE UN SOSTEN. 3. RADIO-ACTIVIDAD RADIAL. 4. DETENIDA. 5. BIENVENIDOS AL HOTEL. 6. NO ME PIDAS QUE NO SEA UN INCOSCIENTE.
LADO B. 1. AMOR IRANI. 2. PERDERIA EL CORAZON. 3. MIRO POR LA VENTANA. 4. OTRO AMOR EN AVELLANEDA. 5. POLVO AMERICANO.

Recordaba el tema “Detenida”, un rockabilly musical con letra irónica, al estilo del grupo Casanovas, una banda que imitaba la estética y el ritmo del rock de los ’50, vestidos con trajes y corbatas, instrumentos con la estética de la época, incluyendo un contrabajo tocado con los dedos, Farías los fue a ver alguna que otra vez, tocaban en lugares del under porteño, en teatros y pubs donde no entraban más de 300 personas, aunque el prestigio que tenía la banda parecía que en cualquier momento saltarían al gran escenario y sin embargo continuaban en los mismos lugares, idéntico público y grabando demos para ser difundidos en medios gráficos y radios alternativas.
Farías se puso de pie, abrió la tapa de la bandeja, sacó con cuidado el disco de Calamaro, lado A, ubicó con un pulso dudoso la púa a la altura del surco tres. Activó la palanca y la púa fue descendiendo, mecánicamente, en el lugar indicado. Cayó en el ruido vacío, antes de comenzar el tema. Farías esperó y tomó otra vez la tapa del disco leyendo el dorso.

“Yo tengo una novia que no se puede creer
la llaman detenida y me pone en situación comprometida
vive fuera de la ley
si la viera caminando por la calle la querría detener
usted también..”.

Farías se quedó al lado de la bandeja, parado, leyendo una letra que en los otros dos párrafos ya la había saturado. Le gustaba la música, la forma que cantaba Calamaro, aunque los arreglos de teclados le parecía algo sobrecargados, Farías se preguntaba una y otra vez por la letra, el motivo, el sentido.

“Yo se lo pido sargento, se lo pido sargento
no la aleje de mí!”

Alguien, un amigo con quien compartía la música y que no recordaba quien era, le había advertido que no relacionara todas las letras con las drogas pero Farías no podía deducir otra cosa que una alusión, implícita, enmascarada, de la droga, cocaína sobre todo, la droga que había agitado el comienzo de la década. Farías, en la misma posición, parado, la mirada metida entre las letras del disco, sostenido con la punta de sus dedos, la cabeza gacha, lejos del paisaje que lo rodeaba, de la máquina de escribir, de la cocaína, de los artículos pendientes, de los datos recogidos en la libreta de espirales sobre la aparición de Hermiñio Iglesias en la política, sin fiebre y vómitos, ahora ensimismado, buscando sentidos a una letra, iniciando sendas confusas, conclusiones dudosas.
El tema había terminado pero Farías, empecinando, abrió la tapa de la bandeja, afirmando el pulso de su mano derecha, puso otra vez en el tercer surco para volver a escuchar el tema. Bajó la tapa y retomó la anterior posición. Leyó los músicos que habían participado en el tema.
Fabiana Cantilo: voz.
Charly Garcia: Guitarra Eléctrica, coro.
Pablo Guyot: Guitarra Eléctrica.
David Lebón: Guitarra Eléctrica (solo).
Willy Iturri: Batería.
Alfredo Toth: Bajo.
Andrés: Canto, piano.
Tantos músicos para letra tan floja, pensó Farías, un muestreo de capacidades individuales para decir tan poca cosa. ¿Qué los forzó a semejante despilfarro de talento? ¿Qué influyó para que el mentado encuentro de músicos concluya en esta composición? Alguien le había explicado, o tal vez lo escuchó en alguna mesa de café, que era la década que permitía tales incongruencias, que los ’80 tenía un límite, un techo de creación y talento y que muy pocos podrían mostrar algo interesante más allá de ese techo. La década era un matadero de buenas intenciones e ideas originales, conjeturaba Farías, a veces, escéptico, turbio, convulsionado. Otras veces pensaba que era la década de la apertura, de las ideas nuevas que, sin tomar demasiada distancia de los años anteriores a la dictadura militar, se proponía una etapa inaugural, con la democracia como telón de fondo e incentivo para las nuevas generaciones, interesados en eludir la zozobra de los años ’60 y ’70 que implicaron la lucha por el cambio social.
¿Qué lugar ocupaba Farías en ese cruce de caminos, en esas vertientes tumultuosas y grises para quien le costaba asumirse como parte de un proyecto colectivo, aunque más no sea de una minoría de la sociedad? ¿Que eran los ’80 para él? Farías supo de los ’80, de la joven democracia, de la variedad y origen de los partidos políticos cuando regresó a Buenos Aires, ya adolescente, a mediados de 1982, apenas había terminado la guerra de Malvinas, acá supo de la multipartidaria, de Oscar Alende, de Italo Luder, de Augusto Conte, de Antonio Cafiero, de Estévez Boero, de Raúl Alfonsín, de Herminio Iglesias también, y de la Democracia Cristiana, del Partido Intransigente, de la Ucedé, de los Centros de Estudiantes y las Madres de Plaza de Mayo. En el Paraguay se sabía poco y nada de Argentina. En el Paraguay no se hacía preguntas sobre los ’80, sobre la influencia del rock nacional luego de la guerra de Malvinas, no llegaban las demandas por la libertad a los presos políticos, por el juicio y castigo a los culpables, la aparición con vida, o el “luche que se van”. Farías se enteró de los organismos de derechos humanos cuando llegó a Buenos Aires, leyendo en las revistas que se animaban a publicar reportajes a Adolfo Pérez Esquivel, a Hebe de Bonafini, a parientes de desaparecidos, a exiliados, a ex detenidos que salvaron su vida por el mismo azar o por los vericuetos benignos que tenía la burocracia.
En Buenos Aires Farías conoció el rock and roll del under, los teatros oscuros y en subsuelos, con olor a marihuana y humedad, probó de hacer el amor en rincones y pasillos clandestinos con mujeres que luego ni el rostro recordaría, escuchó el chamamé de León Gieco, supo recorrer parte del conurbano echando mano a una guía Filcar de infinitos planos, supo de líneas de colectivo y sus respectivos ramales, supo de los bares porteños repletos de intelectuales con anteojos tipo Woody Allen, de mujeres con pose de trasnochadas y con muchos colores negros encima, conoció la cerveza de ¾, conoció la cocaína, la papela y el tiro, tuvo su primer máquina de escribir, comenzó a formar su primera colección de discos, en menos de dos años más de cien discos, hasta hacía un mes llegaba a los 113, lo entretenía registrar los discos y los cassettes en un cuaderno Laprida, de tapa dura con una foto pegada con cinta de Rod Stewart con la estética de los ’70, la de sus primeros álbunes solistas, flaco, la nariz y el pelo de siempre, ropa liviana y suelta y echando hacia delante su cuerpo como encarando al viento. En Buenos Aires debió mantener el orden en una habitación, acomodar discos y cassettes, sus pocas ropas, la máquina de escribir, los pocos muebles, la cama de una plaza, los utensilios de cocina, conservar la limpieza, indispensable, acostumbrarse a la cocina a garrafa y no a los hornos de barro o a leña, también padeció el sinsabor de pasar una noche en una comisaria por portación de sustancias prohibidas, o ir al trabajo sin dormir y saber recuperarse de inmediato con dos o tres tiros y convertir esa excepción en una rutina, un día que podía extenderse a dos o tres días, gracias a la cocaína. Farías conocía eso de ir sin dormir a repartir cartas y catálogos de libros en los barrios de Quilmes, usar los intervalos en las plazas para dormitar un rato, dejando la bicicleta a un costado, aferrando el bolsito entre sus manos y tirarse boca arriba, escuchando voces cada vez más difusas, a los pies de un árbol, para luego recuperarse y completar el recorrido. La cocaína fue lo que encontró más a mano para no desperdiciar las salidas durante la semana y a la vez no faltar al trabajo. Al principio fue una alternativa o una necesidad hasta que se convirtió en su compañía diaria, imitando rituales, respetando precios, usando términos de la jerga, catando la calidad y los malos cortes que le hacían, aprendió a tratar con vendedores y adictos compulsivos, con pibes más jóvenes que él que robaban pasa-cassettes de autos en los barrios adinerados de Buenos Aires y Quilmes por unos tiros de pésima calidad, el primer eslabón de un comercio que tenía su punto final en los locales de la calle Libertad, a un costado del obelisco. También conoció la marihuana, la yerba, no como una necesidad sino como la forma de compartir momentos en algunos grupos, otro ritual, que también lo aprendió, el papel de armar, picar la yerba en partículas lo más chicas posibles y una vez echada en el papel de armar, doblarlo como un cilindro y luego pegarlo, quitar una parte de atrás con los dientes para que tire mejor, una vez prendido retener el humo en la boca, y luego largarlo, inclinando la boca hacia arriba, como la pausa, como sus siestas en la plazas quilmeñas.
De esa manera Farías conoció Buenos Aires, confundido, un andar trémulo, sin debates previos, un devenir al que concibió como el destino, jugando a no saber que hacer ni la noche siguiente, ni el mes siguiente, sabiendo de trabajos temporarios, poco satisfactorios, de amigos de una noche, de novias de períodos cortos o de un día, yendo a un recital y luego de terminado elegir en el momento donde continuar la noche, en cualquier ciudad, con amigos provisorios, en otros bares o en sucuchos con olor a vino berreta y marihuana, escondidos de la policía, de los vecinos, escapando a la luz del día.
El paso del tiempo lo condujo otra vez a Buenos Aires, luego de una estadía en el Paraguay, un poco más de tres años, y otros dos años entre Corrientes y Chaco, y cuando volvió a la gran urbe tomó conciencia del cambio, de sus efectos, de sus huellas, las temporarias y las irreversibles, “comienza otra década a todo motor”, había escuchado en un disco de reciente aparición que acumulaba elogios, el primero de Fito Paez, un rosarino que componía excelentes canciones para otro rosarino, Juan Carlos Baglietto. Deambulando por las ciudades del sur de Buenos Aires, entre lecturas de revistas y recitales, le entretenía comparar el rock de los ’70 y el de la década que había comenzado con Malvinas, supo hilar puentes entre la política y la música, atendió a los cambios que tenían los cabellos de los jóvenes de su edad, los colores de las ropas, las formas de hablar de las chicas, las series argentinas de televisión, las bienvenidas a los exiliados, las películas que se estrenaban y que habían sido prohibidas durante casi una década, leyó letras de denuncia, otras que aún seguía escuchando sin hallarles sentido.

