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Guía del Autoestopista Galáctico Parte XV

El despacho de Slartibarfast era un revoltijo absoluto, como los resultados de una
explosión en una biblioteca pública. Cuando entraron, el anciano frunció el ceño.
- Una desgracia tremenda -explicó-; saltó un diodo en uno de los ordenadores de
mantenimiento vital. Cuando tratamos de revivir a nuestro personal de limpieza,
descubrimos que habían estado muertos desde hacía casi treinta mil años. ¿Quién va a
retirar los cadáveres?, eso es lo que quiero saber. Oye, ¿por qué no te sientas ahí y dejas
que te conecte?
Hizo serías a Arthur para que se sentara en un sillón que parecía hecho del costillar de
un estegosaurio.
- Está hecho del costillar de un estegosaurio -explicó el anciano mientras iba de un lado
para otro acarreando instrumentos y recogiendo trocitos de alambre de debajo de
tambaleantes montones de papel.
- Toma -le dijo a Arthur, pasándole un par de alambres pelados en los extremos.
En el momento en que Arthur los cogió, un pájaro voló derecho hacia él.
Se encontró suspendido en el aire y completamente invisible a sí mismo. Bajo él vio la
plaza de una ciudad bordeada de árboles, y en torno a ella, hasta donde abarcaba su
mirada, había blancos edificios de cemento de amplia y elegante estructura, pero algo
dañados por el paso del tiempo: muchos estaban agrietados y manchados de lluvia. Sin
embargo, brillaba el sol, una brisa fresca danzaba ligeramente entre los árboles, y la
extraña sensación de que todos los edificios estuvieran canturreando se debía,
probablemente, al hecho de que la plaza y las calles de alrededor bullían de gente
animada y alegre. En algún sitio tocaba una orquesta, banderas de brillantes colores
ondeaban con la brisa.y el espíritu de carnaval flotaba en el aire.
Arthur se sintió muy solo colgado en el aire por encima de todo aquello sin siquiera
tener un cuerpo que albergara su nombre, pero antes de que tuviera tiempo de pensar en
ello, una voz resonó en la plaza llamando la atención de todo el mundo.
Un hombre, de pie sobre un estrado vivamente engalanado delante de un edificio que
dominaba la plaza, se dirigía a la multitud a través de un Tannoy.
- ¡Oh, gentes que esperáis a la sombra de Pensamiento Profundo! -gritó-. ¡Honorables
descendientes de Vroomfondel y de Majikthise, los Sabios más Grandes y Realmente
Interesantes que el Universo ha conocido jamás.... el Tiempo de Espera ha terminado!
La multitud estalló en vítores desenfrenados. Tremolaron banderas y gallardetes; se
oyeron silbidos agudos. Las calles más estrechas parecían ciempiés vueltos de espaldas
y agitando frenéticamente las patas en el aire.

- ¡Nuestra raza ha esperado siete millones y medio de años este Gran Día Optimista e
Iluminador! -gritó el dirigente de los vítores-. ¡El Día de la Respuesta!
La extática multitud rompió en hurras.
- Nunca más -gritó el hombre, nunca más volveremos a levantarnos por la mañana
preguntándonos: ¿Quién soy? ¿Qué sentido tiene mi vida? ¿Tiene alguna importancia,
cósmicamente hablando, si no me levanto para ir a trabajar? ¡Porque hoy, finalmente,
conoceremos, de una vez por todas, la lisa y llana respuesta a todos esos problemillas
inoportunos de la Vida, del Universo y de Todo!
Cuando la multitud aclamaba una vez más, Arthur se encontró deslizándose por el aire
y bajando hacia una de las magníficas ventanas del primer piso del edificio que se
levantaba detrás del estrado donde el orador se dirigía a la multitud.
Sufrió un momento de pánico al pasar por la ventana, pero lo olvidó un par de
segundos después al descubrir que, al parecer, había atravesado el cristal sin tocarlo.
Ninguno de los que estaban en la habitación notó su curiosa aparición, lo que no es de
extrañar si se piensa que no estaba allí. Comenzó a comprender que toda aquella
experiencia no era más que una proyección grabada que dejaba por los suelos a una
película de setenta milímetros y seis pistas.
La habitación se parecía bastante a la descripción de Slartibarfast. La habían cuidado
bien durante siete millones y medio de años, y cada cien años la habían limpiado con
regularidad. El escritorio de ultracaoba estaba un poco gastado en los bordes, la alfombra
ya estaba un poco desvaída, pero el ancho terminal del ordenador descansaba con
brillante magnificencia en la tapicería de cuero de la mesa, tan reluciente como si se
hubiera construido el día anterior.
Dos hombres severamente vestidos se sentaban con gravedad ante la terminal,
esperando.
- Casi ha llegado la hora -dijo uno de ellos, y Arthur se sorprendió al ver que una
palabra se materializaba en aire, justo al lado del cuello de aquel hombre. Era la palabra
LOONQUAWL, y destelló un par de veces antes de disiparse de nuevo. Antes de que
Arthur pudiera asimilarlo, el otro hombre habló y la palabra PHOUCHG apareció junto a su
garganta.
- Hace setenta y cinco mil generaciones, nuestros antepasados pusieron en marcha
este programa -dijo el segundo hombre-, y en todo ese tiempo nosotros seremos los
primeros en oír las palabras del ordenador.
- Es una perspectiva pavorosa, Phouchg -convino el primer hombre, y Arthur se dio
cuenta de repente que estaba viendo una película con subtítulos.
- ¡Somos nosotros quienes oiremos -dijo Phouchg- la respuesta a la gran pregunta de
la vida!
- ¡Chsss! -dijo Loonquawl con un suave gesto-. ¡Creo que Pensamiento Profundo se
dispone a hablar!
Hubo un expectante momento de pausa mientras los paneles de la parte delantera de
la consola empezaban a despertarse lentamente. Comenzaron a encenderse y a
apagarse luces de prueba que pronto funcionaron de modo continuo. Un canturreo leve y
suave se oyó por el canal de comunicación.

- Buenos días -dijo al fin Pensamiento Profundo.
- Hmmm... Buenos días, Pensamiento Profundo -dijo nerviosamente Loonquawl-,
¿tienes... hmmm, es decir...
- ¿Una respuesta que daros? -le interrumpió Pensamiento Profundo en tono
majestuoso-. Sí, la tengo.
Los dos hombres temblaron de expectación. Su espera no había sido en vano.
- ¿De veras existe? -jadeó Phouchg.
- Existe de veras -le confirmó Pensamiento Profundo.
- ¿A todo? ¿A la gran pregunta de la Vida, del Universo y de Todo?
- Sí.
Los dos hombres estaban listos para aquel momento, se habían preparado durante
toda la vida; se les escogió al nacer para que presenciaran la respuesta, pero aun así
jadeaban y se retorcían como criaturas nerviosas.
- ¿Y estás dispuesto a dárnosla? -le apremió Loonquawl.
- Lo estoy.
- ¿Ahora mismo?
. Ahora mismo -contesto Pensamiento Profundo.
Ambos se pasaron la lengua por los labios secos.
- Aunque no creo -añadió Pensamiento Profundo- que vaya a gustaros.
- ¡No importa! -exclamó Phouchg-. ¡Tenemos que saberla! ¡Ahora mismo!
- ¿Ahora mismo? -inquirió Pensamiento Profundo.
- ¡Sí! Ahora mismo...
- Muy bien -dijo el ordenador, volviendo a guardar silencio.
- ¡Del Universo...! -exclamó Loonquawl. Los dos hombres se agitaron inquietos. La
tensión era insoportable.
- ¡Y de Todo...!
- En serio, no os va a gustar -observó Pensamiento Profundo.
- ¡Dínosla!
- De acuerdo -dijo Pensamiento Profundo-. La Respuesta a la Gran Pregunta...
- ¡Sí...!
- de la Vida, del Universo y de Todo... -dijo Pensamiento Profundo.
- ¡Sí...!
- Es -dijo Pensamiento Profundo, haciendo una pausa.

- ¡Sí!
- Es...
- iii ¿Sí...?!!!
- Cuarenta y dos -dijo Pensamiento Profundo, con calma y majestad infinitas.

Pasó largo tiempo antes de que hablara alguien.
Con el rabillo del ojo, Phouchg veía los expectantes rostros de la gente que aguardaba
en la plaza.
- Nos van a linchar, ¿verdad? - susurró.
- Era una misión difícil -dijo Pensamiento Profundo con voz suave.
- ¡Cuarenta y dos! -chilló Loonquawl-. ¿Eso es todo lo que tienes que decirnos después
de siete millones y medio de años de trabajo?
- Lo he comprobado con mucho cuidado -manifestó el ordenador-, y ésa es
exactamente la respuesta. Para ser franco con vosotros, creo que el problema consiste en
que nunca habéis sabido realmente cuál es la pregunta.
- ¡Pero se trata de la Gran Pregunta! ¡La Cuestión Ultima de la Vida, del Universo y de
Todo! -aulló Loonquawl.
- Sí -convino Pensamiento Profundo, con el aire del que soporta bien a los estúpidos-,
pero ¿cuál es realmente?
Un lento silencio lleno de estupor fue apoderándose de los dos hombres, que se
miraron mutuamente tras apartar la vista del ordenador.
- Pues ya lo sabes, de Todo..., Todo... -sugirió débilmente Phouchg.
- ¡Exactamente! -sentenció Pensamiento Profundo-. De manera que, en cuanto sepáis
cuál es realmente la pregunta, sabréis cuál es la respuesta.
- ¡Qué tremendo! -murmuró Phouchg, tirando a un lado su cuaderno de notas y
limpiándose una lágrima diminuta.
- De acuerdo, de acuerdo -dijo Loonquawl-. Mira, ¿no puedes decirnos la pregunta?
- ¿La Cuestión Ultima?
- Sí.
- ¿De la Vida, del Universo y de Todo?
- ¡Sí!

Pensamiento Profundo meditó un momento.
- Difícil -comentó.
- Pero, ¿puedes decírnosla? -gritó Loonquawl.
Pensamiento Profundo meditó sobre ello otro largo momento.
- No -dijo al fin con voz firme.
Los dos hombres se derrumbaron desesperados en sus asientos.
- Pero os diré quién puede hacerlo -dijo Pensamiento Profundo.
Ambos levantaron bruscamente la vista.
- ¿Quién? ¡Dínoslo!
De pronto, Arthur empezó a sentir que su cráneo, en apariencia inexistente, empezaba
a hormiguear mientras él se movía despacio, pero de modo inexorable, hacia la consola,
aunque sólo se trataba, según imaginó, de un dramático zoom realizado por quienquiera
que hubiese filmado el acontecimiento.
- No hablo sino del ordenador que me sucederá -entonó Pensamiento Profundo,
mientras su voz recobraba sus acostumbrados tonos declamatorios-. Un ordenador cuyos
parámetros funcionales no soy digno de calcular; y sin embargo yo lo proyectaré para
vosotros. Un ordenador que podrá calcular la Pregunta de la Respuesta Ultima, un
ordenador de tan infinita y sutil complejidad, que la misma vida orgánica formará parte de
su matriz funcional. ¡Y hasta vosotros adoptaréis formas nuevas para introduciros en el
ordenador y conducir su programa de diez mirones de años! ¡Sí! Os proyectaré ese
ordenador. Y también le daré un nombre. Se llamará... la Tierra.
Phouchg miró boquiabierto a Pensamiento Profundo.
- ¡Qué nombre tan insípido! -comentó, y grandes incisiones aparecieron a todo lo largo
de su cuerpo. De pronto, Loonquawl sufrió unos cortes horrendos procedentes de ninguna
parte. La consola del ordenador se llenó de manchas y de grietas, las paredes oscilaron y
se derrumbaron y la habitación se precipitó hacia arriba, contra el techo...
Slartibarfast estaba de pie frente a Arthur, sosteniendo los dos alambres.
- Fin de la cinta -explicó.
- iZaphod! i Despierta!
- ¿Eemmmmmhhhheerrrrr?
- Venga, vamos, despierta.

- Déjame hacer una cosa que se me da bien, ¿quieres? -murmuró Zaphod, dándole la
espalda a quien le hablaba y volviéndose a dormir.
- ¿Quieres que te dé una patada? -le dijo Ford.
- ¿Y eso te causaría mucho placer? -replicó débilmente Zaphod.
- No.
- A mí tampoco. Así que no tendría sentido. Deja de fastidiarme - Zaphod se hizo un
ovillo.
- Ha recibido doble dosis de gas -dijo Trillian, mirándolo-: dos tragos.
- Y dejad de hablar -dijo Zaphod-, ya resulta bastante difícil tratar de dormir. ¿Qué pasa
con el suelo? Está todo duro y frío.
- Es oro -le explicó Ford.
Con un pasmoso movimiento de ballet, Zaphod se puso en pie y empezó a otear el
horizonte, porque hasta aquella línea se extendía el suelo áureo en todas direcciones,
macizo y de una suavidad perfecta. Relucía como..., es imposible decir cómo relucía
porque en el Universo nada existe que reluzca exactamente como un planeta de oro
macizo.
- ¿Quién ha puesto ahí todo eso? -gritó Zaphod, con los ojos en blanco.
- No te excites -le aconsejó Ford-. Sólo es un catálogo.
- ¿Un qué?
- Un catálogo -le explicó Trillian-, una ilusión.
- ¿Cómo podéis decir eso? -gritó Zaphod, cayendo a gatas y mirando fijamente al
suelo.
Lo golpeó y lo raspó. Era muy sólido y muy suave y ligero, podía hacerle marcas con
las uñas. Era muy rubio y brillante, y cuando respiró sobre él, su aliento se evaporó de
esa manera tan extraña y especial en que el aliento se evapora sobre el oro macizo.
- Trillian y yo hace rato que recuperamos el sentido -le dijo Ford-. Gritamos y chillamos
hasta que vino alguien, y luego seguimos gritando y chillando hasta que nos trajeron
comida y nos introdujeron en el catálogo de planetas para tenernos ocupados hasta que
estuvieran preparados para atendernos. Todo esto es una grabación en Sensocine.
Zaphod lo miró con rencor.
- ¡Mierda! -exclamó-. ¿Y me despiertas de mi sueño perfecto para mostrarme el de
otro?
Se sentó resoplando.
- ¿Qué es esa serie de valles de allá? -preguntó.
- El contraste -le explicó Ford-. Lo hemos visto.
- No te hemos despertado antes -le dijo Trillian-. El último planeta estaba lleno de
peces hasta la rodilla.