“Y si escribo otra estúpida canción (de amor)
Y si me gusta y le pongo melodía
Si te digo que es por vos que me salía
No es mentira aunque miento fácilmente...”

La luz del comedor seguía siendo opaca. No le importaba. Se había terminado el lado A del primer disco de Calamaro. Eran muchos los grupos y solistas que habían salido con su primer disco ese año, y eso que recién era fines de julio, quedaba un buen tramo para culminar 1984, concluyó Farías, hurgando en su memoria, buscando datos, nombres, años, un juego que también aprendió en Buenos Aires: la colección.
Fito Paez. “Del 63”. Andrés Calamaro, “Hotel Calamaro”. Emilio del Guercio, “Pintada”. Los Violadores, “Los Violadores”. Adrián Abonizio, “Adrián Abonizio”. María José Cantilo, “María José Cantilo”. Babú Cerviño, “Babú Cerviño”. GIT, “GIT”. Los Enanitos Verdes, “Los Enanitos Verdes”. Los Helicópteros, “Los Helicópteros”. Soda Stereo, “Soda Stereo”. Viudas e Hijas de Roque Enroll, “Viudas e Hijas de Roque Enroll”.
Puso el lado A desde su inicio.

“Fabio Zerpa tiene razón
hay marcianos entre la gente
no sé qué quieren ni de donde son
ni qué hacen aquí en la tierra
pero de algo estoy seguro
que están copando el mundo a traición...”

En el Paraguay abundaban las leyendas e historias de duendes escondidos en las selvas y salidos de los ríos, de maleficios y personas sanadoras pero nunca supo de objetos voladores ni de extraterrestres ni de marcianos.
Parado al lado de la bandeja, con su mano derecha tapaba su boca, en gesto de estar pensando, con la izquierda sostenía el codo del otro brazo. ¿Era Fabio Zerpa alguien para dedicarle un tema?, pensaba Farías, ¿se justificaba tanto sensacionalismo barato para escribir una letra que encabezaba el primer disco de un músico? Le parecía osado, un riesgo al que Farías jamás se animaría, la ironía, el despecho de contar con tanta soltura una cotidianeidad mediática.
Más de una vez imaginó qué podría escribir él, si tuviese la oportunidad, y la voluntad, de publicar una novela o un relato. Por eso le gustaba la novela de Jorge Asís, relataba cosas que a Farías le había pasado, las canchas de fútbol, Bernal y Villa Domínico, el vecindario los domingos a la tarde, las habladurías de la gente del interior, la promiscuidad y el folklore.
Tal vez, deducía Farías, entre los temas de Calamaro que se repetían, que la mejor literatura era la que lograba entretener contando lo vivido, la experiencia como trama, pensaba Frías, hundiéndose en otro laberinto, tan asfixiante como los anteriores, preguntándose que tenia él para contar, a quien podía interesar lo que le sucedió y le sucedía a un muchacho al que solo le interesó tener unos billetes en el bolsillo para tomar algo los fines de semana, comprarse discos, drogarse cuando lo dispusiera, ocupando sus ratos libres fumando yerba o tomando cocaína, bebiendo cerveza, a puro rock nacional. Él, Farías, ni siquiera tenía el perfil de galán de película de Torres Nilson de Asís, no podía decir que era periodista por escribir artículos en una revista porteña, trabajo al que accedió no por perseverancia sino por favores adeudados en décadas pasadas entre su padre y “El Pelado” Villordo.
Se terminó el lado A. Se escuchó el brazo de la púa retirarse del disco. Otro vacío. Farías, en silencio. El galán de la película de Torres Nilson mirándolo. Los papeles en blanco. El canuto y la papeleta abandonados.


-IV-


“He aprendido la ecuación de la droga. La droga no es un medio para incrementar el disfrute de la vida, no es un estimulante. Es un modo de vivir”, afirma el autor de Yonqui (1953). Las experiencias personales de Burroughs y su íntima relación con las inquietantes figuras que pueblan el mundo de la droga han permitido al célebre autor de Almuerzo Desnudo la fiel recreación de la vida de un drogadicto y su total dependencia del vicio”

El libro se lo había regalado Gastón Paganini, empleado de la municipalidad de Quilmes, encargado de repartir las boletas de los impuestos de rentas. Lo conoció en la plaza de la calle Humberto Primero, durante los mediodías, adonde también se acoplaba “El Oso” Lencina, antes de la siesta breve, entre sanguches de fiambres o milanesas y unas cervezas tomadas del pico. Gastón era un coleccionista de revistas de historietas y de rock, tenía todos los números de “El Expreso Imaginario” y de “Humor”, conocía a los periodistas de cada revista, de “Humor” le gustaba los reportajes de Gloria Guerrero, los dibujos de Carlos Nine y los relatos de Alejandro Dolina.
En uno de esos mediodías, Gastón le comentó a Farías que había salido una revista nueva, “tipo “Humor” pero más periodística, de investigación”, le prestó los dos primeros números hasta que no la compró más. Solía tener un libro a mano, en su bolso negro, rectangular, con bolsillos internos donde poner más papeles y esconder la marihuana. Había dos temáticas recurrentes en su literatura: los libros con alguna enseñanza, donde el final dejara un mensaje espiritual a tener en cuenta; y los que trataban sobre drogas o personajes del rock. La última vez que lo vio fue en un kiosco del barrio, sentados los dos en unos banquitos de madera, ubicados para los chicos que salían del colegio secundario que estaba a la vuelta, la 105, aunque a la hora en que se encontraron estaban vacíos, repletos de papeles de golosinas en el suelo, y de colillas de cigarrillos fumados a escondidas por los alumnos de los últimos años. Ese día Gastón estaba leyendo “El País de la Dama Eléctrica”, de Marcelo Cohen, una novela de casi de 300 páginas, un muchacho que pretendía ser estrella de rock y que en busca de una mujer recorría pueblitos españoles sobre el Mediterráneo, como el “Pueblo Blanco” de la canción de Serrat.
“La lees en una tarde, de corrido” le advirtió Gastón Paganini cuando le regaló la novela de William Burroughs, una edición de Bruguera, en la tapa tenía la foto de un muchacho, el torso desnudo dejaba ver sus costillas y sus brazos flacos y largos, sin reacción, entregado, con sus manos cubriéndose el rostro, el pelo revuelto.
Había tenido razón Gastón, recordaba Farías sentado otra vez frente a la máquina de escribir, con el libro entre sus manos, observando la foto de la tapa, lo había leído en una semana, en tres o cuatro noches, antes de dormir, al borde de la cama, pegado a la mesita de luz, de madrugada, otro de los momentos en que el lugar se volvía habitable, silencioso. Las otras leídas fueron también en pocos días, conociendo el argumento y los personajes, el clima turbio y clandestino, ese sub-mundo tan similar a los pasillos de la villa, al rostro curtido de “El Jafa”, a la casilla de madera, o ese otro mundo del billar “Pomares”, en el cruce Varela, los autos de vidrios polarizados y llantas plateadas que frenaban, hacían sus compra y se iban arando, para volver a las horas si era necesario, el cuartito con el hombre de camisa blanca, pelo canoso, parecido a Anibal el de “Brigada A”, la sonrisa reservada para sus amigos, las putas que deambulaban buscando algún cliente generoso que le convidara algo de cocaína, los whiskies y las cervezas que cruzaban el interior del lugar hasta llegar al cuartito del fondo.
Conocía de esos mundos. ¿ Por que no escribir de esas experiencias, de esas inquietantes figuras, como lo había hecho Burroughs?.
Farías abrió el libro al azar, en las primeras páginas. Cayó en la número 22.

“Unas noches después de mi entrevista con Roy y Herman, utilicé una de las ampollas, lo que constituyó mi primera experiencia con drogas. Las ampollas que yo tenía eran de un tipo especial: parecían un tubo de pasta de dientes con una aguja al final. Pinchando con un alfiler a través de la aguja se abría el conducto y la ampolla quedaba lista para pinchar.”

Al leer ese fragmento, Farías recordó la cantidad de palabras y términos que la novela describía y que pertenecían a ese otro mundo. Ampollas. Yonquis. Polis. Cápsulas. Barbitúricos. Cabritos. Puteros. Quemado. Recordó también que las primeras experiencias del protagonista de la novela se referían a los años de la segunda guerra mundial, un tráfico tan marginal como en los ’80, aunque seguramente, conjeturó Farías, sin tantos adictos y sin el rock como telón de fondo.
En su novela, ideada en su mente como un desafío a la inercia, Farías tendría que hablar de las papelas, de los tiros o los saques, del fumo y la yerba, del Joint y del Charuto, del caño, del canuto y los ácidos, de El Jafa de la Villa Itatí, de El Oso y sus porros en la plaza de Humberto Primo, de las diferencias de la cocaína comprada a El Nutria, del baño de la redacción, de los baños de los bares de Buenos Aires, de los recitales en teatros del underground porteño, de su desprecio por las mujeres cocainómanas.
Antes que la novela tenía pendiente dos artículos para la revista. Un toque de vitaminas no vendría nada mal, pensó.
Abrió el cajón de la repisa. Hurgó entre unos papeles, boletas de luz y los recibos del alquiler, los paquetes de alfajores, regalos de novias y demás chucherías. Sacó el paquete de Toblerone y lo puso en la mesa, al lado de “Yonqui”. Hizo un lugar entre la novela y la máquina de escribir. Sobre una hoja en blanco, tamaño carta, volcó el contenido de la tableta. Sobre la hoja cayeron dos papelas, dobladas de igual manera. Dudó si la reserva de cocaína sería suficiente para el resto de la noche. No era una noche para salir a recorrer calles, cruzar los pasillos de la villa para comprar droga. Y menos aún si salía de una jornada de fiebre y vómitos.
No pensó más y se dispuso a preparar unas líneas de cocaína.
Eligió la tapa del libro de Burroughs, aunque antes de colocar la cocaína, le impactó la foto, la del muchacho revolcado en una cama, ocultando su rostro, sin reacción. Decidió dar vuelta el ejemplar. Quedó la contratapa, pequeña, suficiente para prepararse la vitamina requerida.