- ¿Peces?
- A cierta gente le gustan las cosas más raras.
- Y antes de eso -terció Ford- tuvimos platino. Un poco soso. Pero pensamos que te
gustaría ver éste.
Hacia donde mirasen, mares luminosos destellaban con una sólida llamarada.
- Muy bonito -comentó Zaphod con aire petulante.
En el cielo apareció un enorme número verde de catálogo. Osciló y cambió, y cuando
volvieron a mirar, el panorama también era diferente.
- ¡Uf! -dijeron a coro.
El mar era púrpura. La playa en la que se encontraban se componía de guijarros
amarillos y verdes: gemas tremendamente preciosas, podría asegurarse. A lo lejos, las
crestas rojas de las montañas eran suaves y onduladas, Más cerca, se levantaba una
mesa de playa con un escarolado parasol malva y borlas plateadas.
En el cielo apareció un letrero enorme que sustituía al número de catálogo: Decía:
Cualesquiera que sean tus gustos, Magrathea puede complacerte. No somos orgullosos.
Y quinientas mujeres completamente desnudas cayeron del cielo en paracaídas.
Al cabo de un momento la escena se desvaneció, dejándolos en una pradera
primaveral llena de vacas.
- ¡Uf! -exclamó Zaphod-. ¡Mis cerebros!
- ¿Quieres hablar de ello? -le dijo Ford.
- Sí, muy bien -aceptó Zaphod, y los tres se sentaron ignorando las escenas que
surgían y se disipaban a su alrededor.
- Esto es lo que me figuro -empezó a decir Zaphod-. Sea lo que sea lo que le ha
ocurrido a mi mente, lo he conseguido. Y lo he logrado de un modo que no podrían
detectar las pantallas de prueba del Gobierno. Y yo no debía saber nada al respecto. Qué
locura, ¿verdad?
Los otros dos asintieron con la cabeza.
- De manera que me pregunto: ¿qué es tan secreto para que yo no pueda decirle a
nadie que lo sé, ni siquiera al Gobierno Galáctico, ni a mí mismo? La respuesta es: no lo
sé. Es evidente. Pero he relacionado unas cuantas cosas y empiezo a adivinar. ¿Cuándo
decidí presentarme a la Presidencia? Poco después de la muerte del presidente Yooden
Vranx. ¿Te acuerdas de Yooden, Ford?
- Sí -dijo Ford-, aquel sujeto que conocimos de muchachos, el capitán arcturiano. Tenía
gracia. Nos dio castañas cuando asaltaste su megavión. Decía que eras el chico más
impresionante que había conocido.
- ¿Qué es todo eso? -preguntó Trillian.
- Historia antigua -le contestó Ford-, de cuando éramos muchachos en Betelgeuse. Los
megaviones arcturianos llevaban la mayor parte de su voluminosa carga entre el Centro
Galáctico y las regiones periféricas. Los exploradores comerciales de Betelgeuse

descubrían los mercados y los arcturianos los abastecían. Había muchas dificultades con
los piratas del espacio antes de que los aniquilaran en las guerras Dordellis, y los
megaviones tenían que dotarse de los escudos defensivos más fantásticos conocidos por
la ciencia galáctica. Eran naves enormes, realmente descomunales. Cuando entraban en
la órbita de un planeta eclipsaban al sol.
»Un día, el joven Zaphod decidió atacar uno con una scooter de tres propulsores a
chorro proyectada para trabajar en la estratosfera. No era más que un crío. Le dije que lo
olvidara, que era el asunto más descabellado que había oído jamás. Yo lo acompañé en
la expedición, porque había apostado un buen dinero a que no lo haría, y no quería que
volviese con pruebas amañadas. ¿Y qué ocurrió? Subimos a su tripropulsor, que él había
preparado convirtiéndolo en algo completamente distinto, recorrimos tres parsecs en cosa
de semanas, entramos todavía no sé cómo en un megavión, avanzamos hacia el puente
blandiendo pistolas de juguete y pedimos castañas. No he visto cosa más absurda. Perdí
un año de dinero para gastos. ¿Y para qué? Para castañas.»
- El capitán era un tipo realmente impresionante, Yooden Vranx -dijo Zaphod-. Nos dio
comida, alcohol, género de las partes más extrañas de la Galaxia, y montones de
castañas, por supuesto, y nos lo pasamos increíblemente bien. Luego nos teletransportó.
Al ala de máxima seguridad de la cárcel estatal de Betelgeuse. Era un tipo excelente.
Llegó a ser Presidente de la Galaxia.
Zaphod hizo una pausa.
En aquellos momentos, la escena que les envolvía se llenó de oscuridad. Una niebla
negra se levantaba a su alrededor y unas formas pesadas se movían furtivamente entre
las sombras. De cuando en cuando rasgaban el aire los ruidos que unos seres ilusorios
hacían al matar a otros seres ilusorios. Es probable que a bastante gente le hubiera
gustado esa clase de cosas hasta el punto de encargarlas por una suma de dinero.
- Ford -dijo Zaphod en voz baja.
- Justo antes de morir, Yooden vino a verme.
- ¿Cómo? Nunca me lo has dicho.
- No.
- ¿Qué te dijo? ¿Para qué fue a verte?
- Me contó lo del Corazón de Oro. La idea de que yo lo robara se le ocurrió a él.
- ¿A él?
- Sí -dijo Zaphod-, y la única posibilidad de robarlo era en la ceremonia de botadura.
Ford lo miró un momento, boquiabierto de asombro, y luego soltó una estrepitosa
carcajada.
- ¿Quieres decirme que te presentaste a la Presidencia de la Galaxia sólo para robar
esa nave?
- Eso es -admitió Zaphod, con la especie de sonrisa que hace que a mucha gente se la
encierre en una habitación de paredes acolchadas.
- Pero ¿por qué? -le preguntó Ford-. ¿Por qué era tan importante poseerla?

- No lo sé -respondió Zaphod-, creo que si supiera conscientemente por qué era tan
importante y para qué la necesitaba, se habría proyectado en las pantallas de las pruebas
cerebrales y no las habría pasado. Creo que Yooden me contó un montón de cosas que
aún siguen bloqueadas.
- De modo que crees que te hiciste un lío en tu propio cerebro como resultado de la
conversación que Yooden mantuvo contigo...
- Tenía una endiablada capacidad de convicción.
- Sí, pero Zaphod, viejo amigo, es preciso que cuides de ti mismo, ¿sabes?
Zaphod se encogió de hombros.
- ¿No tienes ninguna idea de las razones de todo esto? -le preguntó Ford.
Zaphod lo pensó mucho y pareció sentir dudas.
- No -dijo al fin-, me parece que no voy a permitirme descubrir ninguno de mis secretos.
Sin embargo -añadió, tras pensarlo un poco más-, lo comprendo. No confiaría en mí
mismo ni para escupir a una rata.
Un momento después, el último planeta del catálogo desapareció bajo sus plantas y el
mundo real volvió a aparecer.
Estaban sentados en una lujosa sala de espera llena de mesas con tablero de cristal y
premios de proyectos.
Un magratheano de gran talla estaba en pie delante de ellos.
- Los ratones os verán ahora -les dijo.

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Guía del Autoestopista Galáctico Parte XIV

Desde luego, existen muchos problemas relacionados con la vida, entre los cuales
algunos de los más famosos son: ¿Por qué nacemos? ¿Por qué morimos? ¿Por qué
queremos pasar la mayor parte de la existencia llevando relojes de lectura directa?
Hace muchísimos millones de anos, una raza de seres pandimensionales
hiperinteligentes (cuya manifestación física en su propio universo pandimensional no es
diferente a la nuestra) quedó tan harta de la continua discusión sobre el sentido de la vida,
que interrumpieron su pasatiempo preferido de criquet ultrabrockiano (un curioso juego
que incluía golpear a la gente de improviso, sin razón aparente alguna, y luego salir
corriendo) y decidieron sentarse a resolver sus problemas de una vez para siempre.
Con ese fin construyeron un ordenador estupendo que era tan sumamente inteligente,
que incluso antes de que se conectaran sus bancos de datos empezó por Pienso, luego
existo, y llegó hasta inferir la existencia del pudin de arroz y del impuesto sobre la renta
antes de que alguien lograra desconectarlo.
Era del tamaño de una ciudad pequeña.
Su consola principal estaba instalada en un despacho de dirección de un modelo
especial, montada sobre un enorme escritorio de la ultracaoba más fina con el tablero
tapizado de lujoso cuero ultrarrojo. La alfombra oscura era discretamente suntuosa; había
plantas exóticas y elegantes grabados de los programadores principales del ordenador y
de sus familias generosamente desplegados por la habitación, y ventanas magníficas
daban a un patio público bordeado de árboles.
El día de la Gran Conexión, dos programadores sobriamente vestidos llegaron con sus
portafolios y se les hizo pasar discretamente al despacho. Eran conscientes de que aquel
día representaban a toda su raza en su momento más álgido, pero se condujeron con
calma y tranquilidad, se sentaron deferentemente al escritorio, abrieron los portafolios y
sacaron sus libretas de notas encuadernadas en cuero.
Se llamaban Lunkwill y Fook.
Durante unos momentos siguieron sentados en un silencio respetuoso, y luego, tras
intercambiar una tranquila mirada con Fook, Lunkwill se inclinó hacia delante y tocó un
pequeño panel negro.
Un zumbido de lo más tenue indicó que el enorme ordenador había entrado en total
actividad. Tras una pausa, les hablo con una voz resonante y profunda.
- ¿Cuál es esa gran tarea para la cual yo, Pensamiento Profundo, el segundo
ordenador más grande del Universo del Tiempo, he sido creado? - les dijo.
Lunkwill y Fook se miraron sorprendidos.
- Tu tarea, Ordenador... -empezó a decir Fook.
- No, espera un momento, eso no está bien -dijo Lunkwill inquieto-. Hemos proyectado
expresamente este ordenador para que sea el primero de todos, y no nos conformaremos
con el segundo. Pensamiento Profundo -se dirigió al ordenador-, ¿no eres tal como te
proyectamos, el más grande, el más potente ordenador de todos los tiempos?

- Me he descrito como el segundo más grande - entonó Pensamiento Profundo-, y eso
es lo que soy.
Los dos programadores cruzaron otra mirada de preocupación. Lunkwill carraspeo.
- Debe haber algún error -dijo-. ¿No eres más grande que el ordenador Milliard
Gargantusabio de Maximégalon, que puede contar todos los átomos de una estrella en un
milisegundo?
- ¿Nfilliard Gargantusabio? -dijo Pensamiento Profundo con abierto desdén-. Un simple
ábaco; ni lo menciones.
- ¿Y acaso no eres -le dijo Fook, inclinándose ansiosamente hacia delante- mejor
analista que el Pensador de la Estrella Googlepex en la Séptima Galaxia de la Luz y del
Ingenio, que puede calcular la trayectoria de cada partícula de polvo de una tormenta de
arena de cinco semanas de Dangrabad Beta?
- ¿Una tormenta de arena de cinco semanas? -dijo altivamente Pensamiento Profundo-
. ¿Y me preguntas eso a mí, que he examinado hasta los vectores de los átomos de la
Gran Explosión? No me molestéis con cosas de calculadora de bolsillo.
Durante un rato, los dos programadores guardaron un incómodo silencio. Luego,
Lunkwill volvió a inclinarse hacia delante y dijo:
- Pero ¿es que no eres un argumentista más temible que el gran Polemista Neutrón
Omnicognaticio Hiperbólico de Ciceronicus 12, el Mágico e Infatigable?
El gran Polemista Neutrón Omnicognaticio Hiperbólico -dijo Pensamiento Profundo,
alargando las erres- podría dejar sin patas a un megaburro arcturiano a base de charla,
pero sólo yo podría persuadirle para que se fuera después a dar un paseo.
- Entonces, ¿cuál es el problema? -le preguntó Fook.
- No hay ningún problema -afirmó Pensamiento Profundo con tono magnífico y
resonante-. Sencillamente, soy el segundo ordenador más grande del Universo del
Espacio y del Tiempo.
- Pero... ¿el segundo? -insistió Lunkwill-. ¿Por qué afirmas ser el segundo? Seguro que
no pensarás en el Multicorticoide Perpicutrón Titán Muller, ¿verdad? O en el
Ponderamático. O en el...
Luces desdeñosas salpicaron la consola del ordenador.
- Yo no gasto ni una sola unidad de pensamiento en esos papanatas cibernéticos! -
tronó-. ¡Yo sólo hablo del ordenador que me sucederá!
Fook estaba perdiendo la paciencia. Apartó a un lado la libreta de notas y murmuró:
- Me parece que la cosa se está poniendo innecesariamente mesiánica.
- Tú no sabes nada del tiempo futuro -sentenció Pensamiento Profundo-, pero con mi
prolífico sistema de circuitos Yo puedo navegar por las infinitas corrientes de las
probabilidades futuras y ver que un día llegará un ordenador cuyos parámetros de
funcionamiento no soy digno de calcular, pero que en definitiva será mi destino proyectar.
Fook exhaló un hondo suspiro y miró a Lunkwill. - ¿Podemos proseguir y hacerle la
pregunta? -inquirió.