-V-

El colectivo se había quedado en ese recóndito pueblo de Formosa, que Farías había conocido de nombre de boca del “El Pelado” Villordo, dos semanas antes de aquel viaje al Paraguay, de aquella demora y de toda esa historia que Farías imaginó y que jamás se animó a escribirla.
Estaban en un bar de Callao, entre Sarmiento y Avenida Corrientes, con un movimiento tenue, oficinistas haciendo tiempo, parejas sin encontrar otro lugar más tranquilo. Las mesas de billar, distanciada de la puerta principal, con lámparas bajas de paño verde, los tacos colgados a un costado dejaban deducir que el bar concentraba su actividad mas importante a la noche. Pidieron una cerveza, tres cuartos, con un platito con maníes salado. El Pelado le habló de su padre, de una anécdota que siempre le gustaba contar y a Farias escuchar. Fue en la fábrica de botellas Cattorini, sobre la avenida Pasco, un punto de intersección de los distritos de Quilmes, Almirante Brown, y Lomas de Zamora, la huelga se prolongaba y el gobierno de la provincia, en manos de Victorio Calabró- ya había quedado atrás los tiempos del “compañero” Bidegain- se había negado todo tipo de dialogo. Luego de la decisión de no conceder las reivindicaciones, ni siquiera una parte de ellas, los obreros tomaron la fábrica y así llegó apoyo de otros movimientos y organizaciones populares. La organización donde estaban El Pelado y el padre de Farías llegaron de mañana, en el tercer día de la toma, y se pusieron a disposición de la comisión obrera. Se había aclarado que nada de armas. La idea de la comisión era llenar de gente la fábrica como para que la represión y su correspondiente desalojo les sea más dificultosa frente al apoyo de diferentes sectores políticos y sociales externos. El Pelado, luego de una introducción entrecortada por risas que le provocaba el mismo recuerdo, y algunas cervezas que se sucedían con sus respectivos platitos de maníes salado, culminaba reconstruyendo “la escena más cómica de la militancia de los ‘70”, una vez que la represión estuvo ordenada, los movimientos y organizaciones externas se sumaron a la fábrica, semejante agitación convocó también a los medios. Ante la llegada de algunos canales y fotógrafos de diarios, la represión se demoró, todo especulaban que a la noche ingresarían las fuerzas de la gendarmería. Sin embargo, el padre de Farías, acatando el mandato de la comisión obrera de no llevar armas, no pudo con su genio y ante la presencia de los medios, todos reunidos en la puerta de la fábrica, eligió la torre más alta, a un costado de los depósitos de vidrios molidos, y enfrentando a las cámaras de televisión y a los diarios, se bajó los pantalones y expuso el culo a todo el país, sosteniendo su cuerpo en una manija de la torre, con los pies sujetos de la punta de un escalón, de espaldas a los medios.
A Farias le gustaba la anécdota por que era uno de los pocos recuerdos de su padre que le provocaban una sonrisa.
Luego del relato, El Pelado Villordo, que continuaba pidiendo cervezas al mozo, le nombró a Clorinda, el mismo pueblo formoseño donde, semanas después, se detuvo el micro en el que viajaba Farías. Era una parte que El Pelado solía omitir, por dolor, por impotencia, y esa tarde se lo dijo, serio, con gestos adustos, bebiendo cerveza en forma apresurada, sin mirarlo a los ojos, bebiendo sin cesar y ordenando más cervezas, las manos inquietas, la voz trémula, atrás había quedado las novedades sobre el trabajo en la revista, la atención se había mudado a un pueblo olvidado de Formosa.
El padre de Farías viajaba hacia Paraguay, tenía parientes en Asunción, una vez que el golpe militar de 1976 se había consumado, cuando dos camionetas, repletas de hombres armados, interceptaron al micro en medio de la ruta, a metros del parador de Clorinda. Lo estaban buscando, sabían de sus movimientos y de su intención de refugiarse en Paraguay, conjeturaba “El Pelado”, la tarde en el bar de Avenida Callao, “yo no sé ni cómo me salve”, confesaba esa misma tarde, y continuaba invitando cervezas.
Esa misma tarde, en que lo había citado para decirle que el contrato con la editorial venía encaminado, que ya habían elevado a los directivos la necesidad de un nuevo redactor, El Pelado se despachó con semejante confesión, luego de la noticia y de la anécdota.
Cuando el chofer de La Internacional anunció que por un desperfecto técnico el micro iba tener una demora de una o dos horas, Farías estaba escuchando Rod Stewart en los walk-man, por lo que bajó sin saber donde estaba y sin escuchar al chofer. “¿Una demora?”, preguntó a un hombre que mostraba una expresión satisfactoria con la noticia, ubicado justo delante suyo, con las manos unidas a la altura de la nuca, aún sentado, el gesto placentero de quien recibió una noticia excelente, plácido y feliz.
Era bien entrada la noche, dedujo Farías, observando por la ventanilla a un
cielo más azul y más estrellado que en cualquier otro lugar.
Farías esperó a que su compañera de asiento bajara, a la que eludió en todo momento para evitar un viaje donde uno hablaba, la señora, y el otro, ingrato momento, Farías, sólo escuchaba. Una vez que vio a la mujer en medio del pasillo del micro, torpe, agarrándose de los asientos para equilibrar su cuerpo en tan angosto espacio, abrió el bolsito que llevaba encima, al costado de sus pies, y tanteó el frasquito de plástico donde solían ponerse los rollos de fotos, aunque ese frasquito tenía marihuana. En un bolsito interno tenía dos papelas. En esos lugares era donde disfrutaba la marihuana con mayor placer que en medio de las urbes, lo incentivaba los vientos, las selvas, los ruidos desconocidos y exóticos. Con el frasquito abierto, volcó un poco de marihuana en su mano izquierda. Así no podía llevarla, se le caería, la puso otra vez en el frasquito para ubicarlo en el bolsillo externo de su campera de jean, usada de almohada durante el viaje. El papel de armar lo tenía guardado entre las páginas de “En el camino”, en Paraguay también intentó superar el tercer capítulo sin éxito.
Todo bien guardado bajó del micro. Era uno de los últimos, detrás quedaba un matrimonio que cargaba a sus dos hijos, uno de ellos durmiendo y sin ánimo de despertarse.
El viento cálido, que los brazos más altos de los árboles despedían, ya evidenciaba otro clima, otra tierra, otros aromas, otros sonidos. Al pie de la puerta del micro, Farías estiró los brazos hacia atrás, y los juntó por encima de su cabeza. En ese lapso vio que el hombre feliz lo observaba con una sonrisa, inclinada hacia la izquierda, aunque algo más discreta, como invitándolo al dialogo, complicidad y bienvenida era su propuesta. El hombre estaba a unos metros del parador, a sus espaldas estaban las luces blancas del comedor que iluminaban parte del asfalto donde estacionaban los micros, los camiones de carga y los autos que llegaban al paraje.
La sonrisa del hombre feliz se iba ensanchando a medida que Farías se le iba acercando, siempre en la misma posición, con las manos enlazadas en su espalda, el orgullo de contemplar semejante paraje, las ganas intactas de compartir el momento.