Lunkwill le hizo serías de que esperara.
- ¿De qué ordenador hablas? -preguntó.
- No hablaré más de él por el momento -dijo Pensamiento Profundo-. Y ahora, decidme
qué otra cosa queréis de mis funciones.
Los programadores se miraron y se encogieron de hombros. Fook se dominó y habló.
- ¡Oh, ordenador Pensamiento Profundo! La tarea para la que te hemos proyectado es
la siguiente: Queremos que nos digas... -hizo una pausa- ¡la Respuesta!
- ¿La Respuesta? -repitió Pensamiento Profundo-. ¿La Respuesta a qué?
- ¡A la Vida! - le apremió Fook.
- ¡Al Universo! -exclamó Lunkwill.
- ¡A Todo! -dijeron ambos a coro.
Pensamiento Profundo hizo una breve pausa para reflexionar.
- Difícil -dijo al fin.
- Pero, ¿puedes darla?
- Sí -dijo Pensamiento Profundo-, puedo darla.
De nuevo se produjo una pausa significativa.
- ¿Existe la respuesta? -inquirió Fook, jadeando de emoción.
- ¿Una respuesta sencilla? -añadió Lunkwill.
- Sí -respondió Pensamiento Profundo-. A la Vida, al Universo y a Todo. Hay una
respuesta. Pero -añadió - tengo que pensarla.
Un alboroto repentino destruyó la emoción del momento: la puerta se abrió de golpe y
dos hombres furiosos, que llevaban las túnicas de azul desteñido y las bandas de la
Universidad de Cruxwan, irrumpieron en la habitación, apartando a empujones a los
ineficaces lacayos que trataban de impedirles el paso.
- ¡Exigimos admisión! -gritó el más joven de los intrusos, dando un codazo en la
garganta a una secretaria guapa Y joven.
- ¡Vamos! ¡No podéis dejarnos fuera! -gritó el de más edad, echando a empujones por
la puerta a un programador subalterno.
- ¡Exigimos que no podéis dejarnos fuera! -chilló el más joven, aunque ya estaba dentro
de la habitación y no se hacían más intentos de detenerlo.
- ¿Quiénes sois? -preguntó Lunkwill irritado, levantándose de su asiento-. ¿Qué
queréis?
- ¡Yo soy Majikthise! -anunció el de más edad.
- ¡Y yo exijo que soy Vroomfondel! -gritó el más joven.

- Vale -dijo Majikthise volviéndose hada Vroomfondel con furia y explicándole-: No es
necesario que exijas eso.
- ¡De acuerdo! -aulló Vroomfondel, dando un puñetazo en un escritorio-. ¡Soy
Vroomfondel, y eso tío es una exigencia, sino un hecho incontrovertible! ¡Lo que nosotros
exigimos son hechos incontrovertibles!
- ¡No, no es eso! -exclamó airadamente Majikthise-. ¡Eso es precisamente lo que no
exigimos!
- ¡No exigimos hechos incontrovertibles! -gritó Vroomfondel, sin casi detenerse a tomar
aliento-. ¡Lo que exigimos es una total ausencia de hechos incontrovertibles! ¡Exijo que yo
sea o no sea Vroomfondel!
- Pero ¿qué demonios sois vosotros? -exclamó Fook, ofendido.
- Nosotros -anunció Majikthise somos filósofos.
- Aunque quizá no lo seamos -añadió Vroomfondel, moviendo un dedo en señal de
advertencia a los programadores.
- Sí, lo somos -insistió Majikthise-. Estamos precisamente aquí en representación de la
Unión Amalgamada de Filósofos, Sabios, Luminarias y Otras Personas Pensantes, ¡y
queremos que se desconecte esa máquina ahora mismo!
- ¿Cuál es el problema? -inquirió Lunkwill.
- Te diré cuál es el problema, compañero -dijo Majikthise -¡demarcación, ése es el
problema!
- ¡Exigimos -gritó Vroomfondel- que la demarcación pueda o no pueda ser el problema!
- Dejad que las máquinas sigan haciendo sumas -advirtió Majikthise-, y nosotros nos
ocuparemos de las verdades eternas, muchas gracias. Si queréis comprobar vuestra
situación legal, hacedlo, compañeros. Según la ley, la Búsqueda de la Verdad Ultima es,
con toda claridad, la prerrogativa inalienable de los obreros pensadores. Si cualquier
máquina puñetera va y la encuentra, nosotros nos quedamos inmediatamente sin trabajo,
¿verdad? ¿Qué sentido tiene que nosotros nos quedemos levantados casi toda la noche
discutiendo la existencia de Dios, si esa máquina se pone a funcionar y os da su puñetero
número de teléfono a la mañana siguiente?
- ¡Eso es -aulló Vroomfondel-, exigimos áreas rígidamente definidas de duda y de
incertidumbre!
De pronto, una voz atronadora retumbó por la habitación.
- ¿Podría hacer yo una observación a esa cuestión? -inquirió Pensamiento Profundo.
- ¡Iremos a la huelga! -gritó Vroomfondel.
- ¡Eso es! -convino Majikthise-. ¡Tendréis que véroslas con una huelga nacional de
Filósofos!
El zumbido que había en la habitación se incremento repentinamente cuando varias
unidades auxiliares de los tonos graves, montadas en altavoces sobriamente labrados y
barnizados, entra ron en funcionamiento por toda la habitación para dar más potencia a la
voz de Pensamiento Profundo.

- Lo único que quería decir -bramó el ordenador- es que en estos momentos mis
circuitos están irrevocablemente ocupados en calcular la respuesta a la Pregunta Ultima
de la Vida, del Universo y de Todo - hizo una pausa y se cercioró de que todos le
atendían antes de proseguir en voz más baja-: Pero tardaré un poco en desarrollar el
programa.
Fook miró impaciente su reloj.
- ¿Cuánto? -preguntó.
- Siete millones y medio de años -contesto Pensamiento Profundo.
Lunkwill y Fook se miraron y parpadearon.
- ¡Siete millones y medio de años...! -gritaron a coro.
- Sí -exclamó Pensamiento Profundo-, he dicho que tenía que pensarlo, ¿no es así? Y
me parece que desarrollar un programa semejante puede crear una enorme cantidad de
publicidad popular para toda el área de la filosofía en general. Todo el mundo elaborará
sus propias teorías acerca de cuál será la respuesta que al fin daré, ¿y quién mejor que
vosotros para capitalizar el mercado de los medios de comunicación? Mientras sigáis en
desacuerdo violento entre vosotros y os destrocéis mutuamente en periódicos
sensacionalistas, y en la medida en que dispongáis de agentes inteligentes, podréis
continuar viviendo del cuento hasta que os muráis. ¿Qué os parece?
Los dos filósofos lo miraron boquiabiertos.
- ¡Caray! -exclamó Majikthise-. ¡Eso es lo que yo llamo pensar! Oye, Vroomfondel, ¿por
qué no hemos pensado nunca en eso?
- No lo sé -respondió Vroomfondel con un susurro reverente-, creo que nuestros
cerebros deben estar sobreenterados, Majikthise.
Y diciendo esto, dieron media vuelta, salieron de la habitación y adoptaron un tren de
vida que superó sus sueños más ambiciosos.

- Sí, es algo muy provechoso -comentó Arthur, después de que Slartibarfast le contara
los puntos más sobresalientes de esta historia-, pero no entiendo qué tiene que ver todo
eso con la Tierra, los ratones y lo demás.
- Esta no es más que la mitad de la historia, terráqueo -le advirtió el anciano-. Si
quieres saber lo que ocurrió siete millones y medio de años después, en el gran día de la
Respuesta, permíteme invitarte a mi despacho, donde podrás observar por ti mismo los
acontecimientos en nuestras grabaciones en Sensocine. Es decir, si no quieres dar un
paseo rápido por la superficie de la Nueva Tierra. Me temo que está a medio terminar;
aún no hemos acabado de enterrar en la corteza los esqueletos de los dinosaurios
artificiales, y luego tenemos que poner los períodos Terciario y Cuaternario de la Era
Cenozoica, y...

- No, gracias -dijo Arthur-, no sería lo mismo.
- No, no sería igual -convino Slartibarfast, virando en redondo el aerodeslizador y
poniendo rumbo de nuevo hacia la pasmosa pared.

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Guía del Autoestopista Galáctico Parte XIII

En la superficie de Magrathea, Arthur paseaba con aire malhumorado.
Muy atento, Ford le había dejado su ejemplar de la Guía del autoestopista galáctico
para que se entretuviera con ella. Apretó unos botones al azar.
La Guía del autoestopista galáctico es un libro de redacción muy desigual, y contiene
muchos pasajes que a sus redactores les pareció buena idea en su momento.
Uno de esos fragmentos (con el que se topó Arthur) relata las hipotéticas experiencias
de un tal Veet Voojagig, un joven y tranquilo estudiante de la Universidad de Maximegalón
que llevaba una brillante carrera académica estudiando filología antigua, ética generativa
y la teoría de la onda armónica de la percepción histórica, y que luego, tras una noche
que pasó bebiendo detonadores gargáricos pangalácticos con Zaphod Beeblebrox, se fue
obsesionando cada vez más con el problema de lo que había pasado con todos los otros
que había comprado durante los últimos años.
A ello siguió un largo período de investigaciones laboriosas durante el cual visitó todos
los centros importantes de pérdidas de biros por toda la galaxia y que concluyó con una
pequeña y original teoría que, en su momento, prendió en la imaginación del público.
Decía que en alguna parte del cosmos, junto a todos los planetas habitados por
humanoides, reptiloides, ictioides, arboroides ambulantes y matices superinteligentes del
color azul, existía también un planeta enteramente poblado por seres biroides. Y hacia él
se dirigirían los biros desatendidos, deslizándose suavemente por agujeros de gusanos
en el espacio hacia un mundo donde eran conscientes de disfrutar de una forma de vida
exclusivamente biruide que respondía a altos estímulos biro-orientados y que
generalmente conducían al equivalente biroide de la buena vida.
En cuanto a teoría, pareció estupenda y simpática hasta que Veet Voojagig afirmó de
repente que había encontrado ese planeta y bahía trabajado como conductor de un
automóvil lujoso para una familia de vulgares retráctales verdes, que después lo
prendieron, lo encerraron, y después de que él escribiera un libro, finalmente lo enviaron

al exilio tributario, que es destino normalmente reservado para aquellos que se deciden a
hacer el ridículo en público.
Un día se envió una expedición a las coordenadas espaciales donde Voojagig había
afirmado que se encontraba su planeta, y solamente se descubrió un asteroide pequeño
habitado por un anciano solitario que declaró repetidas veces que nada era verdad,
aunque más tarde se averiguó que mentía.
Sin embargo, dos cuestiones siguieron sin aclararse: los misteriosos 60.000 dólares
altairianos que se depositaban anualmente en su cuenta bancaria de Brantisvogan, y, por
supuesto, el negocio de biros de segunda mano que tan rentable le resultaba a Zaphod
Beeblebrox.
Tras leer esto, Arthur dejó el libro.
El robot seguía sentado en el mismo sitio, completamente inerte.
Arthur se levantó y se acercó a la cima del cráter. Paseó por el borde. Contempló una
magnífica puesta de dos soles en el cielo de Magrathea.
Volvió a bajar al cráter. Despertó al robot, porque era mejor hablar con un robot
maníaco-depresivo que con nadie.
- Se está haciendo de noche -dijo-. Mira, robot, están saliendo las estrellas.
Desde las profundidades de una nebulosa oscura sólo pueden verse muy débilmente
unas pocas estrellas, pero allí se distinguían con claridad.
Obediente, el robot las miró y luego apartó los ojos.
- Lo sé -dijo-. Detestable, ¿verdad?
- ¡Pero ese crepúsculo! Nunca he visto nada igual ni en mis sueños más
demenciales.... ¡dos soles! Como montañas de fuego fundiéndose en el espacio.
- Lo he visto -dijo Marvin-, es una necedad.
- En nuestro planeta sólo teníamos un sol -insistió Arthur-, soy de un planeta llamado
Tierra, ¿sabes?
- Lo sé -dijo Marvin-, no paras de hablar de ello. Me suena horriblemente.
- ¡Oh, no!, era un sitio precioso.
- ¿Tenía océanos? -inquirió Marvin.
- Claro que sí -dijo Arthur, suspirando-, enormes y agitados océanos azules...
- No soporto los océanos -dijo Marvin.
- Dime, ¿te llevas bien con otros robots? -le preguntó Arthur.
- Los odio -respondió Marvin-. ¿Adónde vas?
Arthur no podía aguantar más. Volvió a levantarse.
- Me parece que voy a dar otro paseo -dijo.

- No te lo reprocho -repuso Marvin, contando quinientos noventa y siete mil millones de
ovejas antes de volver a dormirse un segundo después.
Arthur se palmeó los brazos para estimularse la circulación y sentir un poco más de
entusiasmo por su tarea. Con pasos pesados, volvió a la pared del cráter.
Como la atmósfera era muy tenue y no había luna, la noche caía con mucha rapidez y
en aquellos momentos ya estaba muy oscuro. Debido a todo ello, Arthur prácticamente
chocó con el anciano antes de verlo.
Estaba en pie, de espaldas a Arthur, contemplando cómo los últimos destellos de luz
desaparecían en la negrura del horizonte. Era más bien alto, de edad avanzada y vestía
una larga túnica gris. Al volverse, su rostro era delgado y distinguido, Heno de inquietud
pero no severo; la clase de rostro en que uno confía alegremente. Pero aún no se había
girado, ni siquiera reaccionó al grito de sorpresa de Arthur.
Finalmente desaparecieron por completo los últimos rayos de Sol. Su rostro seguía
recibiendo luz de alguna parte, y cuando Arthur buscó su origen, vio que a unos metros de
distancia había una especie de embarcación: un aerodeslizador, supuso Arthur.
Derramaba un tenue haz luminoso a su alrededor.
El desconocido miró a Arthur; al parecer, con tristeza.
- Habéis escogido una noche fría para visitar nuestro planeta muerto -dijo.
- ¿Quién... es usted? -tartamudeó Arthur.
El anciano apartó la mirada. Una expresión de tristeza pareció cruzar de nuevo por su
rostro.
- Mi nombre no tiene importancia -dijo.
Parecía estar pensando en algo. Era evidente que no tenía mucha prisa por entablar
conversación. Arthur se sintió incómodo.
- Yo... humm..., me ha asustado usted... -dijo débilmente.
El desconocido volvió a mirar en torno suyo y enarcó levemente las cejas.
- ¿Hmmm? -dijo.
- He dicho que me ha asustado usted.
- No te alarmes, no te haré daño.
- ¡Pero usted nos ha disparado! -exclamó Arthur, frunciendo el ceño-. Había unos
proyectiles...
El anciano miró al hueco del cráter. El ligero destello que lanzaban los ojos de Marvin
arrojaban débiles sombras rojas sobre el gigantesco cadáver de la ballena.