“Lindo Clorinda”, le dijo el hombre feliz. “¿Sabe hace cuanto no venía por acá?” volvió a decir el hombre, con la misma sonrisa. Farías sonrió, breve, antes que el nombre lo remitiera a dos semanas atrás, al bar de la avenida Callao.
“Perdón”, dijo Farías, como excusándose de la amabilidad del hombre feliz, y se dirigió al parador. Ingresó por la puerta más cercana al mostrador. La mayoría de la gente del micro estaba allí, ocupando mesas, tomando café o comiendo algo para entretenerse y tranquilizar a los chicos. A su izquierda, estaba el mostrador, atendido por una pareja de unos cuarenta años, acostumbrados a rostros itinerantes, arriba del mostrador y de la colección de botellas de bebidas blancas un reloj de agujas marcaba la una y veinte de la madrugada.
¿A que hora lo habrán secuestrado a su padre? pensó Farías, observando el interior del parador. Luego, haciendo un giro de 180°, observó al hombre feliz en el mismo lugar, sólo, igual que antes, de frente a la ruta que hacía de frontera entre el parador y una selva que nacía a dos metros del asfalto.
Farías eligió la puerta del otro extremo, la más distanciada del mostrador, para salir y esquivar al hombre feliz, cruzar la ruta e internarse en la superficie de la selva. Cruzó el playón que separaba la entrada al parador y la ruta con sigilo, casi en puntas de pie, sin que el hombre feliz lo advirtiera, pasó por detrás de dos colectivos, uno donde viajaba Farías y el otro con destino a Rio Grande do Soul, con los pasajeros en su interior, a punto de retomar su camino. Delante de los micros había un camión de un enorme acoplado, el chofer dormía en su interior, la cabeza echada hacía atrás, la boca abierta, roncando seguramente, las manos desplazadas hacia ambos lados, una luz tenue iluminaba la cabina, tapizada, con algunos adornos colgados a los costados del espejito, dos calcomanías pegadas en la ventanita, del lado derecho del chofer. Una decía: “Alguien te ama, alguien te U.S.A”. El otro era un chiste que no se lograba divisar desde la distancia donde estaba Farías.
El acoplado del camión dejaba atrás la presencia del hombre feliz. Farías cruzó la ruta vacía, observando la soledad gris que surcaba el mapa argentino hacia diferentes rincones, uniendo climas y lenguas diversas, cruzando incluso las fronteras. Sus pasos se deslizaron por la ruta, en forma transversal, pasaron las líneas blancas, llegaron a la otra orilla, otra vez la tierra, las piedritas incrustándose en las suelas de sus zapatillas, el relieve irregular, pozos y cascotes obstaculizando el andar.
Caminó unos metros acortando la distancia con la hilera de árboles tupidos y altos, robustos, un viento frío, profundo, con una mixtura de aromas, le llegaba de las entrañas de la selva. Respiró profundo, colmando sus pulmones de ese aire fresco e intenso.
Sacó de su bolsillo derecho el tubito de fotos. Lo destapó y volcó un pedazo chico de marihuana en su mano izquierda. Luego le puso la tapa hermética al tubito y lo volvió a poner en el bolsillo. Comenzó a picar la marihuana, usando los dos dedos de su mano derecha, el pulgar y el índice, y echando, la parte picada, sobre la otra mano. El movimiento se volvió automático, sin mirar, su atención estaba puesta en la hilera de árboles que flanqueaban el misterio de la selva.
A sus espaldas, ya olvidado, el hombre feliz, el parador y sus luces, el bullicio de familias impacientes.
En poco tiempo, logró picar la marihuana que había seleccionado de su tubito de fotos. Con su mano derecha revisó si quedaban restos de marihuana sin picar. Con la misma mano sacó los papeles de armar cigarrillos. “Papel de fumar engomado”. Sacó uno y lo desplegó como una canaleta que cruzaba la palma de su mano derecha, y echó la marihuana en forma proporcional en toda su extensión. Tomó el papel con la punta de sus dedos, con suma destreza, acomodando la marihuana a lo largo. Lo movió como un cilindro delgado, dejando los extremos del cigarrillo vacíos, varias veces. Conforme con el cigarrillo, lo acercó a la boca, del lado que tenía el pegamento. Le pasó la lengua varias veces, en forma horizontal, y con la punta de los dedos comenzó a enrollarlo, pasando un parte del papel por encima del otro y logrando cerrar el cigarrillo. Con la mano izquierda lo sacudió de uno de los extremos.
Se lo llevó a la boca, tiró una parte del extremo del cigarrillo. Sintió en sus labios algunas partículas de marihuana, aspiró en falso. Del mismo bolsillo donde tenía el tubito y los papeles de armar sacó el encendedor. Le costó prender el cigarro. El viento del interior de la selva parecía llegar en forma intermitente, pero tenía una presencia constante, como una ventisca leve, muda, disimulada, y se evidenciaba ya que la llama del encendedor se dispersaba sin percibir un soplido fuerte. Intentó varias veces prender el cigarro pero la ventisca insistía. Decidió, resignado, darle la espalda a la selva. Giró su cuerpo y descubrió la civilización del otro lado de la ruta. Comparó, en un lapso efímero de reflexión, la ruta con las vías del ferrocarril; de un lado la urbanidad y las luces, del otro la marginalidad y la exclusión. Farías elevó los hombros, hizo una suerte de toldo con su mano derecha, cubriendo el cigarrillo, y con la otra lo encendió. Aspiró varias veces hasta que se prendió sin obstáculos, el otro extremo del cigarrillo cobró un color rojo. Sintió el humo dulce de la marihuana, primero, en su garganta, desplazando el gusto amargo del café aguado que había tomado en el micro antes de la demora; luego lo sintió en sus pulmones.
Antes de volver la mirada hacia la selva, observó al hombre feliz en el mismo lugar, en su mundo, lo veía de muy lejos pero no parecía haber cambiado su posición. Farías lo imaginó con la sonrisa de siempre y las manos enlazadas por su espalda.
De frente a la selva, se dedicó a fumar y a divisar formas y sonidos. A medida que el cigarrillo se iba consumiendo, Farías creía distinguir las copas de los árboles, que bajaban y subían como sierras, rozando el sin fin de estrellas que daban claridad al cielo. Con el porro en su mano derecha, apenas un resto del cigarrillo que había sido, creía distinguir el volar de algunos pájaros, el crepitar de hojas que insinuaban animales trepando en ramas y buscando mejor ubicación para pasar la madrugada.
Fumó tres pitadas seguidas como para terminar el cigarrillo y dedicarse de lleno a ubicar animales en árboles tupidos y escuchar a los pájaros inquietos.
En esos pasos crepitantes imaginó ver a los hombres que se llevaron a su padre, rostros adustos e indiferentes, con armas en las sobaqueras, de mocasines negros, manos gordas, miradas esquivas. Cuantos, igual que su padre, podrían estar en aquella selva, de espaldas a la ruta, a las luces, se preguntaba Farías, distinguiendo ruidos de hojas y ramas, de quejidos de pájaros desterrados de sus lugares, presos de la noche.


-VI-

“Todo comenzó a la seis de la tarde. Ese día Independiente y Gremio jugaban la primer final de la Copa Libertadores de América. Los movimientos se asemejaban a la preparación de un banquete romano, decenas de damajuanas, una parrilla de diez metros de largo repleta de chorizos. El motivo de festejo era el regreso de Hermiñio Iglesias a la política...”

¿Cuál era la razón de escribir ese artículo, que motivos lo impulsaron a pasarse toda una tarde y parte de la noche en aquel club de Gerli, recopilando datos y retratando rostros y diálogos? Preguntas que desfilaban por la mente de Farías, aquella noche, en su departamento, rescatado de la abstinencia, preparándose para el tercer tiro, todo listo, al costado de la Olivetti que hacía un rato había usado para escribir unas diez líneas, la introducción apenas, demasiado esfuerzo para diez líneas.
Recordó que en el fondo del cajón de la repisa guardaba un cuaderno que supo ser un diario íntimo, aunque de cuarenta y ocho páginas sólo tenía unas quince escritas. Farías solía escribir el diario cuando comenzaba una relación con una mujer, en los primeros momentos se mostraba entusiasmado, con voluntad por hacer cosas, emprender proyectos postergados. Pero eran los primeros momentos, luego todo se esfumaba, paulatino y fugaz. Y el cuaderno quedaba inconcluso, hasta una nueva relación y una nueva ilusión desechada, un suspiro de amor.
El azar no era elemento menor para Farías, sobre todo encuentros fortuitos en esquinas olvidables, nombres que se repetían, números que aparecían más de una vez en un mismo día.
Para Farías, el nombre Clorinda no había sido azar. ¿Por qué nunca escribir algo sobre aquella noche, rumbo a la última visita que le había hecho a su madre, semanas antes de comenzar el trabajo en la revista?. Se acordaba cada detalle de aquella noche, el parador, el hombre feliz, la ruta, el porro, la selva. Eso tenía que contar, pensaba Farías frente a la máquina de escribir, a punto de otro tiro, de esa madrugada no había detalle que se le pudiera escapar, un recuerdo que solía regresar cada tanto, sobre todo cuando recordaba a su padre o escuchaba de él.