El desconocido sonrió ligeramente.
- Es un dispositivo automático -dijo, dejando escapar un leve suspiro-. Ordenadores
antiguos colocados en las entrañas del planeta cuentan los oscuros milenios mientras los
siglos flotan pesadamente sobre sus polvorientos bancos de datos. Me parece que de vez
en cuando disparan al azar para mitigar la monotonía.
- Lanzó una mirada grave a Arthur y añadió-: Soy un gran entusiasta del silencio,
¿sabes?
- ¡Ah...!, ¿de veras? -dijo Arthur, que empezaba a sentirse desconcertado ante los
modales curiosos y amables de aquel hombre.
- Pues sí -dijo el anciano, quien, simplemente, dejó de hablar otra vez.
- ¡Ah! Hmm -dijo Arthur, que tenía la extraña sensación de ser como un hombre a quien
sorprende cometiendo adulterio el marido de su pareja, que entra en la alcoba, se cambia
de pantalones, hace unos comentarios vagos sobre el tiempo y se vuelve a marchar.
- Pareces incómodo -dijo el anciano con atento interés.
- Pues no... ; bueno, sí. Mire usted, en realidad no esperábamos encontrar a nadie por
aquí. Suponíamos que todos estaban muertos o algo así...
- ¿Muertos? -dijo el anciano-. ¡Santo cielo, no! Sólo estábamos dormidos.
- ¿Dormidos? -repitió incrédulamente Arthur.
- Sí, durante la recesión económica, ¿comprendes? -dijo el anciano, sin que al parecer
le importase si Arthur entendía o no una palabra de lo que le estaba diciendo.
- ¿Recesión económica?
- Sí, mira, hace cinco millones de años la economía galáctica se derrumbó, y en vista
de que los planetas de encargo constituían un artículo de lujo... - hizo una pausa y miró a
Arthur, preguntándole en tono solemne-: Sabes que construíamos planetas, ¿verdad?
- Pues sí -contesto Arthur-, en cierto modo me lo había figurado...
- Un oficio fascinante -dijo el anciano con una expresión de nostalgia en los ojos-; hacer
la línea de la costa siempre era mi parte favorita. Solía divertirme enormemente dibujando
los pequeños detalles de los fiordos... ; así que, de todos modos -añadió, tratando de
recobrar el hilo -llegó la recesión económica y decidimos que nos ahorraríamos muchas
molestias si nos limitáramos a dormir mientras durase. De manera que programamos a
los ordenadores para que nos despertaran cuanto terminase del todo.
El anciano suprimió un bostezo muy leve y prosiguió:
- Los ordenadores tenían una señal conectada con los índices del mercado de valores
galáctico, para que reviviéramos cuando todo el mundo hubiera recuperado la economía
lo suficiente para poder contratar nuestros servicios, bastante caros.
Arthur, que era un lector habitual del Guardián, se sorprendió mucho al oír aquello.
- ¿Y no es una manera de comportarse bastante desagradable?
- ¿Lo es? -preguntó suavemente el anciano-. Lo siento, no estoy muy al corriente.

Señaló al cráter.
- ¿Es tuyo ese robot? -preguntó.
- No -dijo una voz tenue y metálica desde el cráter-. Soy mío.
- Si se le quiere llamar robot... -murmuró Arthur-. Más bien es una máquina electrónica
de resentimiento.
- Tráelo para acá -dijo el anciano. Arthur se sorprendió mucho al notar un repentino
énfasis de decisión en la voz del anciano. Llamó a Marvin, que trepó por la pendiente,
fingiendo una aparatosa cojera que no tenía.
- Pensándolo mejor -dijo el anciano-, déjalo ahí. Tú tienes que venir conmigo. Se están
preparando grandes cosas.
Se volvió hacia su nave que, aunque al parecer no se había emitido señal alguna,
empezó a avanzar suavemente hacia ellos entre la oscuridad.
Arthur miró a Marvin, que se dio la vuelta con la misma aparatosidad que antes y volvió
a bajar laboriosamente por el cráter murmurando para sí agrias naderías.
- Vamos -dijo el anciano-, vámonos ya o llegarás tarde.
- ¿Tarde? -dijo Arthur-. ¿Para qué?
- ¿Cómo te llamas, humano?
- Dent, Arthur Dent -dijo Arthur.
- Tarde, tanto como si fueras el extinto Dentarthurdent -dijo el anciano con voz firme-.
Es una especie de amenaza, ¿sabes?
Otra expresión de nostalgia surgió de sus ojos fatigados.
Arthur entornó los ojos.
- ¡Qué persona tan extraordinaria! -murmuró para sí.
- ¿Cómo has dicho? -preguntó el anciano.
- Nada, nada, lo siento -dijo Arthur, confundido-. Bueno, ¿adónde vamos?
- Entremos en mi aerodeslizador -dijo el anciano, indicando a Arthur que subiera a la
nave que se había detenido en silencio junto a ellos-. Vamos a descender a las entrañas
del planeta, donde en estos momentos nuestra raza revive de su sueño de cinco millones
de años. Magrathea despierta.
Arthur sufrió un escalofrío involuntario al sentarse junto al anciano. Lo extraño de todo
aquello, el movimiento silencioso y fluctuante de la nave al remontarse en el cielo
nocturno, le inquietó profundamente.
Miró al anciano, que tenía el rostro iluminado por el débil resplandor de las tenues luces
del cuadro de mandos.
- Disculpe -le dijo-, ¿cómo se llama usted, a todo esto?
-¿Que cómo me llamo? -dijo el anciano, y la misma tristeza lejana volvió a su rostro.
Hizo una pausa y prosiguió: -
- Me llamo... Slartibarfast.
Arthur casi se atraganto.
- ¿Cómo ha dicho? -farfulló.
- Slartibarfast -repitió con calma el anciano.
- ¿Slartibarfast?
El anciano le miró con gravedad.
- Ya te dije que no tenía importancia -comentó.
El aerodeslizador siguió su camino en medio de la noche.

Es un hecho importante y conocido que las cosas no siempre son lo que parecen. Por
ejemplo, en el planeta Tierra el hombre siempre supuso que era más inteligente que los
delfines porque había producido muchas cosas -la rueda, Nueva York, las guerras,
etcétera-, mientras que los delfines lo único que habían hecho consistía en juguetear en el
agua y divertirse. Pero a la inversa, los delfines siempre creyeron que eran mucho más
inteligentes que el hombre, precisamente por las mismas razones.
Curiosamente, los delfines conocían desde tiempo atrás la inminente destrucción del
planeta Tierra, y realizaron muchos intentos para advertir del peligro a la humanidad; pero
la mayoría de sus comunicaciones se interpretaron mal, considerándose como
entretenidas tentativas de jugar al balón o de silbar para que les dieran golosinas, así que
finalmente desistieron y dejaron que la Tierra se las arreglara por sí sola, poco antes de la
llegada de los vogones. El último mensaje de los delfines se interpretó como un intento
sorprendente y complicado de realizar un doble salto mortal hacia atrás pasando a través
de un aro mientras silbaban el «Star Spangled Banner», pero en realidad el mensaje era
el siguiente:
Hasta luego, y gracias por los pescados.
Efectivamente, en el planeta sólo existía una especie más inteligente que los delfines, y
pasaba la mayor parte del tiempo en laboratorios de investigación conductista corriendo
en el interior de unas ruedas y llevando a cabo alarmantes, sutiles y elegantes
experimentos sobre el hombre. El hecho de que los humanos volvieran a interpretar mal
esa relación, correspondía enteramente a los planes de tales criaturas.

La pequeña nave se deslizaba silenciosa por la fría oscuridad: un fulgor suave y
solitario que surcaba la negra noche magratheana. Viajaba deprisa. El compañero de
Arthur parecía sumido en sus propios pensamientos, y cuando en un par de ocasiones
trató Arthur de entablar conversación, el anciano se limitó a contestar: preguntándole si
estaba cómodo, sin añadir nada más.
Arthur intentó calcular la velocidad a que viajaban, pero la oscuridad exterior era
absoluta y carecía de puntos de referencia. La sensación de movimiento era tan suave y
ligera, que casi estaba a punto de creer que no se movían en absoluto.
Entonces, un tenue destello de luz apareció en el horizonte y al cabo de unos segundos
aumentó tanto de tamaño, que Arthur comprendió que se dirigía hacia ellos a velocidad
colosal, y trató de averiguar qué clase de vehículo podría ser. Miró pero no pudo distinguir
claramente su forma, y de pronto jadeó alarmado cuando el aerodeslizador se inclinó
abruptamente y se precipitó hacia abajo en una trayectoria que seguramente acabaría en
colisión. Su velocidad relativa parecía increíble, y Arthur apenas tuvo tiempo de respirar
antes de que todo terminara. Lo primero que percibió fue una demencial mancha plateada
que parecía rodearle. Volvió la cabeza con brusquedad y vio un pequeño punto negro que
desaparecía rápidamente tras ellos, a lo lejos, y tardó varios segundos en comprender lo
que había pasado.
Se habían introducido en un túnel excavado en el suelo. La velocidad colosal era la que
ellos llevaban en dirección al destello luminoso, que era un agujero inmóvil en el suelo, la
embocadura del túnel. La demencial mancha plateada era la pared circular del túnel por
donde iban disparados, al parecer, a varios centenares de kilómetros a la hora.
Aterrado, cerré los ojos.
Al cabo de un tiempo que no trató de calcular, sintió una leve disminución de la
velocidad, y un poco más tarde comprendió que iban deteniéndose suavemente, poco a
poco.
Volvió a abrir los ojos. Aún seguían en el túnel plateado, abriéndose paso, colándose,
entre una intrincada red de túneles convergentes. Finalmente se detuvieron en una
pequeña cámara de acero ondulado. Allí iban a parar varios túneles y, al otro extremo de
la cámara, Arthur vio un ancho círculo de luz suave e irritante. Era molesta porque jugaba
malas pasadas a los ojos, era imposible orientarse bien o decir cuán lejos o cerca estaba.
Arthur supuso (equivocándose por completo) que sería ultravioleta.
Slartibarfast se dio la vuelta y miró a Arthur con sus graves ojos de anciano.
- Terráqueo -le dijo-, ya estamos en las profundidades de Magrathea.
- ¿Cómo sabía que soy terráqueo? -inquirió Arthur.
- Ya comprenderás estas cosas -respondió amablemente el anciano, que añadió con
una leve duda en la voz-: Al menos las verás con mayor claridad que en estos momentos.
Y prosiguió:
- He de advertirte que la cámara a la que estamos a punto de entrar, no existe
literalmente en el interior de nuestro planeta. Es un poco... ancha. Vamos a cruzar una
puerta y a entrar en un vasto tramo de hiperespacio. Tal vez te inquiete.
Arthur hizo unos ruidos nerviosos.
Slartibarfast tocó un botón y, en un tono que no era muy tranquilizador, añadió:
- A mí me da escalofríos de temor. Agárrate bien.
El vehículo saltó hacia delante, justo por en medio del círculo luminoso, y Arthur tuvo
súbitamente una idea bastante clara de lo que era el infinito.
En realidad, no era el infinito. El infinito tiene un aspecto plano y sin interés. Si se mira
al cielo nocturno, se atisba el infinito: la distancia es incomprensible y, por tanto, carece
de sentido. La cámara en que emergió el aerodeslizador era cualquier cosa menos
infinita; sólo era extraordinariamente grande, tanto que daba una impresión mucho más
aproximada de infinito que el mismo infinito.
Arthur percibió que sus sentidos giraban y danzaban al viajar a la inmensa velocidad
que, según sabía, alcanzaba el areodeslizador; ascendían lentamente por el aire dejando
tras ellos la puerta por la que habían pasado como un alfilerazo en el débil resplandor de
la pared.
La pared.
La pared desafiaba la imaginación, la atraía y la derrotaba. Era tan pasmosamente
larga y alta, que su cima, fondo y costados se desvanecían más allá del alcance de la
vista: sólo la impresión de vértigo que daba era capaz de matar a un hombre.
Parecía absolutamente plana. Se hubiera necesitado el equipo de medición láser más
perfecto para descubrir que, a medida que subía, hasta el infinito al parecer, a medida que
caía vertiginosamente, y a medida que se extendía a cada lado, se iba haciendo curva.
Volvía a encontrarse a sí misma a trece segundos-luz. En otras palabras, la pared
formaba la parte interior de una esfera hueca con un diámetro de unos cuatro millones y
medio de kilómetros y anegada de una luz increíble.
- Bienvenido -dijo Slartibarfast mientras la manchita diminuta que formaba el
aerodeslizador, que ahora viajaba a tres veces la velocidad del sonido, avanzaba de
manera imperceptible en el espacio sobrecogedor-, bienvenido a la planta de nuestra
fábrica.
Arthur miró a su alrededor con una especie de horror maravillado. Colocados delante
de ellos, a una distancia que no podía juzgar ni adivinar siquiera, había una serie de
suspensiones curiosas, delicadas tracerías de metal y de luz colgaban junto a vagas
formas esféricas que flotaban en el espacio.
- Mira -dijo Slartibarfast-, aquí es donde hacemos la mayor parte de nuestros planetas.-
- ¿Quiere decir -dijo Arthur, tratando de encontrar las palabras-, quiere decir que ya van
a empezar otra vez?
- ¡No, no! ¡Santo cielo, no! -exclamó el anciano-. No, la Galaxia todavía no es lo
suficientemente rica para mantenernos. No, nos han despertado para realizar solamente
un encargo extraordinario para unos... clientes muy especiales de otra dimensión. Quizá
te interese... allá, a lo lejos, frente a nosotros.
Arthur siguió la dirección del dedo del anciano hasta distinguir el armazón flotante que
señalaba. Efectivamente, era la única estructura que manifestaba indicios de actividad,
aunque se trataba más de una impresión subliminal que de algo palpable.
Sin embargo, en aquel momento un destello de luz formó un arco en la estructura y
mostró con claro relieve los contornos que se formaban en la oscura esfera interior.
Contornos que Arthur conocía, formas ásperas y apelmazadas que le resultaban tan
familiares corno la configuración de las palabras, que eran parte de los enseres de su
mente. Durante unos momentos permaneció en un silencio pasmado mientras las
imágenes se agolpaban en su cerebro y trataban de encontrar un sitio donde resolverse y
encontrar su sentido.
Parte de su mente le decía que sabía perfectamente lo que estaba buscando y lo que
representaban aquellas formas, y otra parte rechazaba con bastante sensatez la admisión
de semejante idea, negándose a seguir pensando en tal sentido.
Volvió a surgir el destello, y esta vez no cabía duda.
- La Tierra... -musitó Arthur.
- Bueno, en realidad es la Tierra número Dos -dijo alegremente Slartibarfast-. Estamos
haciendo una reproducción de nuestra cianocopia original.
Hubo una pausa.
- ¿Está tratando de decirme -inquirió Arthur con voz lenta y controlada- que ustedes...
hicieron originalmente la Tierra?
- Claro que sí -dijo Slartibarfast-. ¿Has ido alguna vez a un sitio que... me parece que
se llamaba Noruega?
- No -contesto Arthur-, no he ido nunca.
- Qué lástima -comentó Slartibarfast-, eso fue obra mía. Ganó un premio, ¿sabes?
¡Qué costas tan encantadoras y arrugadas! Lo sentí mucho al enterarme de su
destrucción.
- ¡Que lo sintió!
- Sí. Cinco minutos después no me habría importado tanto. Fue un error espantoso.
- ¡Cómo! -exclamó Arthur.
- Los ratones se pusieron furiosos.
- ¡Que los ratones se pusieron furiosos!
- Pues sí -dijo el anciano con voz suave.
- Y me figuro que lo mismo se pondrían los perros, los gatos y los ornitorrincos, pero...
- ¡Ah!, pero ellos no habían pagado para verlo, ¿verdad?
- Mire -dijo Arthur-, ¿no le ahorraría un montón de tiempo si me diera por vencido y me
volviese loco ahora mismo?
Durante un rato el aerodeslizador voló en medio de un silencio embarazoso. Luego, el
anciano trató pacientemente de dar una explicación.
- Terráqueo, el planeta en el que vivías fue encargado, pagado y gobernado por
ratones. Quedó destruido cinco minutos antes de alcanzarse el propósito para el cual se
proyectó, y ahora tenemos que construir otro.
Arthur sólo se quedó con una palabra.
- ¿Ratones? -dijo.
- Efectivamente, terráqueo.
- Lo siento, escuche.... ¿estamos hablando de las pequeñas criaturas peludas que
tienen una fijación con el queso y ante los cuales las mujeres se subían gritando encima
de las mesas en las comedias televisivas a principios de los sesenta?
Slartibarfast tosió cortésmente.
- Terráqueo -dijo-, resulta un poco difícil seguir tu manera de hablar. Recuerda que he
estado dormido en el interior de este planeta de Magrathea durante cinco millones de
años y no sé mucho de esas comedias televisivas de los primeros sesenta de que me
hablas. Mira, esas criaturas que tú llamas ratones, no son enteramente lo que parecen.
No son más que la proyección en nuestra dimensión de seres pandimensionales
sumamente hiperinteligentes. Todo eso del queso y de los gritos no es más que una
fachada.
El anciano hizo una pausa y, con una mueca simpática, prosiguió:
- Me temo que han hecho experimentos con vosotros.
Arthur pensó aquello durante un segundo, y luego se le iluminó el rostro.
- ¡Ah, no! -dijo-. Ya veo el origen del malentendido. No, mire usted, lo que pasó es que
nosotros hacíamos experimentos con ellos. Con frecuencia se les utilizaba en
investigaciones conductistas, Pavlov y todas esas cosas. De manera que lo que pasó fue
que a los ratones se les presentaba todo tipo de pruebas, aprendían a tocar campanillas y
a correr por laberintos y cosas así, para luego analizar todas las características del
proceso de aprendizaje. Por la observación de su conducta, nosotros aprendíamos todo
tipo de cosas sobre la nuestra...
La voz de Arthur se apagó.
- Es de admirar... -dijo Slartibarfast- semejante sutileza.
- ¿Cómo? -dijo Arthur.
- Qué cosa mejor para ocultar su verdadera naturaleza, para guiar mejor vuestras
ideas: correr de pronto por el lado erróneo de un laberinto, comer el trozo equivocado de
queso, caer repentinamente muertos de mixomatosis...; si eso se calcula adecuadamente,
el efecto acumulativo es enorme.
Hizo una pausa para causar efecto.
- Mira, terráqueo, son seres pandimensionales realmente listos y especialmente
hiperinteligentes. Vuestro planeta y vuestra gente han formado la matriz de un ordenador
orgánico que realizaba un programa de investigación de diez millones de años... Permite
que te cuente toda la historia. Llevará un poco de tiempo.
- El tiempo -dijo débilmente Arthur- no suele ser uno de mis problemas.

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Guía del Autoestopista Galáctico Parte XII

Y lo que ocurrió a continuación fue que el Corazón de Oro siguió su ruta con absoluta
normalidad y algunas modificaciones bastante atractivas en su interior. Era un poco más
amplia, y acabada con unos delicados matices de verde y azul pastel. En el medio, entre
un follaje de helechos y flores amarillas se alzaba una escalera de caracol, y junto a ella
había un pedestal de piedra que albergaba la terminal del ordenador principal. Luces y
espejos hábilmente desplegados creaban la ilusión de estar en un invernadero que daba a
una amplia extensión de jardines cuidados con esmero exquisito. En torno a la zona
periférico del invernadero había mesas con tablero de mármol y patas de hierro forjado de
bello e intrincado dibujo. Cuando se miraba a la superficie reluciente del mármol, se veía
la vaga forma de los instrumentos, y cuando se pasaba la mano por encima los aparatos
se materializaban al instante. Si se los miraba desde la posición adecuada, los espejos
parecían reflejar todos los datos precisos, aunque no estaba nada claro de dónde
provenían. Efectivamente, era muy bonito.
Acomodado en un sillón de mimbre, Zaphod Beeblebrox dijo:
- ¿Qué demonios ha pasado?
- Pues yo acabo de decir -dijo Arthur, que reposaba junto a un estanque pequeño lleno
de peces- que ahí hay un interruptor de esa Energía de Improbabilidad...
Señaló a donde estaba antes. Ahora había un tiesto con una planta.
- Pero, ¿dónde estamos? -dijo Ford, que estaba sentado en la escalera de caracol, con
un detonador gargárico pangaláctico bien frío en la mano.
- Exactamente donde estábamos, creo... -dijo Trillian, mientras los espejos les
mostraban súbitamente una imagen del marchito paisaje de Magrathea, que seguía
pasando velozmente bajo ellos.
Zaphod se puso en pie de un salto.
- Entonces, ¿qué ha pasado con los proyectiles atómicos? -preguntó.
En los espejos apareció una imagen nueva y pasmosa.
- Resultará -dijo Ford en tono de duda- que se han convertido en un tiesto de petunias
y en una ballena muy sorprendida...
- Con un Factor de Improbabilidad -terció Eddie, que no había cambiado en absolutode
ocho millones setecientos sesenta y siete mil ciento veintiocho contra uno.
Zaphod miró fijamente a Arthur.
- ¿Pensaste en eso, terráqueo? -le preguntó.
- Pues yo, lo único que hice fue... -dijo Arthur.
- Fue una idea excelente, ¿sabes? Conectar durante un segundo la Energía de
Improbabilidad sin activar primero las pantallas aislantes. Oye, muchacho, nos has
salvado la vida, ¿lo sabías?
-Pues, bueno -dijo Arthur-, en realidad no fue nada...
- ¿De veras? -dijo Zaphod-. Muy bien, entonces olvídalo. Bueno, ordenador, llévanos a
tierra.
- Pero...
- He dicho que lo olvides.
Otra cosa que se olvidó fue el hecho de que, contra toda probabilidad, se había creado
una ballena a varios Kilómetros por encima de la superficie de un planeta extraño.
Y como, naturalmente, ésa no es una situación sostenible para una ballena, la pobre
criatura inocente tuvo muy poco tiempo para acostumbrarse a su identidad de ballena
antes de perderla para siempre.
Esta es una relación completa de sus pensamientos desde el instante en que comenzó
su vida hasta el momento en que terminó.
«¡Ah...! ¿Qué pasa? -pensó.
»Hmm, discúlpeme, ¿quién soy yo?
»¿Hola?» ¿Por qué estoy aquí? ¿Cuál es el objeto de mi vida?
»¿Qué quiere decir quién soy yo?
»Tranquila, cálmate ya... ¡Oh, qué sensación tan interesante! ¿Verdad? Es una especie
de... bostezante, hormigueante sensación en mi... mi.... bueno, creo que será mejor
empezar a poner nombre a las cosas si quiero abrirme paso en lo que, por mor de lo que
llamaré un argumento, denominaré mundo, así que diremos en mi estómago.
»Bien. ¡Oooh, esto marcha muy bien! Pero ¿qué es ese ruido grandísimo y silbante que
me pasa por lo que de pronto voy a llamar la cabeza? Quizá lo pueda llamar... ¡viento!
¿Es un buen nombre? Servirá..., tal vez encuentre otro mejor más adelante, cuando
averigüe para qué sirve. Debe ser algo muy importante, porque desde luego parece haber
muchísimo. ¡Eh! ¿Qué es eso? Eso..., llamémoslo cola; sí, cola. ¡Eh! Puedo sacudirla muy
bien, ¿verdad? ¡Vaya! Uy! ¡Qué magnífica sensación! No parece servir de mucho, pero ya
descubriré más tarde lo que es. ¿Ya me he hecho alguna idea coherente de las cosas?
»No.
»No importa porque, oye, es tan emocionante tener tanto que descubrir, tanto que
esperar, que casi me aturde la impaciencia.
»¿O el viento?
»¿Verdad que ahora hay muchísimo?
»¡Y de qué manera! ¡Eh! ¿Qué es eso que viene tan de prisa hacia mí? Muy deprisa.
Tan grande, tan plano y redondo que necesita un gran nombre sonoro, como... sueno...
ruedo... ¡suelo! ¡Eso es! Ese sí que es un buen nombre: ¡suelo!
»Me pregunto si se mostrará amistoso conmigo.»
Y el resto, tras un súbito golpe húmedo, fue silencio.
Curiosamente, lo único que pasó por la mente del tiesto de petunias mientras caía fue:
«¡Oh, no! Otra vez, no». Mucha gente ha imaginado que si supiéramos exactamente lo
que pensó el tiesto de petunias, conoceríamos mucho más de la naturaleza del universo
de lo que sabemos ahora.
- ¿Es que llevamos con nosotros a ese robot? -preguntó Ford, mirando con fastidio a
Marvin, que estaba sentado en una postura difícil y encogida en el rincón, debajo de una
palmera pequeña.
Zaphod apartó la vista de las pantallas de espejo, que ofrecían una vista panorámica
del yermo paisaje en que acababa de aterrizar el Corazón de Oro.
- ¡Ah! ¿El androide paranoico? -dijo-. Sí, lo llevamos con nosotros.
- ¿Y qué vamos a hacer con un robot maníaco-depresivo?
- Tú crees que tienes problemas -dijo Marvin como si se dirigiese a un ataúd recién
ocupado-, ¿qué harías si fueses un robot maníaco-depresivo? No, no te molestes en
responderme, soy cincuenta mil veces más inteligente que tú, y ni siquiera yo sé la
respuesta. Me da dolor de cabeza sólo de ponerme a pensar a tu altura.
Trillian apareció bruscamente por la puerta de su cabina.
- ¡Mi ratón blanco se ha escapado! -dijo.
Ninguna expresión de honda inquietud y preocupación llegó a surgir en ninguno de los
dos rostros de Zaphod.
- Que se vaya a hacer gárgaras tu ratón blanco -dijo.
Trillian le lanzó una mirada fulminante y volvió a desaparecer.
Es muy posible que su observación hubiese recibido mayor atención si hubiera existido
la conciencia general de que los seres humanos sólo eran la tercera forma de vida más
inteligente del planeta Tierra, en vez de (como solían considerarla los observadores más
independientes) la segunda.
- Buenas tardes, muchachos.
La voz era extrañamente familiar, pero con un deje raro y diferente. Tenía un matiz
matriarcal. Se oyó cuando los tripulantes de la nave llegaron a la escotilla del
compartimiento estanco por la que saldrían a la superficie del planeta.
Se miraron unos a otros, confusos.
- Es el ordenador -explicó Zaphod-. He descubierto que tenía otra personalidad de
emergencia, y pensé que ésta tal vez daría mejor resultado.
- Y ahora vais a pasar vuestro primer día en un planeta nuevo y extraño -prosiguió
Eddie con su nueva voz-, así que quiero que os abriguéis bien y estéis calentitos, y que
no juguéis con ningún monstruo travieso de ojos saltones.
Zaphod dio unos golpecitos de impaciencia en la escotilla. -Lo siento dijo-, creo que nos
iría mejor con una regla de cálculo.
- ¡Muy bien! - saltó el ordenador-. ¿Quién ha dicho eso?
- ¿Quieres abrir la escotilla de salida, ordenador, por favor? -dijo Zaphod, tratando de
no enfadarse.
- No lo haré hasta que aparezca quien ha dicho eso -insistió el ordenador cerrando con
fuerza unas cuantas sinapsis.
- ¡Santo Dios! -musitó Ford, desplomándose súbitamente contra un mamparo y
empezando a contar hasta diez. Le desesperaba pensar que las formas conscientes de
vida olvidaran los números algún día. Los seres humanos sólo podían demostrar su
independencia de los ordenadores si se ponían a contar.
- Vamos -dijo Eddie con firmeza.
- Ordenador... -empezó a decir Zaphod.
- Estoy esperando -le interrumpió Eddie-. Puedo esperar todo el día si es necesario...
- Ordenador... -volvió a decir Zaphod, que estuvo tratando de pensar en algún
razonamiento sutil para hacer callar al ordenador, pero decidió que era mejor no competir
con él en su propio terreno-, si no abres la escotilla de salida ahora mismo, desconectaré
inmediatamente tus bancos de datos más importantes y volveré a programarte con
bastantes recortes, ¿has entendido?
Eddie se sobresaltó, hizo una pausa y lo pensó.
Ford seguía contando en voz baja. Eso es lo más agresivo que puede hacerse a un
computador, el equivalente de acercarse a un ser humano diciendo: sangre... sangre...
sangre... sangre...
- Veo que todos vamos a tener que cuidar un poco nuestras relaciones -dijo finalmente
Eddie en voz baja.
Y se abrió la escotilla.
Un viento helado se abalanzó sobre ellos; se abrigaron bien y bajaron por la rampa al
yermo polvoriento de Magrathea.
- Todo esto acabará en llanto, lo sé -gritó Eddie tras ellos, volviendo a cerrar la
escotilla.
Pocos minutos después volvió a abrirla, en respuesta a una orden que le pilló
enteramente por sorpresa.
Cinco figuras vagaban lentamente por el terreno marchito. Había zonas que eran de un
gris apagado, y otras de castaño sin brillo; el resto era menos interesante visualmente.
Parecía un marjal seco, ahora desprovisto de vegetación y cubierto con una capa de
polvo de casi tres centímetros de espesor. Hacía mucho frío.
Era evidente que Zaphod se sentía bastante deprimido por todo aquello. Echó a andar
por su cuenta y pronto se perdió de vista tras una suave elevación del terreno.
El viento le hacía daño a Arthur en los ojos y en los oídos; el tenue aire rancio se le
agarraba a la garganta. No obstante, lo que más daño le hacía eran sus pensamientos.
- Es fantástico... -dijo, y su propia voz le retumbó en los oídos. El sonido no se
transmitía bien en aquella atmósfera tenue.
- Si quieres mi opinión, es un agujero inmundo -dijo Ford-. Me divertiría más en una
cama de gatos.