- VII-

Eran ellos. Escuchó los pasos atolondrados del hijo más grande de la familia, dando saltos y sorteando baldosas rotas, cruzando el pasillo en segundos, las suelas de las zapatillas retumbando hasta el interior del departamento de Farías, conocía de memoria ese eco incesante y desprolijo, esos mismos pasos retumbaban a las siete y cuarto de la mañana, de lunes a viernes, antes de salir hacia el colegio, con la misma energía a pesar de la hora, eran esos pasos que sacudían su propio departamento cuando jugaba con su hermana, dos años más chica, sobre todo al quedarse solos, o cuando eludían las manos grandes de su padre, gordas, callosas, que apenas cobraban altura se convertían en una amenaza eficaz, evitando palabras y gritos.
El chico se detuvo en la puerta de su departamento, y con la misma energía que cruzó el pasillo comenzó a golpear la puerta de hierro con las dos manos abiertas, grandotas y callosas, a pesar de la edad, eran golpes incesantes, detrás llegó su hermana, también corriendo, con pasos más cortos, de pies livianos aunque imitando la energía de su hermano, golpeando la puerta con un palo contundente, era un solo golpe, seco, tan molesto como los de su hermano. Desde la puerta que daba a la calle, apenas iniciado el camino del pasillo, se escuchó el grito estridente, colmado, del padre, el grito se pudo haber escuchado dos cuadras a la redonda a pesar de los ruidos propios de la noche en el barrio, autos que cruzaban lentos, familias conversando, la televisión prendida. “¡¡Ignacio, que te dije!!”, se volvió a escuchar, algo más cerca de la puerta, los golpes seguían, las palmas de las manos de él, luego el golpe seco del palo de ella. Llegaron otros gritos del padre que lograron alterar hasta los protagonistas de “Hiperhumor”, todos uruguayos, el programa que se veía a esa hora en las casas del barrio, mientras cenaban o preparaban la cena. A los chicos los gritos no los inmutó.
Farías concentró la atención en los ruidos del pasillo. Se acomodó el pelo hacia atrás con sus dos manos, hundiendo los dedos en su cabello lacio, sin brillo, hacía dos días no se bañaba, la fiebre y los vómitos era la excusa. Puso los codos a los costados de la máquina de escribir, con las manos abiertas sostuvo su cabeza, los pulgares haciendo presión en cada sien y los demás dedos descansando en la frente, en gesto de preocupación aunque ese no era su estado de ánimo.
No había pasado las quince líneas. No era eso lo que le preocupaba.
En el pasillo sonó un cachetazo, potente, Farías dedujo que fue a la altura de la nuca, sólido, doloso, sin embargo no hubo quejas ni llantos. Dejaron la puerta en paz. Escuchó la voz de la madre, trémula, nerviosa, al lado de los niños. “¿La llave?”. Hubo otros golpes en la puerta, el palo de ella, el grito de la madre rompiendo su armonía, “¡¡Basta!!”.
Un llavero salió a la luz, un sonido agudo, metálico, que se prolongó unos segundos hasta que la cerradura, en dos vueltas ligeras, metió adentro a la familia entera, lo que no era garantía de silencio ni mucho menos de armonía. Farías imaginó los ruidos que le irían a suceder a la escena del pasillo; en silencio permitió la invasión, paulatina, de esa otra rutina, en una tarde que para Farías siempre tuvo el color de la noche desde que se animó a levantarse de la cama, que había cubierto de sombras rincones del departamento, sitios distanciados de las ventanitas del comedor y de la cocina. Las sombras fueron arrimándose al cuerpo de Farías, unas por detrás, por el respaldo de la silla, y otras a sus pies, como pidiendo permiso de subirse por las zapatillas de lana, reptiles que devoraban la claridad y carcomían a un sumiso joven periodista con una tarea pendiente.
La voz recta, formal, de fumador de tabaco negro, de Sergio Villarreal que anunciaba las últimas noticias de “Buenas Noches, Argentinas” por Canal 13. El televisor hizo lo suyo para devorar cualquier intención de Farías por poner un nuevo disco o de prender la radio y olvidarse de los vecinos. El volumen del televisor superaba el caudal de las voces de la familia, se prolongaba por el pasillo, el interior de los otros dos departamentos y hasta podía aventurarse que seguía hasta la vereda.
Fueron unos segundos que la familia pareció reunirse alrededor del televisor, consenso difícil de lograr.
Farías seguía en la misma posición, inerte, las quince páginas del artículo frente suyo, la hoja sujeta a la Olivetti. Observó la papela cerrada, el canuto, la tarjeta Sacoa, una de las primeras veces que tomó cocaína vio acomodar las líneas sobre un espejo, de un metro de largo, sucio de marcas de dedos, no recordaba si había sido en el billar del cruce Varela, en alguna de las casillas de la villa, o en alguna otra casa de visita ocasional, el espejo se había convertido en una bandeja preparada para la ocasión, veinte líneas blancas extendidas, Farías recordaba a un hombre, con un vaso de whisky con hielo en su mano derecha, emparejando las líneas con una tarjeta de plástico, minucioso, buscando la equidad y dejando todo listo para los comensales. Con otras tarjetas y en otras casas, Farías vio que el ritual de la tarjeta se repetía y él la copió, eligiendo una tarjeta de la casa de videojuegos, comprada en una sucursal de la avenida Santa Fé, a la que nunca más volvió. La tarjeta era roja, en letras blancas decía SACOA y un número de serie abajo, ilegible. Formaba parte de sus utensilios para el consumo de cocaína, junto al canuto y la caja de chocolate Toblerone donde guardaba las papelas. Para fumar marihuana tenía dos elementos, el tubito de los rollos de fotos, negro y de plástico, y los papeles para armar los cigarrillos.
Tomó el canuto con su mano derecha. Su cabeza quedó suspendida con la otra mano, con una leve inclinación hacia la izquierda, usando la palma como una almohada. Lo observó sosteniéndolo en el aire, se notaba su uso por las huellas de los dedos, concentradas en la mitad, luego se lo llevó a la nariz, aspiró al vacío, dos veces. La cocaína no tenía un olor predominante. Según lo que había escuchado, la mejor era la inolora, la otra, la que reunía aromas a harina, a maizena incluso, era la más adulterada, según lo que había escuchado, aunque nunca había logrado distinguir la calidad por el olor que dejaba cada una, sí en cambio por el gusto cada vez que la tomaba y los dolores de cabeza al otro día. Hasta llegar a la redacción, Farías había tomado la mala, la cortada, la más barata, despachada a cualquier hora del día.
De un momento a otro le pareció que los vecinos habían subido el volumen del televisor. Escuchó una cortina de un programa familiar, algo que le agradaba. Era la cortina de las transmisiones internacionales de fútbol.
La segunda final de la Copa Libertadores de América, recordó Farías.
Un portazo que había llegado de otra habitación del departamento de los vecinos alteró la concentración de Farías, incluso opacó la voz de Mauro Viale anunciando el evento y dando pie al primer comentario de Enrique Macaya Marquez. Farías dejó el canuto en el lugar donde estaba, al lado de la papela, arrastró la silla hacia la pared, como para agudizar el oído y distinguir los ruidos que se aproximaban. Dedujo que el hombre había sido el del portazo, lo confirmó cuando su voz irrumpió en la habitación donde estaba el televisor. “Se acabó. ¡¡Está el partido!!”, informó el hombre, a los gritos, en el centro de la habitación. No se escucharon réplicas. De inmediato, todos se callaron para darle lugar a Enrique Macaya Márquez. De fondo se escuchaba los cánticos irregulares de una hinchada.
“No quiero ver eso”, gritó la nena del palo, desmedida, colmada de ira, lo que interrumpió la transmisión del partido y alteró la tranquilidad del hombre, que por los ruidos de la silla, pareció levantarse arrastrándola en forma violenta, Farías lo imaginó con sus manos alzadas, amenazantes, apuntando a los caprichos de la nena, sin embargo los gritos del hombre se dirigieron a su mujer. “¿Por qué no les haces la comida así se van a dormir? Tengo derecho a ver el partido ¿creo no?”, le dijo.
“Partido, partido, dale repetí...Trabajé todo el día, tengo derecho a ver un partido, tengo derecho a tomar un vino, tengo derecho a ver el otro partido y el otro, tengo derecho a rascarme las bolas mientras vos cocinas...ya escuché eso, y muchas veces lo escuché”, le respondió ella, a los gritos, en tono de burla, hasta que la nena, más caprichosa que antes, interrumpió con un grito al que le siguió un llanto ininterrumpido.
“¡¡¡Basta, basta!!!”, gritó él, elevando la voz más alta que los demás, sacudiendo la pared con el puño cerrado, el golpe retumbó hasta en las paredes del departamento de Farías, quien no se asombró pero tuvo una ráfaga de susto. “Vamos”, concluyó ella, los llantos de la nena se trasladaron a unos metros de donde estaba el hombre y Macaya Márquez. Farías intuyó que se fueron a la cocina. Apenas la nena se calló, se escucharon las puertas de una repisa que se abrían y se cerraban, ruidos de ollas, eran movimientos nerviosos, violentos.
En la otra habitación, el hombre había logrado asentarse, tranquilo, sin bullicios a su alrededor, frente al televisor. La voz de Horacio de Bonis, desde la cancha, al borde de la boca del túnel, se intercalaba con los comentarios de Macaya Márquez.

Independiente, que ya está en la cancha esperando a Gremio, forma con: Goyén; Línea de fondo: Clausen, Villaverde, Trossero y Enrique; Giusti, Marangoni Bochini. Arriba tres delanteros: Bufarini, Burruchaga y Barberón.

Un nuevo tiro tentó a Farías. La cocaína estaba guardada en la papela, lo último que le quedaba, y como venía la noche, la final de la Libertadores, los ruidos de los vecinos que hasta las doce no cesaban, la cocaína consumida, no parecía terminar pronto. En su departamento aún se mantenía el calor que había dado la estufa a kerosén durante parte de la tarde, pero en las calles y en los pasillos de la villa las bajas temperaturas se hacían sentir. Por momentos, desechaba la idea de ir a comprar cocaína a la villa. Aunque otras veces, le parecía indispensable tener a mano una cantidad suficiente de reserva.
Tomó la papela y la abrió de par en par. Tenía para dos líneas, finas, de consumo rápido. Echó la cocaína sobre la mesa.

“Todo listo para el comienzo del partido. Burruchaga y Bufarini frente a la pelota. Falta la indicación del árbitro”.

Con la tarjeta Sacoa comenzó a desparramarla con suavidad, intentando armar dos senderos equitativos, a ojo calculaba y echaba un poco hacia un lado, otro poco hacia el otro, después iba dando forma a senderos, angostos, a lo largo, para dejar todo listo para el tiro. El canuto a mano.
Lo que le preocupaba era la falta de reserva.