Sentía una irritación creciente. Entre todos los planetas de los sistemas estelares de
toda la galaxia, muchos de ellos salvajes y exóticos, desbordantes de vida, le había
tocado aparecer en un montón de basura como aquél, después de quince años de
naufragio. Ni siquiera un puesto de salchichas a la vista. Se agachó y recogíó un frío
terrón de tierra, pero debajo no había nada por lo que valiera la pena recorrer miles de
años-luz.
- No -insistió Arthur-, no lo entiendes; ésta es la primera vez que pongo el pie en la
superficie de otro planeta... de un mundo enteramente extraño... ¡Lástima que haya tanta
basura!
Trillian apretó los brazos contra el cuerpo, se estremeció y frunció el ceño. Habría
jurado ver un movimiento leve e inesperado con el rabillo del ojo, pero cuando miró en
aquella dirección, lo único que distinguió fue la nave, inmóvil y silenciosa, a unos cien
metros detrás de ellos.
Unos segundos después sintió alivio al ver a Zaphod, de pie en lo alto del promontorio,
haciéndoles señas para que se acercaran.
Parecía alborotado, pero no oían claramente lo que les decía por causa del viento y de
la poca densidad de la atmósfera.
Al acercarse a la elevación del terreno, se dieron cuenta de que era circular: un cráter
de unos ciento cincuenta metros de diámetro. Por fuera del cráter, la pendiente estaba
salpicada de terrones rojos y negros. Se pararon a mirar uno. Estaba húmedo. Era como
de goma.
Horrorizados, comprendieron de pronto que era carne fresca de ballena.
En la cima, al borde del cráter, se reunieron con Zaphod.
- Mirad -dijo éste, señalando el cráter.
En el centro yacía el cadáver desgarrado de una ballena solitaria que no había vivido lo
suficiente para estar descontenta con su suerte. El silencio sólo se interrumpió por las
contracciones involuntarias de la garganta de Trillian.
- Supongo que no tendrá sentido enterrarla -murmuró Arthur, que en seguida se
arrepintió de sus palabras.
- Vamos -ordenó Zaphod, empezando a bajar por el cráter.
- ¡Cómo! ¿Ahí abajo? -protestó Trillian con marcada aversión.
- Sí -dijo Zaphod-. Vamos, tengo que enseñaros algo.
- Ya lo vemos -dijo Trillian.
- Eso no -dijo Zaphod-; otra cosa. Venga.
Todos dudaron.
- Vamos -insistió Zaphod-. He descubierto un camino para entrar.
- ¿Para entrar? -dijo Arthur, horrorizado.
- ¡Al interior del planeta! Un pasaje subterráneo. Se abrió al chocar la ballena contra el
suelo, y por ahí es por donde tenemos que ir. Por donde no ha pisado un ser humano
durante estos cinco millones de años, hacia el mismo corazón del tiempo...
Marvin volvió a iniciar su canturreo irónico.
Zaphod le dio un puñetazo y se calló.
Con pequeños repeluznos de asco siguieron todos a Zaphod por la pendiente del
cráter, tratando con todas sus fuerzas de no mirar a su infortunada creadora.
- Se la odie o se la ignore -sentenció tristemente Marvin-, la vida no puede gustarle a
nadie.
El terreno se ahondaba por donde había penetrado la ballena, revelando una red de
galerías y pasadizos, obstruidos por cascotes y vísceras. Zaphod empezó a limpiar
escombros para abrir un camino, pero Marvin logró hacerlo con mayor rapidez. Un aire
húmedo emanó de sus cavidades oscuras, y cuando Zaphod encendió una linterna nada
se vio entre las tinieblas polvorientas.
- Según la leyenda -dijo-, los magratheanos pasaban en el subsuelo la mayor parte de
su vida.
- ¿Y por qué? -inquirió Arthur-. ¿Es que la superficie estaba muy contaminada o había
exceso de población?
- No, no lo creo -contesto Zaphod-. Creo que únicamente no les gustaba mucho.
- ¿Estás seguro de que sabes lo que vas a hacer? -preguntó Trillian, atisbando
nerviosamente en la oscuridad-. No sé si sabrás que ya nos han atacado una vez.
- Mira, niña, te prometo que la población viva de este planeta asciende a cero más
nosotros cuatro, así que venga, entremos ahí. Hmm, oye, terráqueo...
- Arthur -dijo Arthur.
- Sí, podrías quedarte con el robot y vigilar este extremo del pasaje, ¿de acuerdo?
- ¿Vigilar? -dijo Arthur-. ¿De qué? Acabas de decir que aquí no hay nadie.
- Sí, bueno, sólo por seguridad, ¿conforme? -dijo Zaphod.
- ¿Por seguridad de quién? ¿Tuya o mía?
- Buen muchacho. Venga, vamos.
Zaphod entró a gatas por el pasadizo, seguido de Trillian y de Ford.
- Pues espero que lo paséis muy mal -se quejó Arthur.
- No te preocupes, así será -le aseguró Marvin.
Al cabo de unos segundos se perdieron de vista.
Arthur comenzó a pasear de mal humor, y luego decidió que el cementerio de una
ballena no era un lugar muy adecuado para pasear.
Zaphod caminaba rápidamente por el pasadizo, muy nervioso, pero tratando de
ocultarlo con pasos resueltos. Movió la linterna de un lado a otro. Las paredes estaban
recubiertas con azulejos oscuros, fríos al tacto, y el aire era sofocante y podrido.
- Mirad, ¿qué os había dicho? Un planeta deshabitado. Magrathea -dijo, siguiendo
entre la basura y los cascotes esparcidos por el suelo de baldosas.
Inevitablemente, Trillian recordó el metro de Londres, aunque era menos sórdido.
De cuando en cuando, los baldosines de la pared daban paso a amplios mosaicos:
sencillos dibujos angulosos en colores brillantes. Trillian se detuvo a observar uno de
ellos, pero no pudo descubrirle sentido alguno. Llamó a Zaphod.
- Oye, ¿tienes idea de qué son estos símbolos extraños?
- Creo que son símbolos extraños de alguna clase -contesto Zaphod, casi sin volver la
vista.
Trillian se encogió de hombros y apretó el paso.
De vez en cuando, a la izquierda o a la derecha había puertas que daban a
habitaciones pequeñas, y Ford descubrió que estaban llenas de ordenadores
abandonados. Entró con Zaphod para echar una mirada. Trillian los siguió.
- Mira -dijo Ford-, tú crees que esto es Magrathea...
- Sí -dijo Zaphod-, y hemos oído la voz, ¿no es así?
- Muy bien, admitiré el hecho de que esto sea Magrathea; de momento. Pero hasta
ahora no has dicho nada de cómo lo has localizado en medio de la Galaxia. Con toda
seguridad, no te limitaste a mirarlo en un atlas estelar.
- Investigué. En los archivos del Gobierno. Hice indagaciones y algunas conjeturas
acertadas. Fue fácil.
- ¿Y entonces robaste el Corazón de Oro para venir a buscarlo?
- Lo robé para buscar un montón de cosas.
- ¿Un montón de cosas? -repitió Ford, sorprendido-. ¿Como cuáles?
- No lo sé.
- ¿Cómo?
- No sé lo que estoy buscando.
- ¿Por qué no?
- Porque... porque..., porque si lo supiera, creo que no sería capaz de buscarlas.
- ¡Pero qué dices! ¿Estás loco?
- Es una posibilidad que no he desechado -dijo Zaphod en voz baja-. De mí mismo sólo
sé lo que mi inteligencia puede averiguar bajo condiciones normales. Y las condiciones
normales no son buenas.
Durante largo rato nadie dijo nada, mientras Ford miraba fijamente a Zaphod con un
espíritu súbitamente plagado de preocupaciones.
- Escucha, viejo amigo, si quieres... -empezó a decir finalmente Ford.
- No, espera... Voy a decirte una cosa -le interrumpió Zaphod-. Llevo una vida muy
espontánea. Se me ocurre la idea de hacer algo y, ¿por qué no?, la hago. Pienso en ser
Presidente de la Galaxia y resulta fácil. Decido robar la nave. Me lanzo a buscar
Magrathea, y da la casualidad de que lo encuentro. Sí, pienso en el mejor modo de
hacerlo, de acuerdo, pero siempre lo consigo. Es como tener una tarjeta de galacticrédito
que sigue teniendo validez aunque nunca envíes los cheques. Y luego, siempre que me
pongo a pensar en por qué hago algo y en cómo voy a hacerlo, siento una fuerte
inclinación a dejar de pensar en ello. Como ahora. Me cuesta mucho trabajo hablar de
esto.
Zaphod hizo una pausa. Hubo silencio durante un rato. Luego frunció el ceño y
prosiguió:
- Anoche volví a preocuparme. Por el hecho de que parte de mi mente no funcionaba
en su forma debida. Luego se me ocurrió que era como si alguien estuviese utilizando mi
inteligencia para producir ideas buenas, sin decírmelo a mí. Relacioné ambas cosas y
llegué a la conclusión de que tal vez ese alguien hubiera taponado a propósito una parte
de mi mente y ésa fuera la razón por la que no podía usarla. Me pregunté si habría algún
medio de comprobarlo.
»Me dirigí a la enfermería de la nave y me conecté a la pantalla encefalográfica. Me
apliqué pruebas proyectivas en ambas cabezas, todas las que me hicieron los
funcionarios médicos del Gobierno antes de ratificar mi candidatura a la Presidencia.
Dieron resultados negativos. Por lo menos, nada extraños. Mostraron que era inteligente,
imaginativo, irresponsable, indigno de confianza, extrovertido: nada nuevo. Ninguna otra
anomalía. Así que empecé a inventar más pruebas, enteramente al azar. Nada. Luego
traté de superponer los resultados de una cabeza sobre los de la otra. Y nada. Finalmente
me sentí un poco ridículo, porque lo achaqué a un simple ataque de paranoia. Lo último
que hice antes de dejarlo, fue tomar la imagen sobreimpuesta y mirarla a través de un
filtro verde. ¿Te acuerdas de que cuando era niño siempre me mostraba supersticioso
hacia el color verde? ¿De que quería ser piloto de una nave de exploración comercial?»
Ford asintió con la cabeza.
- Y allí estaba, tan claro como la luz del día -prosiguió Zaphod-. Toda una sección en
medio de los dos cerebros que sólo se relacionaban entre sí y con ninguna otra cosa a su
alrededor. Algún hijo de puta me había cauterizado todas las sinapsis y había
traumatizado electrónicamente dos trozos de cerebelo.
Ford lo miró estupefacto. Trillian había palidecido.
- ¿Te hizo eso alguien? -susurró Ford.
- Sí.
- Pero ¿tienes idea de quién fue? ¿O por qué?
- ¿Por qué? Sólo puedo adivinarlo. Pero sé quién fue el cabrán que lo hizo.
- ¿Lo sabes? ¿Cómo?
- Porque 6 las iniciales grabadas en las sinapsis cauterizadas. Las dejó allí para que yo
las viera.
- ¿Iniciales? ¿Grabadas a fuego en tu cerebro?
- Sí.
- ¡Por amor de Dios! ¿Y cuáles eran?
Zaphod volvió a mirarle en silencio durante un momento. Luego desvió la vista.
- Z. B. -dijo en voz baja.
En aquel instante, un postigo de acero se abatió bajo ellos y empezó a manar gas en la
estancia.
- Os lo contaré después -dijo ahogadamente Zaphod mientras los tres se desvanecían.