“Vale recordar que con el empate, Independiente, el auténtico rey de Copas, se quedaría así con su séptimo título continental, en su cancha y con el mismo equipo que salió campeón del Metropolitano 1982/ 1983, un equipo sólido, que José Pastoriza supo trabajarlo como un reloj, un armado en el que cada pieza tiene una función fundamental, imprescindible...”

Farías no pensó más en la reserva y se dio un saque, algo violento le pareció, aspiró en falso para asentar la cocaína. Ya habían sido varios los tiros pero la siguió saboreando, era rica, o al menos más rica de la que había probado durante años. Le quedaba para un tiro. Se quedó mirando fijo el sendero que aún le quedaba, delgado, solitario, único, listo.

“Tarciso domina la pelota por izquierda, se trata de la mejor carta ofensiva que tiene el equipo de Porto Alegre, ingresa al área, enfrenta a Villaverde, amaga hacia un lado y se le va, cayóTarciso. hmmm...¿Eso no fue penal?”

“Dudoso, muy dudoso...”

Farías quería eludir la recaída, la fiebre y los vómitos, y el frío de la calle no era aconsejable. La ausencia de reserva sería un problema si quisiera tomar un poco más de cocaína. No faltaba demasiado para terminar con el sendero que le quedaba. Dubitativo, con el canuto en su mano derecha, decidió esperar un poco más.
Los artículos también esperarían, aunque la tarea pendiente de Farías no dependía del frío de la calle o de una cuestión de distancia.

“Despeja de cabeza el uruguayo De León. La toma fuera del área Bochini, saca un remate de derecha...¡¡¡Y la pelota que pasa rozando el palo izquierdo del arquero Joao Marcos!!! Que derechazo Bocha. La primera situación clara del rojo de Avellaneda”

“Que momento el de Bochini. A un paso de levantar otra copa Libertadores, un baluarte irremplazable de su equipo, y ahora, la convocatoria de Bilardo a la selección”

Como una ráfaga de viento que llegaba desprevenido, azotando lo que había a su paso, un desfile de imágenes, nombres, lugares, rostros, diálogos, violentaron las dudas de Farías, despechado de ansias, en lo más vacío de su penumbra, abrochado por la ráfaga, con el canuto en su mano derecha, hasta la cocaína le resultó amarga.
Clorinda. Cangallo al 1900. Hermiñio Iglesias. El Oso Lencina. Francisco Lezcano. La Giralda. La Estación Constitución. La Pizzería de Avellaneda. El Pelado Villordo. Paraguay. Gerli. Roque Dalton. Fito Paez. Verónica. Cachamay Bisso. Virus. La Internacional. Horacio Quiroga. El Jafa. El billar “Pomares”. Los Talking Heads. La Naranja Mecánica. Herman Hesse. Su padre en la frontera.

“18 minutos de la primera etapa. Otra vez Bochini con la pelota y si la tiene Bochini es una buena noticia para Independiente. Pase a Burruchaga de veinte metros, ingresa por la derecha, pelota dominada, está solo, enfrenta el arquero, lo tiene “El burru”. Tapa Joao Marcos, con las dos manos, casi que la encontró.”

“Y otra vez Bochini a cargo del fútbol del equipo local Un pase milimétrico que dejó mano a mano a Burruchaga. Genialidades del Bocha.”

El Pelado Villordo otra vez. El bar de la avenida Callao. Gastón Paganini. El Teatro San Martín. Baglietto. Silvio Rodriguez. Clorinda. Lautaro Gomez. Marcela.
Farías tomó el canuto listo para terminar la cocaína. Hastiado, casi violento consigo mismo, acercó su rostro a la mesa y la acabó de un tiro.
La sentía amarga, sin embargo quería más. La reserva. Urgente. Aun quedaba parte del primer tiempo y todo el segundo. Independiente estaba a punto de alzar su séptima copa Libertadores, se mentía Farías, inquieto, violento.
Cerveza. El aliciente que pensó Farías. No tenía en su heladera. Si salía, de paso, podía ir a lo de El Jafa, después de tanto tiempo, aunque la ausencia de Farías no le importaba. El Jafa no preguntaba nada, solo contaba los billetes y despachaba.
Farías se levantó enérgico, dejó el canuto en la mesa, al costado de la máquina de escribir que para ese momento resultaba un estorbo, se dirigió a la habitación en busca de una campera. Cruzó tanteando el comedor hasta llegar a la puerta de la habitación. No quiso prender otra luz. Abrió la puerta del ropero y hurgó en la ropa que tenía colgada en las perchas.

“ Que peligro este ataque. Combinan una pared Renato y Guillherme, ingresan al área, demasiado peligro...Guillherme quiebra la cintura, mano a mano con Goyén, y el arquero se queda con el balón. Rápida reacción de Goyén, arrojándose a los pies del delantero de Gremio. 38 minutos de la primera etapa. 0 a 0”

“Lo dijimos al principio, Renato es la carta ofensiva más importante del equipo brasileño, reúne una serie de condiciones fundamentales: potencia, habilidad, buena pegada.”

En medio de la oscuridad del cuarto, se puso la campera de polard, la única que tenía para resistir el invierno. Se la acomodó al cuerpo, sin ponerse las mangas y salió de inmediato al comedor, aún persistía en su habitación el olor a kerosén, a pesar de que había dejado las hojas de la ventana abierta. Otra vez a la luz, se terminó de poner la campera y se la cerró, buscó algo en los bolsillos. Sacó unos billetes del cajón del modular donde estaba la bandeja de discos. Los contó uno por uno.

“Falta un minuto para terminar el primer tiempo. Centro al corazón del área de Gremio rechaza un defensor de cabeza, Marangoni toma el rebote, le pegooó. Desviado. Cerca del poste derecho del arquero. Buen intento del mediocampista de Independiente”

Farías separó los billetes en dos fajos. Uno lo ubicó en el bolsillo izquierdo de la campera, lo justo para dos cervezas. En el otro, ubicó los billetes para dos papelas de cocaína. Buscó los dos envases y el bolsito que usaba para hacer las compras, de tela y con manija. La llave del departamento estaba puesta en la cerradura. Llaveó dos veces hacia izquierda. Antes de salir al pasillo metió la mano en el bolsillo derecho de la campera, sacó los billetes y los volvió a contar. Veinte mil. Dos papelas. Guardó los billetes y recién entonces salió hacia la calle.

1 comentario:

Amélie_Diké dijo...

Admiración, eso me provoca leer tus escritos. Y orgullo, obvio. :)
No me cansa, hay màs?.
Será que no tengo esa habilidad. Yo vomito en un papel, lo oscuro, la tristeza y el dolor.
Nada, siento orgullo y lo publicaría. Lo mismo que me pasa con los escritos de mi hermano (que tienen la misma esencia). Hum, qué raro...
(Che, no inflen tanto el pecho...Son dos tontos, igual)
ja, Besos.