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Guía del Autoestopista Galáctico Parte XI

El Corazón de Oro prosiguió su viaje silencioso por la noche espacial, ahora con una
energía convencional de fotones. Sus cuatro tripulantes se sentían incómodos sabiendo
que no estaban reunidos por su propia voluntad ni por simple coincidencia, sino por una
curiosa perversión de la física, como si las relaciones entre la gente estuvieran sujetas a
las mismas leyes que regían la relación entre átomos y moléculas.
Cuando cayó la noche artificial de la nave, se sintieron contentos de retirarse a sus
cabinas para tratar de ordenar sus ideas.
Trillian no podía dormir. Se sentó en un sofá y contempló una jaula pequeña que
contenía sus únicos y últimos vínculos con la Tierra: dos ratones blancos que llevó
consigo tras lograr el permiso de Zaphod. Esperaba no volver a ver más el planeta, pero
se sintió inquieta al conocer las noticias de su destrucción. Le parecía remoto e irreal, y no
hallaba medio de recordarlo. Observó a los ratones corriendo por la jaula y pisando
furiosamente los pequeños peldaños de su rueda de plástico, hasta que ocuparon toda su
atención. De pronto se estremeció y volvió al puente, a vigilar las lucecitas y cifras
centelleantes que marcaban el avance de la nave a través del vacío. Tuvo deseos de
saber qué era lo que estaba tratando de no pensar.
Zaphod no podía dormir. El también deseaba saber qué era lo que él mismo no se
permitía pensar. Hasta donde podía recordar, tenía una vaga e insistente sensación de no
encontrarse allí. Durante la mayor parte del tiempo fue capaz de dejar a un lado
semejante idea y no preocuparse por ella, pero había vuelto a surgir por la súbita e
inexplicable llegada de Ford Prefect y Arthur Dent. En cierto modo, aquello parecía
obedecer a un plan que no comprendía.
Ford no podía dormir. Estaba demasiado entusiasmado por encontrarse nuevamente
en marcha. Habían terminado quince años de práctica reclusión, justo cuando estaba
empezando a abandonar toda esperanza. Merodear con Zaphod durante una temporada
prometía ser muy divertido, aunque había algo un tanto raro en su medio primo que no
podía determinar. El hecho de haberse convertido en Presidente de la Galaxia era
francamente sorprendente, igual que la forma de dejar el cargo. ¿Obedecía aquello a
algún motivo? Era inútil preguntárselo a Zaphod, pues él nunca parecía tener una razón
para ninguno de sus actos: había convertido lo insondable en una forma artística.
Abordaba todas las cosas de la vida con una mezcla de genio extraordinario y de ingenua
incompetencia que con frecuencia resultaba difícil distinguir.
Arthur dormía: estaba tremendamente cansado.
Hubo un golpecito en la puerta de Zaphod. Se abrió.
- ¿Zaphod...?
- ¿Sí?
La figura de Trillian se destacó en el óvalo de luz.
- Creo que acabamos de encontrar lo que estabas buscando.
- ¿Ah, sí?
Ford abandonó todo propósito de dormir. En un rincón de su cabina había un pequeño
ordenador con pantalla y teclado. Se sentó ante él durante un rato con intención de
redactar un artículo nuevo para la Guía sobre el tema de los vogones, pero no se le
ocurrió nada bastante mordaz, así que desistió. Se envolvió en una túnica y se fue a dar
un paseo hasta el puente.
Al entrar, se sorprendió al ver dos figuras, que parecían entusiasmadas, inclinadas
sobre los instrumentos.
- ¿Lo ves? La nave está a punto de entrar en órbita -decía Trillian-. Ahí hay un planeta.
En las coordenadas exactas que tú habías previsto.
Zaphod oyó un ruido y alzó la vista.
- ¡Ford! -susurró-. Ven acá y echa un vistazo a esto.
Ford se acercó y miró. Era una serie de cifras que titilaban en la pantalla.
- ¿Reconoces esas coordenadas galácticas? -le preguntó Zaphod.
- No.
- Te daré una pista. ¡Ordenador!
- ¡Hola, pandilla! -saludó con entusiasmo el ordenador-. Se está animando la tertulia,
¿verdad?
- Cierra el pico -le ordenó Zaphod- y muéstranos las pantallas.
Se apagó la luz del puente. Puntos luminosos recorrieron las consolas y reflejaron
cuatro pares de ojos que miraban fijamente las pantallas del monitor exterior.
No se veía absolutamente nada en ellas. - ¿Lo reconoces? -susurró Zaphod. Ford
frunció el ceño.
- Pues no -dijo.
- ¿Qué ves?
- Nada.
- ¿Lo reconoces?
- Pero ¿de qué hablas?
- Estamos en la Nebulosa Cabeza de Caballo. Una vasta nube negra.
- ¿Y querías que lo reconociese en una pantalla en blanco? - El interior de una
nebulosa negra es el único sitio de la Galaxia donde puede verse una pantalla negra.
- Muy bueno.
Zaphod se echó a reír. Era evidente que estaba muy entusiasmado por algo, casi de
manera infantil.
- ¡Eh, esto pasa de castaño oscuro, es verdaderamente extraordinario!
- ¿Qué tiene de maravilloso el estar atascados en una nube de polvo? -preguntó Ford.
- ¿Qué te figuras que se puede encontrar aquí? -le insistió Zaphod.
- Nada.
- ¿Ni estrellas? ¿Ni planetas?
- No.
- ¡Ordenador! -gritó Zaphod-. Gira el ángulo de visión uno- ochenta grados y no digas
nada!
Durante un momento pareció que no pasaba nada, luego apareció un punto luminoso y
brillante al extremo de la enorme pantalla. La atravesó una estrella roja del tamaño de una
bandeja pequeña, seguida velozmente por otra: un sistema binario. Entonces, una
enorme luna creciente se dibujó en una esquina de la imagen: un resplandor rojo que se
iba fundiendo en negro, el lado del planeta donde era de noche.
- ¡Lo encontré! -gritó Zaphod, dando un puñetazo en la consola-. ¡Lo encontré!
Ford lo miró fijamente, asombrado.
- ¿El qué? -preguntó.
- Ese... -dijo Zaphod-, es el planeta más increíble que jamás existió.
(Cita de la Guía del autoestopista galáctico, página 634784, sección 5. Artículo:
Magrathea)
Hace mucho, entre la niebla de los tiempos pasados, durante los grandes y gloriosos
días del antiguo Imperio Galáctico, la vida era turbulenta, rica y ampliamente libre de
impuestos.
Naves poderosas trenzaban su camino entre soles exóticos, buscando aventuras y
recompensas por las partes más recónditas del espacio galáctico. En aquella época, los
espíritus eran valientes, los premios eran altos, los hombres eran hombres de verdad, las
mujeres eran mujeres de verdad, y las pequeñas criaturas peludas de Alfa Centauro eran
verdaderas pequeñas criaturas peludas de Alfa Centauro. Y todos se atrevían a
enfrentarse con terrores desconocidos, a realizar hazañas importantes, a dividir
audazmente infinitivos que nadie bahía dividido antes; y así fue como se forjó el Imperio.
Desde luego, muchos hombres se hicieron sumamente ricos, pero eso era algo natural
de lo que no había que avergonzarse, porque nadie era verdaderamente pobre, al menos
nadie que valiera la pena mencionar. Y para todos los mercaderes más ricos y prósperos,
la vida se hizo bastante aburrida y mezquina y empezaron a imaginar que, en
consecuencia, la culpa era de los mundos en que se habían establecido; ninguno de ellos
era plenamente satisfactorio: o el clima no era lo bastante adecuado en la última parte de
la tarde, o el día duraba media hora de más, o el mar tenía precisamente el matiz rosa
incorrecto.
Y así se crearon las condiciones para una nueva y asombrosa industria especializada:
la construcción por encargo de planetas de lujo. La sede de tal industria era el planeta
Magrathea, donde ingenieros hiperespaciales aspiraban materia por agujeros blancos del
espacio para convertirla en planetas soñados: planetas de oro, planetas de platino,
planetas de goma blanda con muchos terremotos; todos encantadoramente construidos
para que cumplieran con las normas exactas que los hombres más ricos de la Galaxia
Pero tanto éxito tuvo esa aventura, que Magrathea pronto llegó a ser el planeta más
rico de todos los tiempos y el resto de la Galaxia quedó reducido a la pobreza más
abyecta. Y así se quebró la organización social, se derrumbó el Imperio y un largo y
lóbrego silencio cayó sobre mil millones de mundos hambrientos, únicamente turbado por
el garabateo de las plumas de los eruditos mientras trabajaban hasta entrada la noche en
pulcros tratados sobre el valor de la planificación en la política económica.
Magrathea desapareció, y su recuerdo pronto pasó a la oscuridad de la leyenda.
En estos tiempos ilustrados, por supuesto que nadie cree una palabra de ello.
Arthur se despertó por el ruido de la discusión y se dirigió al puente. Ford estaba
agitando los brazos.
- Estás loco, Zaphod -decía-. Magrathea es un mito, un cuento de hadas, es lo que los
padres cuentan por la noche a sus hijos si quieren que sean economistas cuando
crezcan, es...
- Y en su órbita es donde estamos en estos momentos -insistió Zaphod.
- Escucha, no sé dónde estarás tú en órbita, personalmente, pero esta nave...
- ¡Ordenador! -gritó Zaphod. - ¡Oh, no!
- ¡Hola, chicos! Soy Eddie, vuestro ordenador de a bordo, me siento muy animado y sé
que me lo voy a pasar muy bien con cualquier programa que penséis encomendarme.
Arthur miró inquisitivamente a Trillian, que le hizo señas de que se acercara, pero que
permaneciera callado.
- Ordenador -dijo Zaphod-, vuelve a indicarnos nuestra trayectoria actual.
- Será un auténtico placer, compadre -farfulló. - En estos momentos nos encontramos
en órbita a una altitud de cuatrocientos cincuenta kilómetros en tomo al legendario planeta
Magrathea.
- Eso no demuestra nada -arguyó Ford-. No me fiaría de este ordenador ni para saber
lo que peso.
- Claro que podría decírtelo -dijo el ordenador, entusiasmado, marcando más cinta de
teleimpresor-. Incluso podría averiguar qué problemas de personalidad tienes hasta diez
puntos decimales, si eso te sirviera de algo.
- Zaphod -dijo Trillian, interrumpiendo al ordenador-, en cualquier momento pasaremos
a la parte de ese planeta en que es de día..., sea el que sea.
- Oye, ¿qué quieres decir con eso? El planeta está donde yo dije que estaría, ¿no es
así?
- Sí, sé que ahí hay un planeta. Yo no discuto cuál sea, sólo que no distinguiría a
Magrathea de cualquier otro pedazo de roca inerte. Está amaneciendo, si es que
necesitas luz.
- De acuerdo, de acuerdo -murmuró Zaphod-, que por lo menos se regocijen nuestros
ojos. ¡Ordenador!
- ¡Hola, chicos! ¿Qué puedo hacer...?
- Limítate a cerrar el pico y vuelve a darnos una panorámica del planeta.
Las pantallas se llenaron de nuevo con una masa informe y oscura: el planeta giraba
bajo ellos.
Durante un momento lo observaron en silencio, pero Zaphod estaba impaciente y
nervioso.
- Estamos cruzando el lado de la noche... -dijo con un murmullo.
El planeta seguía girando.
- Tenemos la superficie del planeta a cuatrocientos cincuenta Kilómetros debajo de
nosotros... -prosiguió Zaphod.
Trataba de crear la sensación de que se hallaban ante un acontecimiento, ante lo que
él creía que era un gran momento. ¡Magrathea! Estaba resentido por la reacción escéptica
de Ford. ¡Magrathea!
- Dentro de unos segundos -continuó, lo veremos... ¡Allí!
El acontecimiento se produjo por sí solo. Incluso el más avezado vagabundo de las
estrellas no podía menos que estremecerse ante la visión espectacular de una aurora del
espacio, pero una aurora binaria es una de las maravillas de la Galaxia.
Un súbito punto de luz cegadora atravesó la extrema oscuridad. Aumentó
gradualmente y se extendió de lado formando un aspa fina y creciente; al cabo de unos
segundos se vieron dos soles, dos hornos de luz que tostaron con fuego blanco la línea
del horizonte. Bajo ellos, fieras lanzas de color surcaron la fina atmósfera.
- ¡Los fuegos de la aurora! -jadeó Zaphod-. ¡Los soles gemelos de Soulianis y Rahm...!
- O cualquier otra cosa -apostilló Ford en voz baja.
- ¡Soulianis y Rahm! -insistió Zaphod.
Los soles resplandecieron en la bóveda del espacio y una música sorda y lúgubre flotó
por el puente: Marvin canturreaba irónicamente porque odiaba mucho a los humanos.
Ford sintió una emoción profunda al contemplar el espectáculo luminoso, pero no era
más que el entusiasmo de hallarse ante un planeta nuevo y extraño; le bastaba con verlo
tal cual era. Le molestaba un poco que Zaphod hubiera impuesto en la escena una
fantasía ridícula para sacarle partido. Todo eso de Magrathea eran camelos para niños.
¿Es que no bastaba ver la belleza de un jardín, sin tener que creer por ello que estaba
habitado por las hadas?
A Arthur le parecía incomprensible todo eso de Magrathea. Se acercó a Trillian y le
preguntó lo que pasaba.
- Yo sólo sé lo que me ha dicho Zaphod -susurró Trillian-. Al parecer, Magrathea es una
especie de leyenda antigua en la que nadie cree verdaderamente. Es algo parecido a la
Atlántida de la Tierra, salvo que los magratheanos construían planetas.
Arthur miró a las pantallas y parpadeó con la sensación de que echaba de menos algo
importante. De pronto comprendió lo que era.
- ¿Hay té en esta nave? -preguntó.
Más partes del planeta se desplegaban a sus ojos a medida que el Corazón de Oro
proseguía su órbita. Los soles se elevaban ahora en el cielo negro, había acabado la
pirotecnia de la aurora y la superficie del planeta parecía yerma y ominosa a la ordinaria
luz del día; era gris, polvorienta y de contornos vagos. Parecía muerta y fría como una
cripta. De cuando en cuando surgían rasgos prometedores en el horizonte lejano:
barrancas, quizá montañas o incluso ciudades. Pero a medida que se aproximaban, las
líneas se suavizaban desvaneciéndose en el anonimato, y nada dejaban traslucir. La
superficie del planeta estaba empañada por el tiempo, por el leve movimiento del tenue
aire estancado que la había envuelto a lo largo de los siglos.
No cabía duda de que era viejísimo.
Un momento de incertidumbre asaltó a Ford mientras veía moverse bajo ellos el paisaje
gris. Le inquietaba la inmensidad del tiempo, podía sentirlo como una presencia.
Carraspeó.
- Bueno, y aun suponiendo que sea...
- Lo es -le interrumpió Zaphod.
-...que no lo es -prosiguió Ford-, ¿qué quieres hacer en él, de todos modos? Ahí no hay
nada.
- En la superficie, no -dijo Zaphod.
- Muy bien, supongamos que hay algo. Me figuro que no estarás aquí sólo por su
arqueología industrial. ¿Qué es lo que buscas?
Una de las cabezas de Zaphod miró a un lado. La otra giró en la misma dirección para
ver qué estaba mirando la primera, pero ésta no miraba nada en particular.
- Pues he venido en parte por curiosidad -dijo Zaphod en tono frívolo-, y en parte por
sed de aventuras, pero principalmente creo que por fama y dinero...
Ford le lanzó una mirada virulenta. Le daba la muy sólida impresión de que Zaphod no
tenía la más mínima idea de por qué había ido allí.
- ¿Sabes una cosa? -dijo Trillian, estremeciéndose-, no me gusta nada el aspecto del
planeta
- ¡Bah! No hagas caso -le aconsejó Zaphod-. Con toda la riqueza del antiguo Imperio
Galáctico escondida en alguna parte, puede permitirse esa apariencia desaliñada.
Tonterías, pensó Ford. Aun suponiendo que fuese la sede de alguna civilización
antigua ya convertida en polvo, y dando por sentadas una serie de cosas sumamente
improbables, era imposible que allí se guardasen grandes tesoros y riquezas en cualquier
forma que siguiera teniendo valor. Se encogió de hombros.
- Creo que es un planeta muerto -dijo.
En la actualidad, la fatiga y la tensión nerviosa constituyen serios problemas sociales
en todas las partes de la galaxia, y para que tal situación no se agrave es por lo que se
revelarán de antemano los hechos siguientes:
El planeta en cuestión es efectivamente el legendario Magrathea.
El mortífero ataque con proyectiles teledirigidos que iba a desencadenarse a
continuación por un antiguo dispositivo automático de defensa, se resolverá simplemente
en la ruptura de tres tazas de café y de una jaula de ratones, en ciertas magulladuras de
alguien en el antebrazo, en la intempestiva creación y súbito fallecimiento de un tiesto de
petunias y de una ballena inocente.
Con el fin de preservar cierta sensación de misterio, aún no se harán revelaciones
concernientes a la persona que sufrió magulladuras en el antebrazo. Este hecho puede
convertirse con toda seguridad en tema de suspense porque no tiene importancia alguna.
Tras comenzar el día de manera bastante agitada, Arthur empezaba a reunir los
fragmentos en que había quedado reducida su mente tras las conmociones de la jornada
anterior. Encontró una máquina Nutrimática que le proveyó de una taza de Plástico llena
de un líquido que era casi, pero no del todo, enteramente diferente del té. La manera en
que funcionaba era muy interesante. Cuando se apretaba el botón de «Bebida», la
máquina hacía un reconocimiento rápido, pero muy detallado, de los gustos del sujeto,
para luego realizar un análisis espectroscópico de su metabolismo y enviar tenues
señales experimentales a las zonas neurálgicas de los centros del gusto del cerebro con
el fin de averiguar lo que era de su agrado. Sin embargo, nadie sabía exactamente por
qué lo hacía, porque de modo invariable siempre suministraba una taza de líquido que era
casi, pero no del todo, enteramente distinto del té. La Nutrimática se proyectó y fabricó en
la Compañía Cibernética Sirius, cuyo departamento de reclamaciones ocupa en estos
momentos todas las grandes áreas de tierra más importantes del sistema estelar de Sirius
Tau.
Arthur bebió el líquido y lo encontró tonificante. Volvió a mirar a las pantallas y vio
pasar otros centenares de kilómetros de yermos grises. De pronto se le ocurrió hacer una
pregunta que le estaba preocupando.
- ¿No hay peligro?
- Magrathea está muerto desde hace cinco millones de años -dijo Zaphod-. Claro que
no hay peligro. A estas alturas, incluso los fantasmas deben haber sentado la cabeza y
tendrán familia.
En ese momento, un sonido extraño e inexplicable retembló por el puente: un ruido de
fanfarria lejana, un rumor sordo, agudo, inmaterial. Precedió a una voz igualmente sorda,
aguda e inmaterial.
- Se os saluda... -dijo la voz. Les hablaba alguien del planeta muerto.
- ¡Ordenador! -gritó Zaphod.
- ¡Hola, chicos!
- ¿Qué fotón es ése?
- Pues no es más que una cinta de unos cinco millones de años que han puesto para
nosotros.
- ¿Cómo? ¿Una grabación?
- ¡Chsss! -dijo Ford-. Sigue hablando.
La voz era vieja, cortés, casi encantadora, pero tenía un inequívoco matiz de amenaza.
- Este es un aviso grabado dijo-, pues me temo que en este momento no existamos
ninguno de nosotros. El Consejo comercial de Magrathea os agradece vuestra estimada
visita...
- ¡Una voz del antiguo Magrathea! -gritó Zaphod.
- Muy bien, muy bien -dijo Ford.
-...pero lamentamos -prosiguió la voz- que el planeta esté temporalmente retirado de
los negocios. Gracias. Si tenéis la bondad de dejar vuestro nombre y la dirección de un
planeta donde se os pueda localizar, decidlo cuando oigáis la señal.
Siguió un breve zumbido; luego, silencio.
- Quieren librarse de nosotros -dijo nerviosamente Trillian-. ¿Qué hacemos?
- No es más que una grabación -dijo Zaphod-. Seguimos adelante. ¿Entendido,
ordenador?
- Entendido -contesto el ordenador, dando a la nave un empuje veloz.
Esperaron.
Al cabo de un segundo más o menos, volvieron a oír la fanfarria, y luego la voz.
- Nos complace comunicaras que tan pronto como reanudemos el trabajo,
anunciaremos en todas las revistas de moda y suplementos en color cuándo podrán
nuestros clientes volver a elegir entre todo lo mejor de nuestra geografía contemporánea.
- La amenaza que había en la voz adoptó un matiz más cortante-. Entretanto,
agradecemos a nuestros clientes su amable interés, pidiéndoles que se marchen. Ahora
mismo.
Arthur volvió la cabeza para mirar las caras nerviosas de sus compañeros.
- Bueno, entonces creo que será mejor que nos vayamos, ¿no?
- ¡Chsss! -dijo Zaphod-. No hay absolutamente nada que temer.
- Entonces, ¿por qué está todo el mundo tan nervioso?
- ¡Sólo están interesados! -gritó Zaphod-. ¡Ordenador!, inicia un descenso en la
atmósfera y prepárate para aterrizar.
Esta vez, la fanfarria era bastante rutinaria y la voz claramente fría.
- Resulta muy grato -dijo- que vuestro entusiasmo por nuestro planeta permanezca
intacto, por lo que nos gustaría comunicaros que los proyectiles teledirigidos que en estos
momentos apuntan a vuestra nave forman parte de un servicio especial que aplicamos a
nuestros clientes más entusiastas, y que las olivas nucleares de que todos están provistos
no son, por supuesto, más que un detalle de cortesía. Esperamos que sigáis siendo
nuestros clientes en las vidas futuras... Gracias.
La voz se interrumpió bruscamente.
- ¡Oh! -dijo Trillian.
- Hmm -dijo Arthur.
- ¿Y bien? -dijo Ford.
- Pero ¿es que no os entra en la cabeza? -dijo Zaphod-. No es más que un mensaje
grabado. De hace millones de años. A nosotros no nos concierne, ¿entendido?
- ¿Qué me dices de los proyectiles teledirigidos? -preguntó tranquilamente Trillian.
- ¿Proyectiles? No me hagas reír.
Ford dio un golpecito a Zaphod en el hombro y señaló a la pantalla trasera. Detrás de
ellos, en la lejanía, dos dardos plateados ascendían por la atmósfera hacia la nave. Una
rápida ampliación de imagen los enfocó claramente: dos cohetes macizos y auténticos
que surcaban el cielo como un trueno. La rapidez de su aparición era pasmosa.
- Me parece que van a hacer lo posible para que nos concierna -dijo Ford.
Zaphod los miraba fijamente, asombrado.
- ¡Oye, esto es tremendo! -exclamó!. ¡Ahí abajo hay alguien que quiere matarnos!
- Tremendo -repitió Arthur.
- Pero ¿no comprendes lo que eso significa?
- Sí. Vamos a morir.
- Sí, pero aparte de eso.
- ¿Aparte de qué?
- ¡Significa que debemos haber encontrado algo!
- ¿Y cuándo podemos dejarlo?
Segundo a segundo, la imagen de los proyectiles crecía en la pantalla. Ya habían
virado y se dirigían en línea recta a su objetivo, de manera que lo único que ahora veían
de ellos eran las ojivas nucleares, con la cabeza por delante.
- Tengo curiosidad -dijo Trillian-, por saber qué vamos a hacer.
- Mantenernos tranquilos -le contestó Zaphod.
- ¿Eso es todo? -gritó Arthur.
- No, también vamos a... hmm..., ¡a realizar una operación evasiva! -dijo Zaphod con un
repentino acceso de pánico-. ¡Ordenador! ¿Qué operación evasiva podemos realizar?
- Hmm, me temo que ninguna, muchachos -dijo el ordenador.
-...o algo así..., hmm... -dijo Zaphod.
- Parece que hay algo que entorpece mis circuitos de dirección -explicó animadamente
el ordenador. Recibiremos el impacto a menos cuarenta y cinco segundos. Por favor,
llamadme Eddie, si eso os ayuda a tranquilizaras.
Zaphod trató de correr en varias direcciones igualmente decisivas al mismo tiempo.
- ¡Muy bien! -dijo. -Hmm..., tenemos que hacernos con el control manual de la nave.
- ¿Sabes manejarla? -le preguntó Ford en tono agradable.
- No, ¿Y tú?
- No.
- ¿Sabes tú, Trillian?
- No.
- Estupendo -dijo Zaphod, tranquilizándose. Lo haremos juntos.
- Yo tampoco sé -dijo Arthur, que pensaba que ya era hora de afirmarse.
- Me lo figuraba -dijo Zaphod-. Muy bien; ordenador, quiero pleno control manual de la
nave.
- Ya lo tienes -dijo el ordenador.
Se abrieron unos anchos pupitres llenos de paneles y de ellos surgieron filas de
consolas de mando, lanzando sobre los tripulantes una lluvia de trozos de la envoltura de
poliestireno dilatado y bolas de celofán arrugado: los controles nunca se habían utilizado
antes.
Zaphod los miró con ojos frenéticos.
- Muy bien, Ford -dijo-, dale todo hacia atrás y diez grados a estribor. O algo así...
- Buena suerte chicos -gorjeó el ordenador, impacto a menos treinta segundos...
Ford se precipitó de un salto ante los controles; sólo unos cuantos le decían algo, así
que los manipuló. La nave se estremeció y crujió mientras sus cohetes de propulsión a
chorro intentaban ir en todas direcciones al mismo tiempo. Soltó la mitad y la nave viró en
un estrecho arco volviendo por donde había venido, directamente hacia los proyectiles
que se acercaban.
Balones de aire almohadillaron las paredes en el preciso instante en que todos se
vieron arrojados contra ellas. Durante unos segundos, la fuerza de la inercia los aplastó,
dejándolos jadeantes, incapaces de moverse. Zaphod luchó por liberarse con furiosa
desesperación, y finalmente logró asestar una patada brutal a una palanca pequeña que
formaba parte del circuito de dirección.
La palanca se rompió. La nave giró bruscamente y salió disparada hacia arriba. Los
tripulantes se desperdigaron violentamente por la cabina. El ejemplar de Ford de la Guía
del autoestopista galáctico chocó contra otra sección de la consola de mandos, con el
doble resultado de que la guía empezó a explicar a cualquiera que quisiese oírla la mejor
forma de sacar de Antares glándulas de periquitos antereanos de contrabando (una
glándula de periquito ensartada en un palillo es una exquisitez escandalosa pero muy
solicitada después de un cóctel, y con frecuencia las adquieren por fuertes sumas de
dinero unos idiotas riquísimos que quieren impresionar a otros riquísimos idiotas), y de
pronto cayó la nave del cielo como una piedra.
Desde luego, fue más o menos en ese momento cuando uno de los tripulantes sufrió
una magulladura desagradable en el brazo. Esto debe hacerse notar porque, como ya se
ha dicho, por lo demás escaparon completamente ilesos, y los mortíferos proyectiles
nucleares no llegaron a alcanzar la nave. La seguridad de la tripulación queda
absolutamente asegurada.
- Impacto a menos veinte segundos, chicos... -dijo el ordenador.
- ¡Entonces vuelve a conectar los puñeteros motores! -gritó Zaphod a voz en cuello.
- Pues claro, muchachos -dijo el ordenador. Con un tenue rugido los motores volvieron
a encenderse, la nave dejó de caer, se enderezó suavemente y se dirigió otra vez hada
los proyectiles.
El ordenador empezó a cantar.
- Cuando camines bajo la tormenta... -gimoteó con voz nasal-, lleva la cabeza alta...
Zaphod le gritó que cerrara el pico, pero su voz se perdió en el estruendo de su
inminente destrucción, que con toda razón consideraban inevitable.
- Y no... tengas miedo... de la oscuridad -canturreó Eddie con voz lastimera.
Al enderezarse, la nave quedó al revés, y como estaban tumbados en el techo, a sus
tripulantes les resultaba totalmente imposible manipular los circuitos de dirección.
- Al final de la tormenta... -cantó Eddie con voz suave.
Los dos proyectiles llenaron las pantallas al acercarse estruendosamente hacia la nave.
-...hay un cielo dorado...
Pero por una suerte extraordinaria aún no habían modificado del todo su trayectoria de
acuerdo con los caprichosos virajes de la nave, y pasaron justo por debajo de ella.
- Y la dulce canción plateada de la alondra... Impacto revisado dentro de quince
segundos, tíos... Camina contra el viento...
Los proyectiles chirriaron al virar en redondo y proseguir su persecución.
- Ya está -dijo Arthur al verlos-. Ahora sí que vamos a morir, ¿verdad?
- ¡Ojalá dejaras de decir eso -gritó Ford.
- Pero vamos a morir, ¿no?
- Sí.
- Camina bajo la lluvia... cantó Eddie.
A Arthur se le ocurrió una idea. Se puso en pie a duras penas.
- ¿Por qué no conecta alguien eso de la Energía de la Improbabilidad? -dijo-. Tal vez
podamos alcanzarla.
- ¿Te has vuelto loco? -dijo Zaphod-. Sin una programación adecuada podría pasar
cualquier cosa.
- ¡Y qué importa eso a estas alturas! -gritó Arthur.
- Aunque tus sueños se pierdan y se desvanezcan...
Arthur logró salir de una de las molduras provocativamente regordetas de la pared
curva, por el ángulo del techo.
- Camina, camina, con el corazón lleno de esperanza...
- ¿Sabe alguien por qué no puede Arthur conectar la Energía de la Improbabilidad? -
gritó Trillian.
- Y no caminarás solo... Impacto a menos cinco segundos; ha sido estupendo
conocemos, chicos, que Dios os bendiga... Nun... ca... camines... solo.
- ¡He dicho -gritó Trillian- que sí alguien sabe...
Lo que ocurrió a continuación fue una espantosa explosión de luz y sonido.

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